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Moldavia: Su acercamiento a Europa bajo el acecho de la sombra rusa

El país se enfrenta a una dura guerra híbrida de parte de Moscú, que ha consistido en una campaña de desinformación e intentos de intervenir elecciones, entre otros.

Aunque Moldavia es un país que se acerca cada día más a la Unión Europea, la influencia de Rusia se encuentra presente en varios lugares que van desde los productos de los supermercados, pasando por el nombre que tienen algunos edificios o calles, pero sobre todo en la guerra híbrida que Moscú lleva adelante en distintos frentes, lo que ha generado preocupación en las autoridades y en ciertos sectores de la población.

“Al comienzo de la guerra teníamos mucho miedo, pensábamos que nos podrían atacar, pero ahora ya han pasado tres años desde que comenzó el conflicto. Pero he sabido que los rusos hacen sabotaje y esas cosas y son preocupantes”, dice Victoria, de 58 años, quien trabaja como vendedora en el centro de la capital Chisinau.

Moldavia, un país sin litoral, que tiene una ubicación estratégica, limita con Ucrania y Rumania, y surgió como república independiente tras el colapso de la Unión Soviética en 1991. Dos tercios de los moldavos son de ascendencia rumana, y ambos países comparten una herencia cultural común. De hecho, actualmente el idioma principal es el rumano, aunque muchos hablan en ruso, especialmente los mayores. Esto, debido a que esta lengua ha dejado de ser obligatoria y es un electivo en los colegios.

Stefan cel Mare (Esteban el Grande) es la avenida principal en Chisinau. Su amplitud y arquitectura recuerdan a Nevsky Prospekt en San Petersburgo. En la plaza principal, donde se encuentra la catedral ortodoxa, se venden flores, hay cafés y pintores de retratos. Todo eso en medio de personas que hablan tanto en rumano como en ruso.

“Crecí en la Unión Soviética, así que todos estudiábamos ruso en el colegio y hablábamos ruso y rumano, pero ahora muchos jóvenes ya no hablan ruso, como ven películas en inglés o escuchan música, prefieren estudiar inglés. Es muy común que haya problemas de comunicación con las personas mayores, que hablan en ruso, porque los jóvenes no los entienden”, comenta Alexandru, que trabaja en un café del centro.

Moldavia es uno de los países más pobres de Europa. Su economía se basa en la agricultura, las remesas y su industria de Tecnología de la Información (IT). La estrella es su producción de vinos y posee la cava más grande del mundo, que ostenta el récord Guinness a la mayor colección de vinos por número de botellas. Además, cuenta con la mayor bodega subterránea. Esta bodega se compone de más de 200 km de túneles de piedra caliza, de los cuales 55 km se utilizan actualmente para el almacenamiento, con capacidad para entre 1,5 y dos millones de botellas. En la ciudad de Cricova se encuentra una cava donde el Presidente Vladimir Putin celebró su cumpleaños 50 y el cosmonauta Yuri Gagarin permaneció dos días en 1966.

El salario mínimo en Moldavia es de 5.500 lei moldavos al mes (US$ 324) por una jornada laboral completa de ocho horas diarias. Para el sector privado el salario mínimo se fija en 6.000 lei al mes (US$ 353). Sin embargo, los productos de las tiendas tienen precios altos y existen pocas marcas del retail occidental. Un abrigo puede costar US$ 100 o US$ 150, mientras que unos guantes de cuero, US$ 30.

El país experimenta una recesión, que también se ha reflejado en el mercado laboral. El número de personas económicamente activas y empleadas cayó a 808.000 en el segundo semestre de 2024, marcando el nivel más bajo jamás registrado. Un factor clave en la crisis es el prohibitivo costo de la energía. La tarifa del gas se ha disparado de 4,64 lei (US$ 0,27) a 29,27 lei (US$ 1,72), indica el portal Moldova1.

Paralelamente, señala la misma publicación, la tasa de pobreza absoluta se ha disparado. En las regiones del sur, el índice pasó del 31% hace una década a casi el 50% en la actualidad. En el norte, el aumento fue del 26,5% al 32,2%, e incluso en la capital, Chisinau, la tasa subió del 7% al 11%.

“Es cierto, la vida es muy cara, yo no sé cómo las personas con hijos lo hacen. Muchos tienen parientes que viven en el extranjero y les envían dinero, por eso también muchos han decidido irse del país y buscar otras oportunidades”, cuenta Victoria, quien trabaja en el centro de Chisinau.

Guerra híbrida

El 28 de septiembre pasado, moldavos acudieron a las urnas para votar en las elecciones parlamentarias que tenían el cariz de poder determinar el rumbo geopolítico del país con consecuencias para las futuras generaciones. Por un lado, estaba en juego si Moldavia continuaba su arduo camino hacia la integración europea o si volvía a caer en la esfera de influencia de Moscú.

Es por eso que el Kremlin invirtió recursos extraordinarios para inclinar la balanza. Las operaciones rusas, que combinaban manipulación financiera, desinformación, provocaciones y sabotaje institucional, transformaron a Moldavia en un laboratorio de injerencia híbrida.

Las elecciones se produjeron en un momento crítico para la geopolítica del país. Tras la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia en 2022, el acercamiento a Europa parecía para muchos moldavos la mejor vía para evitar una futura dominación por parte de Moscú. El país solicitó su adhesión a la Unión Europea y, en octubre del año pasado, un referéndum consagró el apoyo a la adhesión al bloque en la Constitución moldava. Pero los votantes aprobaron esa medida por un estrecho margen, con un 50,4% frente a un 49,5%.

Así, para Occidente y Estados Unidos los comicios de septiembre no eran unas elecciones comunes. Moldavia no es solo un pequeño Estado en la frontera oriental de la Unión Europea, sino que es un campo de pruebas para el arsenal de coerción rusa en constante evolución, que incluye desinformación masiva, redes de financiamiento ilícito y fragmentación social selectiva. Y por eso, si Moscú tenía éxito, las lecciones aprendidas se aplicarán en otros lugares, incluso en contextos con consecuencias mucho más directas para los intereses estadounidenses.

Finalmente no lo consiguió y ganó el partido pro-UE, de la presidenta Maia Sandu, el Partido de Acción y Solidaridad, lo que fue interpretado como una señal de que los problemas internos, incluidos el alto precio del gas y la pobreza generalizada, no han descarrilado sus ambiciones.

Moscú destinó al menos 100 millones de euros a operaciones en Moldavia de cara a las elecciones de 2025, aunque la cifra real probablemente sea mayor, debido a la opacidad de las redes ilícitas y el flujo de criptomonedas.

“La República de Moldavia se enfrenta a una dura guerra híbrida, lo que significa un ataque en todos los frentes. Un ataque informativo en canales de Telegram, Facebook, TikTok, con redes sociales muy activas. Y también tenemos las redes rusas. Es muy difícil combatir estos ataques híbridos, porque, además, se suma la compra de ciertos políticos, es decir, la corrupción política, partidos financiados por la Federación Rusa a través de diversos métodos”, dijo el periodista Anatolie Golea en una charla a periodistas latinoamericanos por invitación de las autoridades moldavas, en la que estuvo presente La Tercera.

“Rusia se aprovecha de que gran parte de la población tiene ingresos bastante bajos y nuestras tiendas son bastantes caras, así que la gente acepta con facilidad pagos para votar o asistir a protestas. Así se crean redes de personas y agentes de influencia en la sociedad y en las estructuras estatales. En realidad, estos agentes de influencia en las estructuras estatales nunca han desaparecido. Tras el colapso de la Unión Soviética, Rusia se preocupó por fomentar la lealtad de estas personas a la Federación Rusa”, añadió.

Transnistria

La región separatista moldava de Transnistria es lo que genera gran preocupación en el país y un punto clave para cualquier negociación que Occidente lleve adelante con Rusia.

Según el centro de estudios Carnegie, el enclave se está desintegrando, incapaz de sobrevivir como lo ha hecho durante décadas. El cambio económico y político en la región es inevitable, por lo que existen dos posibles caminos: la retirada de las tropas rusas y la reintegración a Moldavia, o la transformación en un puesto militar ruso sin economía y con pocos habitantes. El camino que finalmente tome Transnistria depende no solo de Tiraspol y Moscú, sino también de Chisinau.

Transnistria se enfrenta a un problema existencial: Rusia ahora paga menos gas del que antes suministraba gratuitamente. El impacto en la industria ha causado problemas particulares a Tiraspol, que se ha visto obligada a recortar drásticamente el gasto para cumplir con sus obligaciones sociales.

Las sucesivas crisis energéticas en Transnistria este año son resultado del intento de Rusia de presionar al gobierno proeuropeo de Moldavia. Tras la interrupción del tránsito de gas por Ucrania por parte de Kiev a principios de 2025, Moscú no buscó rutas de exportación alternativas para privar a Chisinau de la electricidad barata que recibía previamente de Transnistria (generada con gas ruso).

Mientras Moldavia, con la ayuda de la UE, encontraba otros proveedores de electricidad, Transnistria perdió ingresos por exportación, se quedó sin gas barato para su ineficiente sector industrial y se vio obligada a subir las tarifas de los servicios públicos.

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