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Crimen y castigo: Fiódor Dostoievski y 160 años del hachazo que cambió la literatura

A más de siglo y medio de su publicación, la obra maestra de Fiódor Dostoievski sigue siendo el espejo más crudo de la moral humana. Junto a expertos, analizamos la génesis de una novela que nació de la desesperación financiera y el genio psicológico. Además rastreamos la profunda huella que este clásico eterno ha dejado en la narrativa chilena, desde la generación del 50 hasta las voces contemporáneas.

Crimen y castigo: Fiódor Dostoievski y 160 años del hachazo que cambió la literatura

Con golpes de hacha, secos y decididos, el joven de 23 años Rodión Románovich Raskólnikov asesina a la prestamista Aliona Ivánovna. Raskólnikov pasa por un complicado momento económico, que lo obligó a dejar sus estudios de derecho en San Petersburgo, por lo que en un principio pareciera que el móvil de su acción era obtener dinero. Pero, sorprendentemente el mozuelo esconde el botín debajo de una piedra y se olvida del precioso tesoro. En realidad, su motivación es otra.

Ese es el punto de arranque de acaso el asesinato más famoso de la historia de la literatura, el motor de la novela Crimen y castigo, del escritor ruso Fiódor Mijáilovich Dostoievski. Publicada en 12 partes a contar de enero de 1866, en la revista El mensajero ruso -hace 160 años- se convirtió en un clásico de las letras universales, amén de su solidez y su originalidad. Parece una novela policial, pero en realidad, lo que escribió Dostoievski es una novela sicológica. Usando un narrador omnisciente en tercera persona se sumergió en la cabeza atribulada de Raskólnikov, de quien vamos conociendo poco a poco sus motivaciones para el crimen.

Dostoievski, con 45 años y establecido en San Petersburgo, venía de una pasada por el horror. Condenado a muerte en 1849 por el cargo de conspiración contra el zar, en el último minuto, cuando estaba frente al pelotón de fusilamiento su pena fue conmutada por la cárcel en Siberia. Ahí pasó un tiempo terrible, entre el frío inclemente, la soledad y los trabajos forzados. “Cuatro años permanece en la ‘casa de los muertos’, en el infierno, una sombra entre sombras, anónimo y olvidado. Cuando finalmente le quitan los grilletes de los pies magullados y deja tras de sí las estacas y las podridas paredes marrones, es otro hombre: su salud está arruinada, su fama desvanecida y su vida destruida”, escribió posteriormente el austriaco Stefan Zweig en su obra Tres Maestros: Balzac, Dickens, Dostoievski (1920).

Retrato de Friódor Dostoievski, del pintor Vasili Perov

“Sólo sus ansias de vivir siguen intactas e invulnerables: más clara que nunca brilla la cálida llama del éxtasis en la cera derretida de su maltrecho cuerpo. Permanecerá todavía dos años más en Siberia, semilibre y sin permiso para publicar una sola línea. En aquel exilio, en la más amarga desesperación y soledad, contrae el extraño matrimonio con su primera mujer, enferma y extravagante que de mala gana corresponde a su compasivo amor. Alguna oscura tragedia de sacrificio se esconde para siempre en esta decisión y escapa a la curiosidad y al respeto”, agrega Zweig.

Pero su posterior retorno a San Petersburgo como un hombre libre no fue fácil. Partir de cero se le hizo cuesta arriba. A pesar de que ya tenía cuatro novelas publicadas al momento de ser condenado, parecía que su nombre había sido borrado por un codo, aunque la misma escritura será su redención. “Olvidado de todos, regresa a San Petersburgo. Sus protectores literarios lo han abandonado, sus amigos lo han perdido. Pero, restablecido y animoso, logra salir de la ola que lo había abatido para volver a la luz. Sus Apuntes de la casa de los muertos, esta imperecedera descripción de sus días de presidiario, arrancan a Rusia del letargo de una contemplación indiferente de la vida cotidiana. Toda la nación descubre con horror que, bajo la superficie de su tranquilo mundo, existe otro tan cercano que pueden notar su aliento, un purgatorio de todos los suplicios. Hasta el Kremlin llega la llama de la denuncia, el zar solloza sobre las páginas del libro y miles de labios pronuncian el nombre de Dostoievski. En un solo año su fama se ha erigido de nuevo, más alta y perdurable que nunca”, apunta Zweig.

Aunque cuando todo parecía volver a su cauce, Dostoievski tuvo que enfrentar las muertes de su hermano Mijail y de su primera esposa, ambas en 1864, por lo que debió hacerse cargo de su cuñada y sus sobrinos. Además, atravesaba una mala situación económica, como si la sombra de la desgracia se le hubiese pegado y no quisiera soltarlo. En ese complicado panorama financiero, vio su tabla de salvación en una novela que estaba escribiendo. Así llegó a la revista Russki véstnik (El mensajero ruso). Lo cuenta el traductor español Fernando Otero Macías en el prólogo de la edición de la casa peninsular Alba.

“No debió de ser sencilla para el novelista la decisión de colaborar con Russki véstnik. Se trataba, sin duda, de una revista literaria de gran prestigio, donde habían publicado autores de la talla de Tolstói, Turguénev o Saltykov-Shchedrin, entre otros; sin embargo, las relaciones de Dostoievski con el editor de la publicación, el crítico Mijail Nikiforovich Katkov, eran muy tirantes desde hacía años (se habían producido algunas enconadas disputas entre ambos, y además Katkov había rechazado en 1859 la publicación de la novela La aldea de Stepánchikovo y sus habitantes, del propio Dostoievski)”.

“No obstante, en septiembre de 1865, tras haber recibido en los meses anteriores las negativas de dos editores a los que había ofrecido una obra en la que estaba trabajando, titulada Piánenkie [Los borrachos] la obra nunca se terminó, y acabaría incorporándose a Crimen y castigo, y, en vista de lo desesperado de su situación económica, lastrada por las deudas (las que él mismo había contraído y las que había tenido que asumir tras la muerte de su hermano Mijail en 1864) y por las severas pérdidas en los casinos europeos, Dostoievski escribió a Katkov, proponiéndole la publicación de lo que por entonces iba a ser una novela breve, pero que ya incluía -a juzgar por los detalles del plan de trabajo que hizo llegar al editor- los elementos argumentales e ideológicos esenciales de Crimen y castigo".

"Aunque hubo aún ciertos problemas de comunicación entre autor y editor (Dostoievski, por ejemplo, no recibió la confirmación definitiva de la publicación de la novela hasta mediados de enero de 1866, unos días antes de la aparición de la primera entrega), lo cierto es que la colaboración fue beneficiosa para ambas partes, y el novelista, de hecho, seguiría publicando en Russki véstnik hasta el fin de sus días (en las páginas de esta revista vieron la luz nada menos que El idiota, Los demonios y Los hermanos Karamázov)”.

Así cobró vida la historia de Raskólnikov, un joven arrastrado al crimen por la convicción de que la humanidad se fragmenta en dos estamentos: los hombres extraordinarios, libres de ataduras legales si su fin es noble, y la masa subordinada a la ley. Para él, la prestamista no era más que un parásito social perteneciente al grupo inferior, cuya muerte se justificaba por la asfixia económica que imponía a sus deudores. Y no solo eso, Raskólnikov también quería probarse a sí mismo: si podía seguir adelante sin sentir remordimiento alguno significaba que estaba hecho de la madera de los hombres extraordinarios, como por ejemplo, Napoleón Bonaparte, a quien admira. Sin embargo, con el pasar de las páginas notamos que el muchacho tiene cualquier cosa, menos heroísmo.

Friódor Dostoievski en su paso por la Escuela de Ingenieros. Registro de Соломон Лейбин

Las claves

¿Por dónde pasan las claves de Crimen y castigo? El poeta y director de Ediciones UDP, Matías Rivas, indica a Culto: “Creo que los rasgos que marcan Crimen y castigo son la culpa y la redención. Es una novela con una fuerte carga moral”. Por su parte, el escritor Arturo Fontaine -un gran lector de Dostoievski- apunta: “Los seres excepcionales se saltan la ética. Las normas morales valen para los seres corrientes. Los grandes creadores quedan exentos. Es lo que piensa Raskólnikov. El crimen de una vieja usurera, un parásito social, le permitirá hacerse de su cuantioso dinero y destinarlo a fines nobles como ayudar a los necesitados y dedicarse él mismo al bien común. La prueba de que alguien es superior es que de hecho vive por encima de las reglas de los seres ordinarios. El crimen demostrará su propia grandeza. La novela cuenta cómo esta concepción se va desmoronando ante un crimen concreto. Dostoievski nos hace sentir que la conciencia moral es lo que nos hace humanos”.

También opina la crítica literaria y académica de la UC, Patricia Espinosa: “Es una novela grandiosa, pese a su sesgo naturalista y a su desenlace romanticón próximo a la ejemplaridad. Como novela de tesis, que prueba una idea central al modo de una hipótesis, lo central es la moral y desde ahí, la libertad del ser humano versus la idea cristiana de culpa. Por lo mismo, el mal aparece como determinante en la actuación del protagonista. Raskólnikov es un intelectual que busca ir más allá de los límites, en particular aquellos en que se confrontan el bien y el mal. Su pulsión lo lleva a experimentar con una realidad sustentada en el oxímoron. No por nada Mijaíl Bajtín sostiene su teoría sobre el oxímoron en la obra de Dostoievski”.

El académico de la Universidad de Chile, Cristián Cisternas, especialista en literatura rusa, agrega: “Los principales rasgos de Crimen y castigo son, a mi entender: Uno, ser una novela de personaje, es decir, el énfasis está puesto en el proceso que Raskólnikov vive, un proceso de caída y redención que lo lleva al autoconocimiento. En torno al personaje, los demás estratos de la obra, como el tiempo y el espacio, giran y se enriquecen: por ejemplo, la rutina de la vida en la gran ciudad (San Petersburgo) y sus miserias. Dos: ser una novela de la Modernidad, es decir, narrada y construida con el propósito de revelar verdades profundas sobre la sociedad (rusa) y sus contradicciones: por ejemplo, el nivel del debate intelectual y la miseria de la clase intelectual (a la que pertenecen los jóvenes como Raskólnikov)”.

Fyodor Dostoyevsky Russian writer Fyodor Dostoevsky (1821 - 1881), circa 1870. (Photo by adoc-photos FedorDostoevsky.ru Libre Uso

Al leer Crimen y castigo, y a propósito del monólogo interior que permite sumergirnos en la mente del protagonista, es válido preguntarse: ¿Se puede pensar a Dostoievski como un precursor de la novela psicológica moderna? Responde Matías Rivas: “Creo que el monólogo interior no lo descubrió un escritor, sino que varios buscaron la forma literaria de expresar lo que pasa por la mente. Schnitzler lo hizo en alemán, Virginia Woolf y Joyce en inglés, aparece en francés con Flaubert y en italiano lo desarrolló Italo Svevo. En español Juan Rulfo fue un maestro en su empleo, lo mismo que Onetti, Cortázar y Vargas Llosa”.

Sobre lo mismo opina Fontaine: “La novela está narrada en tercera persona. Pero hay momentos en los que aparece muy directamente lo que está sintiendo y pensando Raskólnikov. Hay ahí un anticipo de lo que será el flujo de la conciencia de un Schnitzler, de un Joyce. Pero, a su vez, el narrador en su mismo relato de repente se asimila a lo que siente su personaje. La conciencia del personaje como que se mete adentro del relato del narrador. Y así transmite cómo se va configurando en Raskólnikov ese tránsito desde una sensación de libre impunidad a la responsabilidad, a la culpa y a la necesidad de perdón”.

“Su escritura es técnicamente brillante -piensa Patricia Espinosa-. Hay una lucha entre la omnisciencia y la primera persona. Además, acude al indirecto libre y la polifonía de manera brillante. Claramente Dostoievski es uno de los precursores de la novela moderna”.

“Más que monólogo interior hay una focalización interna del protagonista, realizada por el narrador -opina Cristian Cisternas-. Así tenemos acceso a los pensamientos y emociones de Raskolnikov. El narrador transmite los contenidos de la psique del personaje sin mayores filtros, lo que deja al lector la tarea de interpretar el proceso interno del personaje. Aquí está la raíz de la llamada novela psicológica: tan importantes como las acciones del sujeto imaginario son sus motivaciones, incluso aquellas que parecen inconscientes para el propio personaje”.

Por supuesto que un escritor clásico como Dostoievski influyó mucho en la literatura chilena de la primera mitad del siglo XX. Matías Rivas apunta: “Hay huellas de él en Manuel Rojas, en José Donoso, en Carlos Droguett. Fue muy leído por la generación del 50, así lo cuenta Jorge Edwards”. Patricia Espinosa complementa con otros nombres: “Claramente influenció a Manuel Rojas, Carlos Droguett, Alfredo Gómez Morel, Diamela Eltit, Marcelo Leonart e incluso Pablo de Rokha”.

Sobre lo mismo opina Cristian Cisternas: “La narrativa de Dostoievski tiene una gran influencia en escritores de la generación Neorrealista chilena, por ejemplo en Carlos Droguett. Su novela El hombre que había olvidado presenta personajes ‘dostoievskianos’ que responden al modelo del “hombre del subsuelo” (del propio Dostoievski): sujetos que se sienten inferiores, o que abrigan un gran resentimiento social, y aspiran al reconocimiento o la venganza con una estructura de personalidad megalomaníaca, generalmente inspirada en ideas religiosas o de superioridad”.

“Otra novela de Droguett, Eloy está marcada por la idea de un delincuente que profundiza en su culpa mientras es asediado por la policía. En general, el motivo de la culpa se mezcla, según José Promis, con la temática del acoso, de marcados ribetes existenciales y agónicos. También hay rasgos dostoievskianos en el mundo de las novelas de José Donoso, como los espacios de encierro y enfermedad mental en El obsceno pájaro de la noche“.

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