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Karina Pacheco, escritora peruana: “Lo de Sendero Luminoso es un tema muy presente, es una herida que no se ha sanado”

La Premio Nacional de Literatura de Perú presenta su nuevo libro, Niños del pájaro azul, un conjunto de relatos que aborda las infancias violentadas por la corrupción, el narcotráfico y la sombra del conflicto armado de los 80. En charla con Culto, reflexiona sobre la hipocresía social que sacrifica a los niños, asegura que su país aún no logra sanar el trauma dejado por la guerra contra el terrorismo, y comenta lo ocurrido en los últimos tiempos en su país con la destitución de Dina Boluarte.

Karina Pacheco, escritora peruana: “Lo de Sendero Luminoso es un tema muy presente, es una herida que no se ha sanado” Foto: Adriana Peralta ADRIANAPERALTA

Como buena antropóloga, para la peruana Karina Pacheco Medrano (55) lo primero a la hora de pensar en escribir es observar. En su caso, se trata de una mirada a las infancias, los niños, que además se amplía hacia el pasado más inmediato. De algún modo, lo que le interesa es saber cómo el contexto sociopolítico termina por afectarles. “Desde hace varios años observo cómo, de tantas maneras, en nuestra época se siguen practicando sacrificios humanos: de manera explícita o soslayada. No sólo se trata de los millares de niñas, niños y adolescentes secuestrados por mafias de todo pelaje, a veces vendidos por los propios padres, que terminan perdidos en el tráfico de personas o de órganos, ni en los casos más palmarios donde gente con mucho poder o con mucho miedo (o con poder y miedo a la vez) literalmente sacrifica seres humanos para aplacar sus peores instintos -dice Pacheco a Culto-. Pensaba también en tantos niños de las periferias, cuyo destino no interesa cuando se aplican políticas que destruyen la educación pública, la salud, la misma nutrición: así se sacrifican las potencialidades y los sueños de generaciones de niños, se los destina a mantenerse como meras piezas desechables, sirviendo desde abajo al engranaje de nuestras sociedades acostumbradas a la desigualdad y la exclusión”.

Fue entonces cuando, estando dos temporadas en Ruanda, entre 2023 y 2024, se dedicó a escribir una serie de relatos en que los niños fuesen los protagonistas. Pero no unos cuentos infantiles, sino más bien, historias donde las infancias son violentadas por el Estado, la corrupción, el narco. Ahí surgió su nuevo libro, Niños del pájaro azul, que ya se encuentra en Chile vía Alfaguara.

Pacheco es una de las escritoras más relevantes del Perú, de hecho, fue galardonada con el Premio Nacional de Literatura de su país en 2022, gracias a la novela El año del viento, ambientada en los Andes peruanos durante los primeros años de actividad del grupo terrorista Sendero Luminoso, a inicios de la década de 1980. Es un tópico que la literatura peruana se ha dedicado a contar en más de una ocasión (como en La cuarta espada, de Santiago Roncagliolo; o Los rendidos, de José Carlos Agüero), y que Pacheco en parte también retoma, pues parte de los cuentos se ambienta justamente entre los 80 y 90, cuando el Perú vivía bajo el temor del “Presidente Gonzalo” y la guerra desatada desde el Estado para capturarlo. Lo que le interesó a Pacheco fue observar cómo vivieron las infancias esos tiempos terribles, y no solo bajo la violencia senderista, también la del Ejército peruano.

En la mayoría de los relatos lo que los atraviesa son las infancias violentadas -sea por el Estado, la corrupción, el narco-, ¿por qué le interesó ese enfoque?

Porque es lo más revelador de nuestra hipocresía. Los líderes políticos y religiosos, la sociedad en general, se llenan la boca hablando de cuidar la infancia, la inocencia y el futuro de los niños. Continuamente vemos innumerables grupos extremistas que impiden que en las escuelas se enseñe educación sexual, sin embargo, miran a otro lado cuando se trata de aplicar políticas que de verdad protejan la vida y la integridad de los más pequeños. Es más, la corrupción, el narcotráfico, la depredación de recursos naturales y la trata de personas está avanzando de una manera feroz en todo el continente y se camufla tantas veces bajo partidos y sectas que se autoproclaman defensores de la moralidad, la patria y el orden.

(c) Adriana Peralta ADRIANA PERALTA

¿Cómo maneja el equilibrio entre la crudeza de la realidad peruana que describe y la irrupción de lo onírico o mágico en sus cuentos?

Ojalá se tratara de una crudeza sólo existente en mi país. Creo que viene ocurriendo en gran parte de nuestro continente. Sin embargo, sucede que aun en medio de la violencia y de situaciones ominosas la gente sueña, sea de manera literal, al dormir, cuando la mente se rebela y nos lanza a otros reinos, o cuando la imaginación nos proyecta a otras realidades y esperanzas; o cuando en el día se abren momentos de belleza. Esto forma parte de la realidad y nos sostiene. Por tanto, al escribir, intento que esos hilos y colores también aparezcan en las tramas.

Ha señalado que estos cuentos fueron escritos durante su estancia en Ruanda. ¿Cómo influyó la distancia geográfica y la perspectiva desde otro país en la mirada y el tono de estas historias sobre el Perú?

Pasé dos largas temporadas en Ruanda en 2023 y 2024. Para entonces ya tenía el bosquejo de varios cuentos del libro, pero me faltaba el tiempo para darles mayor cuerpo y hondura. Allá estuve leyendo bastantes libros de historia y literatura africana, descubriendo o constatando las muchas semejanzas que guardan nuestros continentes. Supongo que todo eso me fue nutriendo reflexiones sobre lo que iba escribiendo y ello, unido a esa distancia que nos saca del país pero también de nosotros mismos, me permitió escribir dos cuentos más, o darle una vuelta de tuerca a algunos que ya tenía avanzados.

Los protagonistas son niños expuestos a la opresión, el narcotráfico, la corrupción y la violencia estatal. ¿Cree que la literatura es un espacio donde estas víctimas invisibles pueden finalmente encontrar una voz duradera y trascendente?

La literatura, desde la ficción, permite crear escenarios y personajes que tocan fibras más íntimas, primero en mí misma como escritora. Terminan siendo parte de mi universo íntimo en el proceso de creación: desayunan conmigo, van revelándose con palabras, gestos y formas más claras de manera inopinada mientras camino por la calle. Supongo que todo ello termina igualmente tocando a los lectores. Lo constato una y otra vez. Por mi formación académica soy antropóloga y he podido constatar que ningunos de los libros o artículos que he publicado con el lenguaje de las Ciencias Sociales ha tenido el impacto de mis novelas o libros de cuentos. No sólo me refiero a la cantidad de lectores, sino a las cartas, mensajes y reflexiones que muchos me hacen llegar a partir de lo que han leído.

(FILES) In this file photo taken on October 15, 1992, Shining Path leader Abimael Guzman, gestures after exhausting his last appeal after a military court did not overturn his life sentence, in Lima. - Peru's Congress approved on September 17, 2021 a bill allowing authorities to cremate the body of late guerilla leader Abimael Guzman, as debate rages over what to do with his remains. Guzman, the founder of the brutal Shining Path guerrilla group, which spread terror across Peru in the 1980s and 1990s, died on September 11, 2021 in a military prison at age 86. (Photo by HECTOR MATA / AFP) HECTOR MATA

En una entrevista, usted deseó que “la literatura fuese capaz de evitar que más niños sean sacrificados en nombre de eso que llamamos progreso”. ¿Podría profundizar en esta idea del “sacrificio en nombre del progreso” que aborda en el libro?

Seguimos cautivados por el oro. Nuestras economías se apoyan en el oro, en el gas, en el petróleo; nuestra propia idea de riqueza sigue fijada en el oro, la plata, las piedras preciosas; nuestra tecnología en el níquel, el litio, el cobalto; y resulta que en casi cada lugar donde estas materias primas se producen, el tráfico de niños, mujeres y hombres prolifera cómo una plaga. Embelesados con las nuevas tecnologías, ricos y pobres seguimos consumiendo desenfrenadamente, queriendo tener y mostrar los últimos dispositivos, muebles, ropa, como si todo eso fuera el progreso, sin mirar cuánta sangre y explotación hay detrás.

Como antropóloga, ¿cómo influye su formación en la manera de construir los personajes, los escenarios (parajes rurales, selvas) y, especialmente, en el análisis de los mecanismos de discriminación y racismo que subyacen en las tramas?

Algo elemental que aprendí con la Antropología es tomar consciencia de la carga de prejuicios y estereotipos que cargamos a lo hora de mirar al otro, como también la cantidad de creencias y hasta sentimientos que la familia, cultura y sociedad de origen nos implanta como ideas de lo bueno, lo malo, lo feo; de identidad, patria, incluso personalidad. Tomar consciencia de eso, que en teoría se puede aprender en pocas clases, en la práctica cuesta mucho más; pero, resulta un enfoque muy enriquecedor a la hora de construir personajes, diálogos y escenas literarias. Limita el riesgo de crear personajes o diálogos planos, estereotipados o inverosímiles, que simplemente funcionan como marionetas.

Hay cuentos ambientados en la era de la guerra contra Sendero Luminoso. ¿Cree que es un tema que el Perú ha podido dejar atrás o todavía resuena?

Es un tema muy presente, es una herida que no se ha sanado. Ni desde el Estado ni desde la sociedad civil se ha trabajado suficientemente para abordar las causas y consecuencias de aquella catástrofe. Fueron casi 70.000 muertos. La sociedad quedó traumatizada, especialmente en las regiones más golpeadas. Aun así, hay sectores de la sociedad más pudiente en términos económicos y políticos que quieren que pasemos página, pero por otro lado se la pasan acusando de “terrucos” o “proterrucos” a todos aquellos que hoy salen a protestar a las calles por múltiples motivos, como también a los organismos de derechos humanos o a quienes intentan hacer reflexiones (no sólo literatura) sobre las causas de aquella violencia atroz.

Al escribir sobre temas de violencia, trauma y abuso infantil con tanta crudeza, ¿cómo maneja usted, como autora, el costo emocional o psicológico de sumergirse en estas realidades durante el proceso de escritura?

En primer lugar, trato de abordar la escritura con el mayor respeto y delicadeza. Investigar y escribir sobre temas muy crudos puede ser una tarea perturbadora. Cuando me estoy sintiendo afectada, me recuerdo que el mundo no necesita más muertos prematuros ni sufrientes, que deprimirme estará bien por un rato, pero que mantener el compromiso con la vida no se limita a denunciar injusticias; se trata de mucho más: de mantener un compromiso con la propia salud y la alegría. También salgo a caminar al campo, a observar la belleza, a tocar el suelo o las piedras con las manos como quien pisa un cable a tierra para descargar la pena. Pienso, por ejemplo, qué me dirían los niños alados de estos cuentos y estoy segura de que me mirarían desafiantes para, como ellos, enarbolar un arco imaginario y lanzar con gracia mis flechas.

(c) Musuk Nolte

En otro ámbito, ¿cómo ha visto usted al Perú en el último tiempo?, ¿qué piensa sobre la destitución de Dina Boluarte?

El Perú está sufriendo una dictadura congresal desembozada. Dina Boluarte era su títere. Debió haber caído hace mucho, pero estaba tan desgastada ante la opinión pública, que podía arrastrar a todos los partidos que la sostuvieron al foso en las elecciones que tendremos dentro de cuatro meses. Merecía caer, pero digamos que se ha cambiado un títere por otro.

¿Cómo ve el futuro del país?, ¿es optimista o pesimista?

La política en el Perú juega cada vez más sucio y es difícil divisar salidas prontas en ese panorama. Hay gente que se está jugando muchísimo dinero a costa de mantener secuestrado al Estado para proseguir con negocios muy rentables, sea asaltando las arcas del Estado, pagando impuestos mínimos o cometiendo ilegalidades de todo tipo. Están detrás de muchos partidos y buscarán impedir que cualquier organización política limpia e independiente intervenga en las lecciones. De otro lado, mucha gente capaz y honesta no quiere participar en el juego electoral para no embarrarse o terminar difamada por los muchos medios y redes que los corruptos controlan. Pese a esto, en el Perú hemos podido salir de escenarios iguales o peores. Tantas veces, la fuerza para salir de esas situaciones extremas va creciendo de manera soterrada. Creo que esa fuerza se está expresando especialmente en muchos núcleos de jóvenes que están apostando por nuevas dinámicas de organización para el cambio.

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