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Hanif Kureishi y su crónica del dolor: “No pienso hundirme; sacaré algo valioso de esto”

Tras una caída accidental en Roma que lo dejó tetrapléjico, el autor de El buda de los suburbios transforma su tragedia en literatura con A pedazos (Anagrama). Dictado a sus hijos ante la imposibilidad de escribir, el libro es un testimonio crudo y sin adornos sobre la pérdida de la autonomía, la humillación de la dependencia y la voluntad de seguir creando. Una obra urgente que la crítica ya califica como una pieza indispensable de la narrativa del trauma contemporánea.

Hanif Kureishi y su crónica del dolor: “No pienso hundirme; sacaré algo valioso de esto”

Después del gol viene la euforia. Eso es lo habitual, y al menos eso es lo que estaba viviendo el escritor Hanif Kureishi en el departamento de su pareja, Isabella, en Roma. El calendario marcaba el 26 de diciembre del 2022, estaba de visita en la Ciudad Eterna para pasar la Navidad y una buena tarde tomó su iPad para ver al Liverpool, el equipo de sus amores. Después que el chascón Mohamed Salah anotara un gol y mientras degustaba una buena cerveza, Kureishi sintió algo. Un mareo. Lo que vino a continuación cambió su vida para siempre.

“Me incliné hacia delante hasta que la cabeza me quedó entre las piernas; recuperé la consciencia unos minutos después, rodeado de un charco de sangre, con el cuello torcido en una postura grotesca e Isabella arrodillada junto a mí”.

Kureishi se había caído y el accidente le causó una severa lesión en el cuello y la columna vertebral. Cuando recuperó la conciencia, se dio cuenta que sus extremidades no le respondían. “De pronto vi lo que solo puede describirse como un objeto cóncavo, semicircular y con garras moviéndose hacia mí. Recurriendo a la escasa lucidez que me quedaba, descubrí que era una de mis manos, una cosa extraña sobre la que ya no tenía control. Deduje que no existía ninguna clase de coordinación entre mi cerebro y el resto de mi cuerpo. Me había disociado de mí mismo”.

El autor describió la caída. “Isabella y yo vivimos en Londres, pero pasábamos las Navidades en su apartamento de Roma, y fue allí donde me desplomé, sentado a la gran mesa redonda cubierta de libros y papeles en la que ella y yo trabajábamos juntos por las mañanas. Oyó mi grito de desesperación desde el lavabo, entró y llamó a una ambulancia. Me salvó la vida y, arrodillada a mi lado, consiguió que yo mantuviera la calma. Le dije que quería despedirme de mis tres hijos por FaceTime, pero a Isabella no le pareció buena idea porque se asustarían y quedarían consternados”.

El accidentado Kureishi fue trasladado de inmediato al Hospital Gemmeli, de Roma ¿Resultado? una tetraplegia. Por supuesto, el diagnóstico fue devastador para el escritor.

“No puedo mover ni los brazos ni las piernas. No soy capaz de rascarme la nariz, llamar por teléfono o comer sin ayuda. Como podeis imaginaros, es al mismo tiempo humillante y degradante y me convierte en una carga para los demás”, relató el británico, quien, desde el inicio no tuvo otra salida que ir contando todo lo que le ocurría. El bichito del escritor no había sufrido daño alguno.

Para ello, Kureishi fue dictándole una serie de notas a su pareja, Isabella, y a sus hijos. “Más tarde se revisaron, ampliaron y editaron con el mismo método, trabajando con mi hijo Carlo en mi casa del oeste de Londres”. Esos trozos donde relata su experiencia de dolor, días de hospital y fisoterapia se acaban de compilar en un volumen titulado A pedazos, y llega a Chile publicado por la casa editora Anagrama.

La forma del libro está intrínsecamente ligada a su producción. Al ser dictado, las frases son más cortas, directas y punzantes. No hay lugar para la frase subordinada compleja. Esta limitación técnica otorga al texto una oralidad y una urgencia vital. Cada palabra parece haber sido filtrada por un colador de dolor y necesidad.

El libro se estructura como una crónica fragmentaria. No hay espacio para el floreo innecesario cuando el cuerpo duele y la dependencia es total. A pedazos es un testimonio de la humillación diaria: la necesidad de ser alimentado, limpiado y movido como un objeto. Pero Kureishi, fiel a su estilo mordaz y descaradamente honesto, no busca la piedad del lector.

“Envidio a los que pueden rascarse la cabeza. Envidio a los que pueden anudarse los cordones de los zapatos. Envidio a los que pueden sostener una taza de café. Viendo a un hombre que saludaba con la mano a su mujer, me costaba creer que ignorara lo complicado del gesto. Envidio a cualquiera que pueda utilizar las manos”.

También relata sus días de fisioterapia. “Ayer, en el gimnasio, el fisioterapeuta me subió la mano derecha, que parece una garra, hasta la mejilla. Fue espantoso, estaba inerte, fue como si me hubieran plantado en la cara la mano de un muerto. Esa mano estaba fría y sin vida. Pero la señorita S. dice que debería evitar la autocompasión. Que si continúo con los ejercicios, en poco tiempo estaré en Londres parando taxis con la mano alzada y haciendo la peineta a mis enemigos. En estos momentos, mi mano izquierda tiene más movimiento que la derecha, que sigue adormecida y parece atravesada de agujas y alfileres, con todas las conexiones bloqueadas.Lo que me gustaría, lo que deseo, con lo que sueño, es poder sujetar con esa mano una pluma y trazar un garabato en una hoja; escribir mi nombre con tinta violeta. Esa es mi ambición”.

También pasa revista a su vida, una trayectoria que lo ha visto consolidarse como escritor amén de libros exitosos como El buda de los suburbios (1992), El álbum negro (1995) o guiones de cine, como el de la película Mi hermosa lavandería (1991). Esto no sin añoranza.

“Con Mi hermosa lavandería viajé un montón, presentando la película por todo el mundo y dando entrevistas. Estuviera donde estuviera, compraba libros publicados en los años sesenta y hasta mediados de los setenta. Eran libros sobre ‘grupos de encuentro’: taoísmo, zen, el Instituto Esalen en California, Fritz Perls, terapia Ges-talt y otras formas de autotransformación medio hippies“.

Zen en el arte del tiro con arco ejerció una influencia padre por el budismo y me serviría después de trasfondo muy especial en mí. Todo esto me venía del interés de mí para el personaje del padre en El buda de los suburbios. Al tiempo que me preparaba para escribir la novela, quería liberarme de todos mis miedos e inhibiciones adolescentes. En aquel entonces me consideraba a mí mismo alguien con los nervios a flor de piel, envarado y reprimido. Era capaz de hablar sobre un escenario, pero me resultaba muy difícil intimar con otras personas. En las zonas periféricas donde crecí, el silencio, por no decir la timidez, era una virtud".

FOTO: María Teresa Slanzi (2014) unknown

La parte de los críticos

El volumen ha sido bien recibido por la crítica. Patricio Pron, en El País, indica: “De todas las narrativas del trauma y la enfermedad, las únicas que valen la pena son aquellas que carecen de resolución, que ratifican el hecho de que, en realidad, ninguna enfermedad de relevancia queda atrás nunca. A pedazos es uno de esos libros“.

En Infobae se comenta: “La caída le quitó mucho a Kureishi. Pero les dio a él y a la literatura algo extraordinario: una nueva definición de la autobiografía, una nueva relación entre el escritor y el público, una nueva comprensión del mundo de la escritura. Las últimas palabras del libro se encuentran entre las más simples y poderosas: ‘No pienso hundirme; sacaré algo valioso de todo esto’”.

En tanto, The Guardian señaló: “Para cualquiera que haya disfrutado alguna vez de los libros de Kureishi, es imposible no leer A pedazos con un espíritu de generosidad y comunión. A pesar de toda su miseria, su calvario parece haberle abierto un nuevo camino hacia la compasión, obligándolo a observar a toda una categoría de personas —las personas con discapacidad— que antes eran prácticamente invisibles para él. Inevitablemente, A pedazos es su propio salvavidas, y un claro ejemplo de lo que queremos decir cuando describimos un libro como ‘necesario’: su valor para los lectores se conjuga con la urgencia de expresarse hacia el ser humano que se ahoga en la experiencia que intenta redimir".

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