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Desiertos: viaje al Big Bang de La Ley

Esta semana se reedita en vinilo el primer disco del grupo chileno, tras años descatalogado. Culto reunió a los músicos que participaron en el álbum -Beto Cuevas, Mauricio Clavería, Luciano Rojas y Rodrigo “Coti” Aboitiz- y aquí cuentan cómo esa experiencia cambió sus vidas. “Fue una salvación”, reconocen.

Desiertos: viaje al Big Bang de La Ley

En distintas dimensiones, para todos los músicos de La Ley el disco Desiertos -el primero del grupo y lanzado el 24 de julio de 1990- fue el hallazgo de un refugio. “Una salvación”, sube incluso la apuesta el baterista Mauricio Clavería en conversación con Culto.

Él mismo antes de sumarse al conjunto en 1988 venía de grabar jingles, participar como sesionista para agrupaciones como Los Hermanos Zabaleta e integrar un proyecto más adscrito a la balada ochentera como Pancho Puelma y Los Socios.

“Pero La Ley tenía todo lo que yo quería de una banda. Tenía la electrónica, el pop, el nivel de las composiciones eran geniales, entonces fue encontrarme con gente que escuchaba la misma música que yo. Fue realmente increíble entrar a una banda que cumplía con todos mis gustos. La Ley fue mi salvación, porque pude tener desde ahí todo lo que me llenaba. Cuando entré al grupo, dejé de hacer todas las demás cosas, que podría haber seguido haciéndolas, pero en realidad para que La Ley creciera había que dedicarse al 100%. Además, en los proyectos que estaba antes, sentía que me faltaba algo; cuando tocaba con Pancho Puelma, todos ellos eran mucho mayores, yo era como la mascota, entonces no me sentía tan identificado generacionalmente. Cuando llegué a La Ley, dije: ‘este es el lugar’”.

El tecladista Rodrigo “Coti” Aboitiz había integrado La Ley desde su fundación en 1987, con su primera cantante, la española Lucía “Shía” Arbulú, y el líder y guitarrista Andrés Bobe. Pero también a la altura de Desiertos, sintió que la aventura encontraba un rumbo más definitivo en lo creativo y lo personal: “Desiertos es un disco donde llegamos a conformar la idea que teníamos en un inicio con Andrés (Bobe). Desiertos fue la culminación de ese pensamiento de formar una banda, de tener una banda de pop rock. También para mí fue una época súper difícil, mi mamá estaba enferma, yo por momentos tenía episodios de mucha angustia, pero por otro lado tenía a la banda, tenía a mis amigos con los que íbamos a tocar, viajábamos, componíamos, de esa forma yo sublimaba todo lo que me pasaba. Toda mi pena la trataba de olvidar con Desiertos, porque el grupo era un lugar donde había mucha juventud, mucha energía, muchas ganas de proyectarse”.

Al igual que Clavería, el bajista Luciano Rojas se sumó en 1988 a La Ley. Conocía a Bobe desde sus días universitarios cuatro años antes -habían formado el grupo Paraíso Perdido-, por lo que al fichar en La Ley experimentó cierta familiaridad, aunque con otro nivel de exigencia: “Para todos los integrantes los caminos fueron diferentes, pero las sensaciones fueron muy semejantes. Yo a Andrés lo conocía, a ‘Coti’ también, por lo que para mí entrar a La Ley no fue un cambio muy grande, porque éramos un lote de amigos. Lo que sí pudo ser un cambio es que trabajábamos muchísimo, todos los días nos juntábamos en la casa de la familia de ‘Coti’ en Luis Pasteur y trabajábamos mucho, entonces fue un material muy desarrollado, muy trabajado, muy maduro, ahí fui sintiendo que esos sueños y esas ideas que teníamos con Andrés en la universidad se iban cumpliendo, se iban haciendo mucho más serias”.

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A quien posiblemente el disco Desiertos le cambió la vida para siempre y como a ningún otro miembro de La Ley fue a Beto Cuevas. Fue en 1989 el último en zarpar a la travesía, luego de volver desde Canadá, y ahí descubrió que no sólo podía consagrarse al arte a través de su trabajo como diseñador gráfico: Cuevas experimentó el alumbramiento de una faceta propia hasta ese entonces desconocida. “El disco Desiertos fue mi entrada al mundo de la música y el inicio de mi carrera como cantante y compositor”, asegura.

Si para Clavería, Aboitiz, Rojas y Cuevas -la formación original de La Ley junto al fallecido Andrés Bobe-, el primer título de la agrupación subraya un antes y un después, para el rock chileno significó esto: la irrupción de un sonido radial, inquieto y moderno casi inédito en la escena y que se escindía de la simpleza del pop latino de los 80, inaugurando una nueva era marcada por un riguroso profesionalismo para trabajar, un radar dirigido hacia los referentes globales del cancionero británico y una apuesta ambiciosa que con los años precipitaría el alcance más internacional logrado en la historia del rock chileno.

“Particularmente siempre creí que dejaríamos una marca y siempre lo mencionaba a riesgo de parecer ingenuo e inocente. Igual considero que es justamente esa fe ciega e inocencia la que te permite hacer cosas extraordinarias que eventualmente se pueden convertir en algo que resuena en el público”, acota Cuevas.

Tejedores de ilusión

Pero para conquistar aquellas cosas extraordinarias, ese camino largo ofreció desafíos disímiles. Tras el retiro en 1988 de la cantante Shía Arbulú de la primera formación de La Ley, Aboitiz y Bobe tenían bosquejadas varias canciones, pero el proyecto había ingresado en una dirección incierta. Sumaron a Rojas y Clavería, pero faltaba el fragmento esencial: ¿quién sería el vocalista de La Ley?

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Aboitiz continúa: “Con Andrés ya veníamos trabajando varias canciones, cada uno llevaba una idea y le íbamos dando estructura. El sonido que le dábamos era lo que respondía a nuestros referentes, como Simple Minds, U2, The Smiths, por mi lado tenía a Depeche Mode. Después cuando llegó Luciano o Mauricio, ellos también empezaron a aportar ideas en las canciones. Ya era un colectivo. Alguien llegaba con algo y la pregunta era: ¿qué va a salir de aquí?”

“Yo todas las ideas que traían las encontraba geniales”, se ríe ahora al recordar Clavería. Después redondea: “Se notaba desde un principio que había una química especial en que íbamos todos para el mismo lado, por eso era fácil trabajar”.

Al minuto de buscar un cantante, la primera alternativa fue Iván Delgado, ex saxofonista de La Banda del Pequeño Vicio. “Empezamos con él, pero después vimos que Iván no podía cantar y continuamos buscando”, rememora Aboitiz. Rojas se suma: “Lo que pasó con Iván fue muy doloroso, porque estuvo muy involucrado en la preproducción de todo, era amigo nuestro, pero realmente no estaba a la altura de lo que era nuestro contexto en general, teníamos que ser consecuentes con eso”.

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Al seguir circulando el casting, el grupo probó a Hugo Román -cuñado de Aboitiz- y a la propia actriz Luz Croxatto. “Luz no funcionó no creo que por sus capacidades, porque la queríamos mucho, pero lo que pasa era que el concepto estaba muy desarrollado, muy avanzado, entonces necesitábamos a alguien preciso. Y a través de Mauricio llegó Beto, que se complementó perfecto, era lo que estábamos buscando en cuanto a estética, concepto musical e impronta física. Era la pieza exacta que faltaba”, detalla Rojas.

Mauricio Clavería: “Lo de Beto fue una suma de muchas coincidencias. Catalina, mi primera esposa, estudiaba producción de cine y la hermana de Beto había llegado desde Canadá a lo mismo. Llegó antes de que lo hiciera Beto. Ella estaba media sola en Chile y yo le decía a Catalina que, como eran amigas, la invitara a unos asados domingueros que yo organizaba en mi casa. Ahí, la hermana de Beto sabía que yo tenía un grupo y siempre me decía: ‘yo tengo un hermano que canta súper bien, créeme, es verdad’. Me pasó unos casetes de Beto, donde cantaba The Human League, algunas de Duran Duran, todo lo que nos gustaba. Un día el propio Beto fue a la casa y nos pusimos a hablar y le dije que cantaba muy bien. Además, tenía súper buena pinta. Yo dije: ‘aquí tenemos la posibilidad de tener un muy buen frontman’. Le llevé a la parcela de Andrés Bobe en Puente Alto, cantó y se acopló de inmediato. No le costó ni un poco”.

“Coti” Aboitiz recuerda que hubo otro detalle que los flechó de Cuevas: “Cantaba igual que el cantante de Talk Talk y a nosotros nos encantaba Talk Talk”. Rojas ataja y aclara: “Nosotros queríamos ser Talk Talk”.

Cuevas asevera por su parte: “Creo que mi aporte fue mi voz y mi forma de interpretar, que no nació inspirada por el rock latino de los 80, porque yo crecí en otro país. También pude escribir en Desiertos la letra de mi primera canción, Espina feroz, y otras más, lo que me reafirmó que podía transformar melodías sueltas en palabras y frases que formarían una canción”.

A tocar y grabar

Con las piezas ya ensambladas y definidas, la agrupación empezó a ejercitar el material en vivo, como una suerte de precalentamiento antes de ingresar al estudio. Ahí se presentaron en espacios como el Café del Cerro y la Casa Constitución. Pero, lo más relevante, pudieron comprobar en terreno que algo grande estaba naciendo.

Luciano Rojas: “Tengo un recuerdo muy vívido del momento en que uno siente que las cosas van a funcionar. En un momento ensayábamos en el segundo piso de lo que en esa época era el Café del Cerro, que hoy es el Club Chocolate, y cuando hacía calor abríamos las ventanas. Entonces, mientras tocábamos, mucha gente se juntaba afuera a mirarnos. Era un show espontáneo, donde uno decía: parece que esto va a funcionar”.

“Coti” Aboitiz: “Me acuerdo patente que Andrés (Bobe) tenía unas amigas australianas que habían visto a un grupo que a nosotros nos gustaba mucho, Icehouse. Y nosotros de alguna manera queríamos ser como ellos. Pero ellas nos decían: ‘¡oye pero si ustedes son mucho mejores que Icehouse!’. Ahí como que me pegué la ‘cachá’ que éramos súper buenos y que íbamos por buen camino. Puede sonar un poco soberbio, pero nosotros ya estábamos imaginándonos afuera, nuestros referentes eran de afuera. Creo que La Ley llenó un vacío en Chile que se abrió después del fin del boom del pop latino”.

Rojas adscribe a tal teoría: “Con toda la humildad del mundo, creo que estábamos haciendo algo distinto. En cuanto a sonidos o interpretaciones, las cosas no eran las mejores en Chile. Estábamos súper conscientes de estar un par de peldaños más altos que la media”.

(null)

Con ese credo, partieron a grabar los temas de Desiertos a los estudios Horizonte (“que eran de la radio Concierto, en avenida Holanda”, ubica Rojas). Diez tracks que incluían el propio hit Desiertos, aparte de otras canciones como Qué va a suceder, Triste, Sintiendo cosas y Azuela.

“Tenía dos salas separadas a una distancia considerable y cada una tenía una consola de 16 canales. No nos daba abasto. Tuvimos que linkear los estudios a través de varios cables por los pasillos. Fue todo un cuento técnico”, reconstruye Clavería.

Pero cuando Desiertos salió a la calle, los desafíos no se extinguieron. La banda enfrentó un quiebre con el mánager Carlos Fonseca, quien trabajaba con el grupo y había financiado el álbum, lo que hizo que sólo se publicaran en su momento 500 casetes: lo escaso de su volumen inicial transformó el trabajo hasta hoy en un objeto de culto entre coleccionistas y melómanos. “Terminó en un cajón, es increíble, y nunca más vio la luz por asuntos contractuales”, completa Rojas.

Después suma: “La Ley firmó con Fusión, que era el sello y la disquería de Fonseca. Pero coincidió con la época en que Los Prisioneros la estaban rompiendo en Chile, entonces obviamente su preocupación y atención estaban puestas ahí. Nosotros sentíamos que no teníamos la atención suficiente. Entonces fue ahí que Alejandro Sanfuentes, que trabajaba en Fusión, se acercó a nosotros y nos propuso tomar un camino paralelo, ser nuestro mánager. Y eso causó un cortocircuito entre Alejandro y Carlos. Y eso precipitó que el disco no tuviera la difusión suficiente y sólo se limitara a 500 copias. Por eso es tan importante esta reedición que hoy se está llevando a cabo”.

En todo caso, hoy los músicos han hecho las paces con la figura del fallecido Carlos Fonseca: recuerdan su olfato pionero en el rock nacional y las muchas noches en que abría la disquería Fusión en el Drugstore y los invitaba a escuchar música encerrados y a solas, en un soundtrack que iba desde Joy Division a Peter Murphy.

Además, como una forma de saldar esa deuda, Desiertos tendrá desde la próxima semana una nueva vida. Este 26 de abril, a las 19.00 horas, se lanzará en el GAM una reedición en vinilo doble del disco, con sonido remasterizado y su carátula original: mientras el primer álbum trae la versión original del trabajo, recuperada desde los masters originales, el segundo es una nueva entrega, remezclada en 2025 por Carlos Barros. Todo es obra de Germán Bobe, hermano de Andrés, quien en los últimos años ha encabezado múltiples proyectos para recuperar su memoria.

La instancia coincide con el paso de Beto Cuevas por Santiago, quien estará dos días antes, este viernes 24 de abril, en el Movistar Arena en el evento Noche de rock latino, junto a Aterciopelados y Claudio Valenzuela (entradas en Puntoticket). Tal coincidencia, ¿puede precipitar una reunión a propósito de Desiertos?

Aboitiz, Rojas y Clavería han mostrado distancia con el cantante en los últimos años. Han funcionado en bandos distintos. De hecho, mientras los primeros tres hacen esta entrevista juntos vía Zoom, Cuevas responde aparte.

Ante la pregunta de un posible reencuentro, Rojas admite: “Las voluntades existen, pero también hemos aprendido a no apurar los procesos. Es indudable que un proyecto como este abre ventanas, así que ojalá que estas voluntades de acercamiento continúen”.

Aboitiz: “Esto ha sido un motivo de unión para todos los que hicimos Desiertos. A mí me ha dado una energía especial para darme cuenta que hay cosas que sucedieron y que ya no importan. Lo que va a quedar somos nosotros y la música. Y esto ha dado una oportunidad para volver a conversar. Hay que darle tiempo al tiempo”.

Si en algún momento Desiertos fue el inicio de La Ley, puede que casi 40 años después sea también el retrato de un nuevo comienzo.

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