Paula

A 10 años de los sellos negros: ¿estamos aprendiendo a comer mejor?

La Ley de Etiquetado transformó envases, hábitos de compra y estrategias de la industria alimentaria. Una década después, vale la pena preguntarse qué impacto ha tenido realmente en la forma en que comemos.

Cuando en 2012 se promulgó la Ley de Etiquetado de Alimentos en Chile, yo cursaba mi primer año de Nutrición. Con los pocos conocimientos que tenía entonces, me parecía una política completamente revolucionaria. Y, en cierta medida, lo fue.

Aunque su implementación comenzó de manera gradual en 2016, la ley no solo introdujo los conocidos sellos negros de advertencia. También restringió la publicidad dirigida a niños, prohibió la venta y promoción de ciertos productos en establecimientos educacionales, reguló la forma en que muchos alimentos podían promocionarse al público infantil y eliminó personajes de los envases destinados a menores.

Recuerdo perfectamente algo que me hizo mucho ruido en ese momento. Cuando se anunció que el Viejito Pascuero ya no podría aparecer en chocolates navideños o que el conejo de Pascua desaparecería de ciertos productos, sentí que se estaba interviniendo algo más que el alimento en sí. Había algo de esas celebraciones y de mi propia infancia que también parecía quedar atrás.

Hace tiempo quería escribir sobre este tema, pero nunca desde una mirada simplista. Recién ahora, a una década de la implementación de esta ley, contamos con la distancia suficiente para observarla con mayor perspectiva. No para dictaminar si fue un éxito o un fracaso, sino para analizar sus efectos, reconocer sus límites y abrir preguntas que aún siguen sin respuesta.

Existen estudios que muestran cambios en las decisiones de compra, una mayor atención a la información nutricional e incluso reformulaciones por parte de la industria alimentaria. El mensaje era simple y fácil de comprender: mientras más sellos tiene un producto, menos saludable parece ser.

Pero la pregunta que me interesa es otra: ¿esto realmente está ayudando a que las personas estén más sanas?

Hasta ahora, la evidencia no ha demostrado de manera contundente que los sellos, por sí solos, hayan logrado transformar los complejos problemas de salud que buscaban abordar. Y tiene sentido. La alimentación está determinada por múltiples factores que van mucho más allá de una advertencia impresa en un envase: el acceso económico, el estrés, la cultura, el entorno familiar y, por supuesto, la salud mental.

Muchas personas siguen comprando productos con sellos porque les gustan, porque son accesibles o simplemente porque son los alimentos que pueden pagar. Mientras tanto, algunas reformulaciones han reemplazado el azúcar por edulcorantes u otros ingredientes difíciles de identificar para la mayoría de las personas, abriendo nuevos debates sobre qué entendemos realmente por una alimentación más saludable.

Sin embargo, hay un aspecto del que se habla mucho menos y que merece más atención: el impacto que este tipo de mensajes puede tener en nuestra relación con la comida.

Todavía existe poca investigación directa sobre este tema. Aun así, diversas revisiones científicas y especialistas han planteado preocupaciones respecto de cómo ciertos mensajes nutricionales simplificados podrían influir en la forma en que las personas se relacionan con los alimentos, especialmente quienes tienen antecedentes de trastornos alimentarios o largos historiales de dietas restrictivas. Entre las principales inquietudes aparecen el miedo alimentario, la culpa asociada al consumo de ciertos productos y la tendencia a clasificar los alimentos como “buenos” y “malos”.

Quizás por eso este tema me genera tanta inquietud. Porque son situaciones que llevo años observando y escuchando en consulta.

Las personas con TCA (trastornos de la conducta alimentaria), ansiedad alimentaria o una larga historia de dietas suelen quedar atrapadas con facilidad en cosas como estas. Algunas dejan de disfrutar alimentos que les gustan por culpa. Otras terminan creyendo que comer saludable consiste simplemente en evitar los productos con más sellos. Poco a poco, la alimentación deja de estar guiada por las necesidades del cuerpo y pasa a estar determinada por el miedo a equivocarse.

Lo complejo es que esta lógica ya no aparece únicamente en redes sociales o en la cultura de las dietas. También se ha ido instalando en consultas de salud, campañas publicitarias y comerciales de televisión. Una y otra vez escuchamos que debemos preferir los productos con menos sellos, como si la calidad de una alimentación pudiera resumirse en un único indicador.

Pero comer nunca ha sido tan simple.

La alimentación también está atravesada por la cultura, la salud mental, las necesidades físicas, el acceso a los alimentos, las experiencias de vida, el contexto familiar y el placer de comer. Reducirla únicamente a una etiqueta es desconocer buena parte de su complejidad.

Por eso creo que esta discusión necesita más matices. Porque una política pública puede nacer con buenas intenciones y, al mismo tiempo, generar efectos que vale la pena examinar críticamente.

Diez años después, quizás la pregunta ya no es solo cuánta información entregan los sellos, sino también qué tipo de relación con la comida están ayudando a construir. Y si, en algunos casos, esa relación puede terminar teniendo costos para la salud mental.

Porque si algo he aprendido acompañando a personas durante años, es que comer con más miedo rara vez se traduce en comer mejor.

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