La bitácora del doctor Höfer: Día 42, una vuelta más, una vuelta menos


Vivimos encima de un pedrusco que gira sobre sí mismo: la Tierra; mientras da vueltas alrededor de otro pedrusco incandescente: el Sol; y por estas fechas de fin de año consideramos que hemos terminado el último ruedo y comenzamos el siguiente.

Esta circunstancia, arbitraria y humana, manipula nuestro cerebro provocando un clima reflexivo (“¿Qué hicimos el año que termina?”) y profético (“¿Qué vamos a mejorar en este?”) que genera una cierta ilusión de avance o progreso. A mí, un bípedo terrestre originario del hemisferio norte, aún me resulta muy raro pasar las festividades durante la época estival. Si bien en Antártica la temperatura no es muy veraniega (ahora mismo tenemos una tormenta que acumula la nieve en mi ventana), las casi 22 horas de luz nos indican muy claramente la proximidad del solsticio de verano.

Para mí, pasar estas fechas alejado de mi familia ya es algo normal después de seis años consecutivos, pero en general en estos días se nota el bajo ánimo de la base. No obstante, la ciencia no puede pararse si es que las condiciones meteorológicas lo permiten, por eso salimos a muestrear el día de Navidad con la ayuda inesperada del llamado “viejito pascuero”.

Como dije al principio, estas fechas suelen ser proclives para la reflexión y parece que ese influjo también llega hasta el continente blanco. Un cálculo rápido me hace ser consciente que, dentro de unos días, habré pasado una vuelta del pedrusco (un año de mi vida) al sur del paralelo 60, si sumo las seis expediciones científicas en las que he participado en este territorio. Es curioso cómo percibimos el paso del tiempo pues aún me parece que fue ayer la primera vez que vine a la Antártica.

Desde mi más tierna infancia estoy fascinado con las zonas extremas del planeta, y especialmente con las zonas polares. Al crecer, este sueño infantil de visitar los polos quedó relegado a algún rincón oscuro y escondido de mi cerebro. Sin embargo, esta ilusión nunca desapareció y una posibilidad de visitar la Antártica lo revivió en menos de una fracción de segundo. Obviamente, aquella remotísima oportunidad nunca se concretó y me costó 12 años más de mi vida llegar a las latitudes desde donde escribo estas líneas. Fue amor a primera vista. Desde entonces mi fascinación por estas latitudes y entender cómo funcionan y están cambiando sólo ha ido en aumento. Supongo que sin esa pasión sería imposible o muy difícil regresar (y desear regresar) con todos los sacrificios que conlleva.

Cada año solo unos pocos científicos en todo el mundo tienen la suerte de poder visitar la Antártica y menos son los afortunados que pueden repetir la experiencia. Al reflexionar sobre este hecho, una oleada de humildad y responsabilidad recorre todo mi cuerpo. Supongo que debemos redoblar nuestros esfuerzos para honrar a todos los colegas que se han quedado sin poder venir este año, pero no puedo dejar de pensar en aquel niño pequeño que, a miles de kilómetros, soñaba de madrugada con poder visitar algún día los mágicos lugares sobre los que leía en libros, que le parecían más ciencia ficción que realidad. Si lo pienso bien, creo que es a él a quien debo honrar con mi dedicación, cada día que tengo la fortuna de ser un huésped inesperado en estas latitudes.

* El Dr. Juan Höfer, es oceanógrafo del Centro de Investigación Dinámica de Ecosistemas Marinos de Altas Latitudes (IDEAL) de la Universidad Austral de Chile (UACh) y académico de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV).

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