La segunda vida que encontró en el agua
Después de años viviendo con obesidad mórbida, una condición que marcó gran parte de su existencia, Adriana Valdivia, actual nadadora del Club de Natación Peñalolén Master, encontró a los 54 años una segunda oportunidad para habitar su cuerpo y redefinir los límites de la vejez. Mientras su trabajo como cajera la mantiene con los pies en la tierra, es en el agua donde demuestra que nunca es tarde para empezar de nuevo.

—Te voy a ganar— le dijo una mujer de casi dos metros que la observaba desde arriba, con los brazos cruzados y el ceño fruncido, en la antesala de la piscina. Estaban en el XIII Campeonato Sudamericano de Natación Master 2023, en Perú, y la advertencia iba dirigida a Adriana, una chilena de 63 años que apenas alcanza el metro cuarenta y siete de estatura y que participaba en su primera gran competencia internacional. Cualquiera se habría dejado intimidar, pero Adri, como le gusta que le digan, conoce muy bien sus capacidades y el esfuerzo que le había requerido llegar hasta ahí.
—¿Sabes qué?, te voy a decir una cosa –le respondió con el tono calmado y seguro que la caracteriza, mientras se ajustaba la gorra y las antiparras–. Yo no voy a nadar sola, vengo con Jesús, él se pone el gorrito, los lentes y me acompaña. Y no vengo a ganarte a ti, vengo a ganarme a mí.
Minutos después, cuando sonó el silbato de salida, Adriana se lanzó a la piscina olímpica. Nadó los primeros 100 metros en estilo mariposa, administrando sus fuerzas para no agotarse demasiado pronto, y luego remató en espalda. En los últimos metros apenas respiró para no perder milésimas de segundo y alcanzar la meta como una bala. Solo cuando salió de la piscina y descansaba en la galería junto a sus compañeros le dijeron que había obtenido el tercer lugar y la primera medalla de bronce para Chile. En ese momento la felicidad fue absoluta. Arrodillada y entre lágrimas, le dio gracias a Dios por haberle dado las fuerzas necesarias para llegar hasta allí.

Durante gran parte de su vida, Adriana convivió con obesidad mórbida, una enfermedad crónica que trae consigo otros graves problemas de salud como diabetes, hipertensión arterial e incluso enfermedades cardiovasculares. Esta condición marcaba gran parte de su día a día. “No podía hacer nada, ¡nada!”, recuerda con rabia. Desde joven nunca se sintió libre en su propio cuerpo, era una jaula de la que no podía escapar y a cuya incomodidad se había acostumbrado, o más bien resignado.
El 2010, cansada de las dietas, se sometió a una cirugía bariátrica. Gracias a este procedimiento, sumado a un seguimiento nutricional y psicológico constante, llegó a perder más de 120 kilos. Sin embargo, su cuerpo aún cargaba las secuelas de esos años, por lo que su doctor le recetó natación para desarrollar musculatura y así proteger las rodillas que el peso había destruido.

Hoy, a sus 63 años, Adriana dice vivir al revés. Mientras las personas de su generación experimentaron el deporte y la competencia durante la juventud, ella recién está descubriendo ese mundo en una etapa de la vida en la que la sociedad suele empujar a las personas mayores hacia actividades más sedentarias, como tejer, leer o ver televisión. Respecto a esto tiene una postura clara: “Yo digo, ¿por qué? ¿Por qué piensan que su vida terminó? ¿Por qué se rindieron, si la vida hay que aprovecharla hasta el final? ¿Por qué dejar que la edad te limite?”. Este pensamiento lo repite como un mantra, aunque equilibrar su pasión con las exigencias de la rutina no ha sido sencillo.
A pesar de estar jubilada, sigue trabajando desde hace más de diez años como cajera en la tienda de materiales de construcción Yousef, ubicada en la comuna de Santiago. El panorama actual es complicado: el año pasado, cuando las sucursales se fusionaron, Adriana quedó sola atendiendo la caja, con una carga laboral mayor y el mismo sueldo. Pero la pesadez de su puesto no logra opacar la agilidad que ha conseguido en el agua.
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En su puesto de trabajo, detrás de su silla, cuelgan fotografías de su paso por el Sudamericano y una de sus medallas de bronce cuidadosamente enmarcada. Todo el que pasa por caja queda deslumbrado ante tal exhibición y, dentro del local, es conocida por compañeros y clientes como “la campeona”. Aprovecha sabiamente esa fama durante la hora de almuerzo, cuando vende rifas a dos mil pesos para financiar sus entrenamientos y viajes a competencias. Para ella, cada número vendido representa un pacto de honestidad con quien lo compra. “Aquí están los resultados. Yo no doy jugo ni vendo humo”, asegura con orgullo. Sus compañeros de trabajo se han convertido en parte de su equipo y las preguntas de cada lunes por la mañana sobre su desempeño en las competencias ya son tradición.

Su ánimo cambia cuando el reloj marca las seis de la tarde. Rápidamente, toma sus dos bolsos y se dirige al centro de entrenamiento. Su rutina es casi militar: lunes, miércoles, viernes en la piscina; martes, jueves y sábado, sesiones de pesas. Regresa a casa cerca de las diez de la noche. Allí la espera su pareja, su mayor fanático, con la comida lista. Termina exhausta al final del día, pero sostiene que no existe nada que le produzca más placer y bienestar:
—Es duro, pero me encanta. Me gusta, me motiva y ahí me olvido del mundo.
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Su entrenador, Diego Araya, trabaja con ella desde que se unió al Club de Natación Peñalolén Master en 2017 y la describe como una mujer disciplinada y alegre: “Contagia al grupo con su carisma y buen humor”. Sin embargo, aclara que ser “buena para la talla” no le resta profesionalismo. “Lo que más aporta al equipo es su disciplina. No descansa. Siempre quiere seguir y terminar la tarea, aunque se haga tarde”, afirma.
Esa misma perseverancia la llevó el 31 de mayo al Centro Deportivo de la Universidad Católica, en San Carlos de Apoquindo. Eran las siete de la mañana y, a pesar del frío, Adriana ya tenía puesto su traje de baño rosado y estaba lista para elongar antes de la competencia. Ese día se realizaba la VII Copa Smart Swim Team, parte del circuito Master de Chile. Con un prolijo delineado azul y una suave sombra rosada sobre los párpados, sus ojos reflejaban una emoción difícil de contener. El ambiente estaba marcado por la música, los gritos y los constantes vitoreos de una galería repleta. Bolsos, toallas y trajes de baño se acumulaban por todo el suelo. En medio de ese caos, Adriana permanecía concentrada, lista para sumergirse en un nuevo desafío: competir por primera vez en los 200 metros pecho.

A pesar de los nervios, caminó con la cabeza en alto y, para sorpresa de todos, se subió sin ayuda al partidor. En su mente repetía una sola consigna: deslizar al principio y rematar al final. Al finalizar, cuando escuchó los resultados por los parlantes, Adriana no podía creerlo; se había quedado con el oro.
Es honesta al reconocer que al principio de su carrera no estaba precisamente encantada con la idea de meterse al agua, pero asegura que “todo en la vida es un proceso”. Los primeros pasos en la piscina municipal estuvieron lejos de ser gloriosos. Para una mujer que había pasado años avergonzada de su cuerpo y escondiéndose de la mirada ajena, ponerse un traje de baño requirió una valentía enorme. Además, la profundidad de la piscina le provocaba pánico. Le costaba flotar, sus piernas no respondían y con cada brazada sentía que se hundía. Tuvo que aprender a regular la respiración, confiar en sus extremidades y, sobre todo, confiar en sí misma.
—Las personas alcanzan sus metas cuando logran un cambio mental, dice.
Fue, sin duda, un proceso largo y agotador, pero con el tiempo el agua comenzó a devolverle una ligereza que creía perdida.
Con la medalla de oro colgando de su cuello, Adriana apenas se permite celebrar. El cansancio acumulado tras semanas de entrenamiento, trabajo y sacrificios queda relegado a un segundo plano. Su atención ya está puesta en la próxima meta: clasificar y competir en el famoso Campeonato Mundial de Natación Master.

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*Este perfil fue elaborado en el marco del curso Narración escrita de no ficción (Facultad de Comunicaciones UC), dictado por la periodista y docente Amanda Marton.
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