Culto

Federico Falco: “Siempre es extraño reencontrarse con el que uno fue”

A diez años de su publicación original, Un cementerio perfecto llega a las librerías bajo el sello Anagrama. El autor cordobés reflexiona sobre la vigencia de sus obsesiones, la imposibilidad de la perfección y por qué le escapa a la ciudad para encontrar sus historias.

FOTO: Veroìnica Maggi. Vero Maggi- 3543559115

En un momento de su vida, hacia el 2016, el cordobés Federico Falco vivía en Buenos Aires. Tenía publicadas una novela y cuatro volúmenes de cuentos, pero instalado en la ciudad de la furia comenzó a crear algo. “Al principio, durante un tiempo, trabajé en Entropía, una editorial de Buenos Aires, y después ya coordinaba talleres de escritura. En esa época, si mal no recuerdo, usaba las mañanas para escribir, que es un poco lo que sigo haciendo ahora, y durante las tardes tenía compromisos laborales”.

Con esa disciplina, Falco le dio forma a cinco cuentos, todos largos, unas mini novelas al estilo del célebre John Cheever. En 2016 los publicó con el sello independiente Eterna Cadencia bajo el título de Un cementerio perfecto, y fueron muy aplaudidos. Diez años después, con más trayectoria en el cuerpo, habiendo sido finalista del Premio Herralde de Novela en 2020 y obtenido el premio Fundación Medifé-Filba 2021, el libro vuelve a salir en circulación, esta vez bajo etiqueta Anagrama.

Copyright: Pablo Rey / imagenesargentinas.com

Un cementerio perfecto reúne unos relatos que en su mayoría están ambientados en la Argentina rural, del interior. Se van desgranando poco a poco, sumergiendo al lector en la historia desde el comienzo.

“Siempre es extraño reencontrarse con el que uno fue. Es como leer a una persona que sos vos y al mismo tiempo ya no sos vos. El libro originalmente salió en el 2016, pero varios de los cuentos eran un poco anteriores. Yo soy bastante lento para escribir, entonces hay cuentos que son del 2014 o digamos que de mucho tiempo antes. Es como una especie de excursión al pasado y ver qué temas te obsesionaban en ese momento, qué te interesaba, qué te daban ganas de escribir, qué te generaba disfrute, qué te generaba un impulso de escritura y constatar cómo algunos de esos temas siguen constantes ahí, y otros fueron quedando perdidos en el tiempo o ya no son tan predominantes”.

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En el relato que da nombre al libro, el ingeniero Bagiardelli busca la perfección arquitectónica en un lugar destinado a la muerte. ¿Es esa búsqueda una metáfora de tu propio proceso de escritura?

No sé si lo pensé en relación al proceso de escritura. En ese cuento originalmente el puntapié inicial tenía que ver con el tratamiento del paisaje, con cómo modificamos el paisaje para tratar de hacerlo perfecto, muy entre comillas, para una estética determinada, para una idea de belleza que muchas veces no se encuentra en lo natural. Por ahí pensaba en esa lógica de cierta vuelta idílica a la naturaleza que prometían, por ejemplo, los countries, el irse a vivir a barrios cerrados y un dominio del paisaje que de alguna manera lo volviera amable. Yo creo que en sí la naturaleza no necesariamente es amable. Creo que en ese momento me interesaban mucho esos discursos que armaban un cierto mito de lo natural, acomodándolo como en una especie de paquetito formal, todo muy ordenado, todo muy perfecto. Y me interesaba poner a un personaje a lidiar con eso, con esa búsqueda de la perfección. Me interesaba poner el personaje en esa especie de tarea un poco imposible. Que también se puede pensar esa búsqueda de la perfección como una búsqueda que entorpece el proceso creativo, la escritura, puede estar esa lectura ahí, pero originalmente tenía que ver con cómo nos relacionamos con la naturaleza.

Muchos de los cuentos están situados en pequeñas localidades del interior. ¿Qué te interesa narrativamente de esos pueblos y de sus comunidades?

Esa es la respuesta que nunca pude terminar de redondear. En el fondo lo que a mí me sucede es que me cuesta mucho escribir sobre ciudades. No me generan deseo de escribir. Me parece que hay algo que tiene que ver con la vida de pueblo que a mí me marca mucho porque yo nací en un pueblo y viví hasta los 18 años en un pueblo y ahora vivo en un pueblo y la vida del pueblo permite que de alguna manera circulen más fácil los relatos y eso a mí me atrae. En la vida urbana, en la vida citadina, seguramente hay muchísimos relatos circulando todo el tiempo, pero a mí me resulta más difícil moverme en ese mundo. Entonces, la respuesta es sumamente subjetiva. No hay ninguna razón más allá de mi propia imposibilidad para encarar relatos urbanos. Dicho esto, yo creo que en los pueblos todavía queda como esta idea de narrar, de narrarse, de narrar las vidas. Las vidas a su vez se despliegan y las podemos ver desplegadas en el tiempo, marcadas por ciertos hitos y para bien o para mal, la comunidad está al tanto de cuál es esa historia y la repite y la reproduce.

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La fe es un tema en uno de los cuentos, el de Silvi y la noche oscura, el de la chica que se enamora de un mormón. ¿Cómo surgió?

Es una historia muy larga. Originalmente, una amiga me contó la anécdota de un enamoramiento que había tenido con un misionero mormón cuando era adolescente. Después el cuento cambió un montón, tuvo muchísimas versiones y la historia va para otro lado, pero ese fue el puntapié inicial.

Y ¿qué relación tienes tú con la fe?

Yo siempre creo que para poder disfrutar de la lectura de un libro de ficción necesitamos creer. Hay un acto ahí de suspensión de incredulidad y de aceptar las reglas más o menos toscas que ese mundo nos proponga, aceptarlas sin cuestionarlas, para poder disfrutar del libro. Entonces, creo que una buena parte de la tarea de un escritor es lograr que el lector te crea. Y una buena parte de la tarea de cada lector, o por lo menos mi tarea como lector, es creer y no cuestionar.

En otro ámbito, ¿cómo ves tú a la Argentina con el gobierno de Milei?

No sé, creo que es un momento muy particular, donde ya perdimos la capacidad de asombro. Yo particularmente lo vivo desde un lugar de mucho no entender qué está pasando. Trato de mantenerme informado y al mismo tiempo no entiendo por qué, se da de baja a la ley de glaciares, o se extiende la jornada laboral ¿En qué momento se volvió algo que teníamos que volver a discutir? y a su vez que se pudiera modificar sin que hubiera demasiado estruendo del otro lado. Creo que hay un borramiento de ciertos códigos y sobre todo no hay repercusión. En lo personal tengo la sensación de que hay algo de la estrategia comunicativa del gobierno que tiene que ver con esa especie de bombardeo constante. Todas las semanas está pasando algo, todas las semanas está cayendo algo y eso también en algún momento se vuelve abrumador, entonces, de pronto, no se puede reaccionar a todo. También hay que tener tiempo para vivir, para construir el disfrute, para construir la propia vida, para preservar la vitalidad.

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