Columna de Marcelo Contreras: Sin invitación al Grammy

Podemos discutir la calidad de postulantes y premiados al Grammy Latino, o la dinámica industrial, pero una candidatura -qué decir de obtener un gramófono-, todavía simbolizan un logro mayúsculo en la carrera de cualquier artista. En esa liga, por ahora, los chilenos somos más espectadores que protagonistas.



Se anuncian los nominados al Grammy Latino a entregarse el próximo 17 de noviembre en Las Vegas y los artistas chilenos, con la excepción de Mon Laferte y Cami, junto al premio a la trayectoria de Myriam Hernández, no existen. La armada urbana nacional sólo saca la cara desde la producción. Magicenelbeat está nominado por su trabajo en el último álbum de Bad Bunny. En cambio, los intérpretes del movimiento, de vertiginoso crecimiento en Spotify, se quedan fuera de la fiesta. Los invitados favoritos provienen de potencias musicales hispanoamericanas tradicionales como Puerto Rico, Colombia, España, Argentina y México. Nosotros, como en los últimos mundiales, lo veremos por TV.

En 2011, una nota del diario El País de España titulaba Chile, nuevo paraíso del pop, para describir a la generación de Gepe, Javiera Mena, Ana Tijoux y Dënver. El artículo destacaba la calidad local, pero advertía la escasa repercusión internacional de nuestra música, con la excepción de Víctor Jara y Violeta Parra (“¿cuánta gente aseveraría que Violeta Parra era chilena?”). “Aislamiento” fue el término recurrente de los entrevistados, además de reconocer el pudor del público para asumir su gusto por el pop.

Uno de los orgullos de la camada urbana nacional, radica en su capacidad de generar éxitos fuera de nuestras fronteras, rehuyendo los mecanismos tradicionales de producción y promoción. Un tema compuesto en un dormitorio puede romperla. Sin embargo, la industria musical, al borde del nocaut post 2000 por la piratería y el intercambio de archivos, nunca perdió las riendas del negocio por completo. Premiaciones como el Grammy reflejan su influencia. Ahí están las siete nominaciones de Christina Aguilera, cantando en un español que apenas entiende.

Tanto Mon Laferte como Cami son artistas plenamente conscientes sobre cómo funciona el rubro. Están asociadas a grandes sellos porque su ambición es vasta, y cumplen con las exigencias sin chistar. No son sólo cantantes, sino estrellas cuya dimensión traspasa las canciones, un aspecto que el Nuevo Pop Chileno nunca atendió, priorizando la música.

¿Acaso no se trata precisamente de música? Cierto, pero el público masivo demanda otros detalles. Así nos enteramos del parto de Mon Laferte y de las polémicas que cada cierto tiempo prodiga Cami.

La distancia y el mercado local acotado siguen siendo barreras importantes para los artistas chilenos ambiciosos de internacionalización. Tampoco pavimenta el camino episodios como la polémica con el productor puertorriqueño Álex Gárgolas, que pretendía publicar un álbum con estrellas nacionales del urbano, proyecto cancelado tras unos rounds en redes sociales con cantantes y seguidores locales. Más allá de quién dijo qué, la reacción chilena exudó un chovinismo innecesario.

El vigor de una escena y su proyección dependen de factores múltiples. Urgen mejoras para proyectar el talento, desde el trabajo promocional, a la cobertura especializada en retroceso -subir fotos de un show a Instagram no es precisamente un reporteo-, paradojal si se considera que la oferta en vivo y los lanzamientos siguen al alza.

El camino independiente puede estar colmado de alabanzas de la crítica con el paladar alérgico a la masa y una fanaticada fiel, pero difícilmente garantiza un boleto a las grandes mercados, y premios como los Grammy. Podemos discutir la calidad de postulantes y premiados o la dinámica industrial, pero una candidatura -qué decir de obtener un gramófono-, todavía simbolizan un logro mayúsculo en la carrera de cualquier artista. En esa liga, por ahora, somos más espectadores que protagonistas.

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