Por Cristián ValdiviesoLa sombra del fatalismo

El pesimismo consiste en creer que el futuro será peor. Pero el fatalismo es más complejo porque supone creer que, hagamos lo que hagamos, no podremos cambiar el destino.
Hace unas semanas escribí sobre el presentismo en Chile, donde el futuro había dejado de organizar el presente. Ahora quiero ir un paso más allá y reflexionar sobre el peligro de que esa experiencia termine por convencernos de que somos prisioneros del presente, sin poder ni agencia para cambiarlo.
Las encuestas registran un extendido pesimismo social. En su base aparece el miedo como emoción dominante. Miedo a la delincuencia, a perder el trabajo y a no alcanzar aquello que antes parecía posible. Cuando ese miedo se prolonga, deja de ser solo una respuesta a la coyuntura y puede transformarse en una actitud más profunda: dejamos de pensar que las cosas están mal y comenzamos a creer que no pueden ser de otro modo.
Por décadas creímos haber escapado de ese fatalismo pues la experiencia colectiva mostraba que el origen no determinaba el destino. No todos avanzaban al mismo ritmo y muchos quedaban atrás, pero existía la convicción de que el esfuerzo podía abrir posibilidades y que el país, con todas sus injusticias, se movía en un sentido positivo.
Hoy esa convicción se ha debilitado. Las promesas continúan repitiéndose, pero el puente entre esfuerzo y recompensa parece haberse cortado y, cuando eso ocurre, el atajo adopta una nueva racionalidad. Ahí aparece la cultura narco, que ofrece dinero, pertenencia y reconocimiento sin pedir paciencia. Incluso el riesgo parece menor cuando el futuro que se pone en juego ha perdido valor. No se trata de afirmar que la falta de expectativas produzca mecánicamente estas conductas, sino de comprender por qué el dinero rápido, la gratificación instantánea y la idea de “hacer una pasada” encuentran terreno fértil en una sociedad que deja de confiar en los caminos largos.
La política tiene aquí una responsabilidad, porque debe demostrar que la acción colectiva puede modificar el curso de las cosas. Sin embargo, durante años ha prometido transformaciones que no llegan, ha convertido cada dificultad en culpa de otros y ha reemplazado los horizontes compartidos por sucesivas urgencias. Una política que solo explica por qué no puede actuar termina contagiando su impotencia.
El fatalismo es peligroso porque puede producir inmovilidad, pero también rabia, desprecio por las reglas y la sensación de que todo vale. Si ningún camino conduce a alguna parte, todos los atajos comienzan a parecer legítimos. Chile creyó haber dejado atrás esa arraigada idea de que su destino estaba escrito. Pero el fatalismo no desapareció del todo. Permaneció como una sombra, contenida mientras existió la experiencia de avanzar. Si no logramos reconstruir la convicción de que nuestros actos pueden construir un futuro mejor, esa sombra volverá a crecer.
Entonces ya no seremos simplemente una sociedad pesimista. Seremos una sociedad que dejó de soñar y se limita a respirar.
Por Cristián Valdivieso, director de Criteria
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