Por Natalia PiergentiliEl costo de decirlo a tiempo

Hay ideas que solo parecen sensatas cuando ya no sirven para evitar nada. Mientras el poder dura, incomodan; cuando se pierde, se vuelven diagnóstico. Las derrotas políticas producen ese fenómeno extraño: ensanchan el espacio para pensar. Preguntas que mientras se gobierna parecen inoportunas, exageradas o incluso funcionales al adversario, después de perder se convierten en materia de libros, seminarios y análisis sobre aquello que no se vio, no se entendió o no se quiso escuchar.
Es parte natural de cualquier fin de ciclo. Pero quizás el aprendizaje más interesante no esté solamente en las respuestas que aparecen después, sino en preguntarse por qué algunas preguntas fueron tan difíciles de formular cuando todavía podían cambiar el desenlace.
Los balances que comienzan a publicarse sobre el ciclo político que encabezó el gobierno de Gabriel Boric son expresión de aquello. La resaca, de Eugenio Tironi, y El 18 brumario de Gabriel Boric: las derrotas que no se comprenden se repiten como destino, de Jorge Insunza, desde aproximaciones distintas, se incorporan a una conversación más amplia sobre las dificultades que tuvo el progresismo para interpretar a la sociedad que aspiraba a representar.
La relación entre las causas identitarias y las preocupaciones materiales; la distancia entre la intensidad de una demanda y la extensión de su respaldo; los errores del proceso constituyente; o la pérdida de una vocación de mayoría social son hoy parte de un debate que se desarrolla con una naturalidad que hace pocos años parecía improbable.
Pero esas tensiones no eran invisibles. Por ejemplo el “Aprobar para reformar” frente a la propuesta de la Convención fue una expresión de aquello. Desde el PPD se planteó la necesidad de recuperar una vocación de mayoría y de distinguir entre la legitimidad de determinadas causas y su capacidad para representar al conjunto de la sociedad. Introducir esos matices, mientras se gobernaba y cuando buena parte del sector compartía un diagnóstico más optimista sobre el momento político, tuvo consecuencias que hoy prácticamente han desaparecido.No porque hayan cambiado necesariamente las preguntas. Cambió el costo de formularlas. Y eso importa. Porque decir algo a tiempo no consiste solo en acertar. Consiste en sostener una duda cuando alrededor predominan las certezas y en aceptar que, muchas veces, una advertencia exige asumir primero la incomodidad de plantearla y recién después la posibilidad de comprobar que era necesaria.
Las derrotas no solo producen aprendizaje. También modifican las condiciones de la discrepancia. Lo que durante el ejercicio del poder puede ser leído como una desviación, una incomodidad o una falta de compromiso, después puede transformarse en lucidez retrospectiva.
El poder tiene una enorme capacidad para confirmar las propias hipótesis. Una victoria electoral puede confundirse con una mayoría cultural más estable de lo que realmente es; la adhesión a determinadas demandas, con la aceptación del proyecto político que las contiene; una buena relación con determinados actores, con respaldo; la ausencia de conflicto, con ausencia de riesgo. Poco a poco, aquello que contradice el diagnóstico dominante deja de ser interpretado como una señal y comienza a ser tratado como ruido.
Pero esto no ocurre solamente en la política. Gobiernos, empresas, gremios y organizaciones de todo tipo enfrentan el mismo riesgo. Advertir a tiempo tiene una dificultad particular: quien plantea un riesgo futuro introduce una incomodidad presente. Debe argumentar sobre algo que todavía no ocurre frente a quienes pueden exhibir como evidencia que, hasta ese momento, todo sigue funcionando. Por eso las organizaciones suelen premiar más fácilmente la consistencia con el diagnóstico vigente que la capacidad de ponerlo tempranamente en duda. Y precisamente allí reside el valor de las señales tempranas. No en predecir infaliblemente el futuro, sino en obligar a contrastar las certezas antes de que la realidad lo haga por nosotros.
Las sociedades son bastante menos ordenadas que las categorías con que intentamos explicarlas. Una misma persona puede querer más derechos sociales y mayor seguridad; valorar nuevas libertades y exigir mayor control migratorio; esperar transformaciones importantes y desconfiar de su velocidad o de la forma en que se implementan. Comprender esas aparentes contradicciones no significa renunciar a una identidad. Significa reconocer que representar, gobernar o relacionarse con una sociedad es algo distinto de proyectar sobre ella las propias convicciones.
Por eso, cualquier organización que aspire a conservar legitimidad, anticipar escenarios o tomar mejores decisiones necesita crear espacios donde las señales incómodas puedan competir con las certezas instaladas. La verdadera capacidad de anticipación no consiste solo en disponer de más información, sino en estar dispuesto a escuchar aquello que contradice lo que queremos creer.
Después de una derrota siempre habrán tesis para explicar lo ocurrido. También habrá datos, libros y diagnósticos capaces de ordenar retrospectivamente las señales que estaban a la vista. Lo difícil es ver esas tesis antes, cuando todavía incomodan, todavía cuestan y todavía pueden cambiar la historia.
Por Natalia Piergentili, directora de asuntos públicos, Feedback.
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