Por Gonzalo ValdiviaLa historia real del sacerdote que supo de la muerte de Matute Johns y su rol en la serie sobre el caso
Tal como muestra la producción de Netflix –donde Gabriel Cañas interpreta al religioso–, el excura agustino Andrés San Martín recibió una confesión en que se le habría entregado información clave sobre el asesinato de Jorge Matute Johns. Pese a estar alejado del sacerdocio, se ha negado a compartir detalles alegando que el secreto de confesión se lo impide. Eso sí, colaboró con el proyecto de la plataforma y se reencontró con el detective tras casi 20 años.

Aunque ocupa nombres ficticios, la serie de Netflix Alguien tiene que saber se apega con rigor a las principales piezas del caso Matute Johns: el joven desaparecido, el detective, la madre y el hermano y, por supuesto, el sacerdote.
Interpretado por el actor Gabriel Cañas, el cura agustino se vuelve un personaje central de la historia en el momento en que recibe una confesión en que se le revela información importante sobre el paradero de Julio Montoya (Clemente Rodríguez), el joven visto con vida por última vez la madrugada del 20 de noviembre de 1999 en la discoteca La Cucaracha. Pese a la insistencia del prefecto Montero (Alfredo Castro), el religioso se mantiene firme y se niega a compartir esa información, debido a que el secreto de confesión se lo impide.

De acuerdo con la estructura narrativa de la serie producida por Fábula, su figura alcanza notoriedad nacional en el quinto episodio (ojo: spoilers a continuación). En el final del capítulo, en medio de una misa en conmemoración del cumpleaños del joven extraviado, pronuncia un discurso que provoca escalofríos.
“La familia, en su dolor, tiene que aceptar que su hijo murió”, dice con voz temblorosa. “Me duele, en mí responsabilidad sacerdotal, por guardar un secreto de confesión. Y ello me obliga a no denunciar a aquellos que secuestraron a un muerto”, agrega, mientras Vanessa (Paulina García) y Eric (Lucas Sáez), madre y hermano de Julio, abandonan el lugar con miradas de desaprobación y en absoluto silencio.
En la vida real esa intervención ocurrió en febrero de 2003, cuando se conmemoraba el cumpleaños número 27 de Matute Johns. La intervención de Andrés San Martín (su nombre real) causó revuelo porque, tal como en Alguien tiene que saber, en ese instante se desconocía el paradero del universitario y continuaban las diligencias para localizarlo. El cura, en esa época párroco de la parroquia El Buen Pastor de San Pedro de la Paz, pronunció las mismas palabras, apuntando al “secreto de confesión” que “me obliga a no denunciar a aquellos que secuestraron a un muerto”.

Ese episodio le costó una amonestación verbal del entonces arzobispo de Concepción, Antonio Moreno.
Vaticano y distancia con la familia Matute
En el octavo y último capítulo de la serie, en un momento en que la investigación del prefecto Montero ya ha concluido y él ha abandonado el sacerdocio, el excura viaja al Vaticano. Allí mantiene una audiencia con un superior que le entrega palabras que, en vez de transmitirle tranquilidad, lo hunden en la culpa. “Diga lo que sabe”, expresa la autoridad eclesiástica. “Después de eso no hay nada”.
Ese viaje a Italia sucedió en la realidad, así como también su solicitud a la Santa Sede para ser dispensado de sus obligaciones. Un hito que se concretó en 2007, cuatro años después de la controversial liturgia en la parroquia El Buen Pastor.
También tiene correlato con la realidad su cercanía con la familia Matute Johns. Mientras era parte de la mencionada iglesia de San Pedro de la Paz, asistió espiritualmente a María Teresa Johns, la madre del joven. Sin embargo, se produjo una ruptura con la familia cuando brindó sus polémicas declaraciones de febrero de 2003 y luego se negó tajantemente a compartir la información que se le entregó durante la confesión. Esa distancia se mantiene hasta estos días.

“Yo estaba en el lugar donde no tenía que estar a la hora que no tenía que estar”, declaró en enero de 2016 al matinal de Chilevisión. “Una sociedad necesita siempre saber la verdad. Y si hay gente que entrega información y puede permitir la verdad, qué bueno. Y uno confía en el trabajo de la justicia”, añadió al programa, junto con enfatizar que “yo nunca voy a dejar de ser sacerdote”.
En esa época el ministro Jaime Solís, como parte de los interrogatorios y diligencias asociadas a la reapertura del caso después de seis años, solicitó entrevistar al exsacerdote. Resguardado por personal de la PDI, San Martín se acercó a los Tribunales de Justicia de Concepción, donde fue entrevistado durante más de tres horas. Allí habría vuelto a repetir que el secreto de confesión no le permite entrar en detalles.
Fernando Chomali, arzobispo de Concepción entre 2011 y 2023, le brindó respaldo. “Yo pienso que la persona que sabe algo abusó, en cierto sentido, del sacramento de la confesión. Y cuando un pecado es un delito el penitente, no el confesor, el penitente tiene la obligación moral de hacerlo saber a la justicia”, planteó a la prensa.

Reencuentro con el policía del caso real
Alguien tiene que saber se sustenta en una investigación periodística en que se entrevistaron a cientos de personajes ligados al caso Matute Johns. Una labor que lideró Rodrigo Fluxá –también guionista de la serie– y en la que también participaron Jorge Rojas, Sebastián Palma, Paz Radovic, Nicolás Parra y Catalina Martínez.
Como parte de ese trabajo, Andrés San Martín fue contactado para conceder una entrevista. Si bien accedió, lo hizo bajo una condición: que en la misma instancia también estuviera presente el prefecto (r) Héctor Arenas, el detective que investigó el caso entre 1999 y 2004 y en el que se basa el personaje de Alfredo Castro.
Según información a la que accedió Culto, este encuentro se materializó en la casa en la que vive el expárroco en la Región del Maule. Ambos se reencontraron tras cerca de dos décadas sin verse.
Tras abandonar el sacerdocio, San Martín se casó y tomó la dirección de una escuela.
En tanto, el caso judicial no ha determinado a los responsables por la muerte y desaparición de Matute Johns. Como indica la producción de Netflix al término de cada episodio, “no cuenta con una sentencia condenatoria al momento de su estreno”.
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