Josep Borrell: “El objetivo de Trump no es ayudar a instaurar la democracia en Venezuela, sino el acceso a sus recursos minerales”
Para el ex alto representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, lo sucedido con Maduro demuestra que “EE.UU. pretende convertirse en el gendarme del mundo”. “Hoy los que escriben la historia se llaman Putin, Xi y Trump”, sostiene.
A fines de noviembre de 2024, en su despedida como alto representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad después de los cinco años de mandato establecidos, Josep Borrell recordó lo que dijo a su llegada al cargo en 2019. “Europa está en peligro y ha de aprender a hablar el lenguaje del poder”, advirtió entonces. Hoy sus palabras resuenan más que nunca después del reciente ataque de Estados Unidos a Venezuela, que terminó con la captura de Nicolás Maduro y su envío a Nueva York para enfrentar a la justicia bajo cargos de narcoterrorismo.
Tras el operativo ordenado por Donald Trump, Borrell no se ha guardado sus críticas al inquilino de la Casa Blanca. En entrevistas con medios españoles, el exjefe de la diplomacia europea ha dicho que “Trump quiere un gobierno títere en Venezuela, como Putin en Ucrania”, que “es un error reírle las gracias a Trump como hace Bruselas; él solo entiende la fuerza”, al tiempo que apunta la “lección” que tiene que aprender Europa sobre el ataque de Estados Unidos a Venezuela: “No cuentan con nosotros”.
Invitado por la Facultad de Gobierno de la Universidad de Chile y acompañado por el agregado de Cooperación de la embajada de Chile en España, Borrell se encuentra de visita en nuestro país. Esta semana el también exministro de Estado en España y exdiputado del Parlamento Europeo dictó la conferencia los “Desafíos de la política mundial” en dicha facultad, mientras que en la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos (Anepe) ofreció la clase magistral “Relaciones Internacionales y Seguridad ante el Cambio Geopolítico”. Finalmente, inaugurará el encuentro “Desafíos de Gobernabilidad y Descentralización 2026–2030”, organizado por la Universidad Austral de Chile y la Asociación Nacional de Consejeros y Consejeras Regionales de Chile, que se llevará a cabo en Valdivia los días 22, 23 y 24 de enero.
En medio de esta nutrida agenda, Borrell conversó con La Tercera sobre las repercusiones del ataque de Estados Unidos a Venezuela, el precedente que sienta la captura de Maduro y el impacto que las acciones de Trump tienen en la reconfiguración del mapa geopolítico, donde el sitial de Europa aparece hoy más desafiado que nunca.
Con su experiencia como exjefe de la diplomacia de Europa, ¿alguna vez estuvo en sus cálculos que pasara lo que presenciamos la madrugada del sábado, una operación militar de Estados Unidos contra Venezuela?
Lo que nunca pensé es que tuviéramos en Estados Unidos un presidente que tuviera con Vladimir Putin una relación tan positiva que culpara a Ucrania de la guerra y que usa la fuerza militar de Estados Unidos contra el derecho internacional de una forma tan brutal como lo está haciendo. No es que Estados Unidos no haya violado antes el derecho internacional, obviamente, pero ahora es una manera tan cínica y tan brutal de hacerlo que creo que pone en peligro desde el funcionamiento de la democracia liberal en Estados Unidos a la estabilidad mundial.
Esta ofensiva se produjo pocas semanas después de que Estados Unidos actualizara su estrategia de seguridad nacional, y ya se habla del corolario Trump de la doctrina Monroe. ¿Cree que se está abriendo una nueva etapa en la relación de Washington con el mundo y específicamente con América Latina?
Esa estrategia de seguridad nacional fue leída con mucha sorpresa en Europa por la forma en la que calificaba a Europa. Y en lo que respecta a América Latina, está haciendo lo que dijo que iba a hacer en esta estrategia. América para mí, el hemisferio occidental para mí, para Estados Unidos, sacando del congelador a la doctrina Monroe que ahora se llama doctrina Donroe, para fomentar más el narcisismo patológico del personaje. Es realmente un escenario radicalmente nuevo de las relaciones en el hemisferio occidental. Y lo malo es que eso ha provocado ya una división muy grande entre los países latinoamericanos, porque en la última reunión de la Celac, tengo entendido que 10 de ellos se opusieron a condenar la intervención de Estados Unidos en Venezuela.
Tras el ataque a Venezuela, Trump ha formulado amenazas a Colombia, México y Cuba. ¿Cuánto riesgo existe de que el presidente estadounidense pase de la retórica a la acción?
Visto lo que hemos visto, el riesgo es altísimo.
En el caso de Cuba, Trump ha dicho que el régimen “está a punto de caer”, tras asegurar que “todos sus ingresos venían de Venezuela, del petróleo venezolano”. ¿Considera que la caída de Maduro puede significar la lápida para el régimen de La Habana?
El régimen de los Castro ya ha llevado a Cuba a una situación imposible, a la que ha contribuido, sin duda, también el bloqueo americano. Sí, es posible que su intención sea llevar a la asfixia económica hasta el final, como también es posible que invada Groenlandia.
De ascendencia cubana y marcadamente anticastrista, el secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, ha dejado entrever que Cuba podría ser el próximo objetivo de presión de Washington. ¿Cómo lo ve usted?
No estoy en los secretos de la Casa Blanca, pero todos hemos escuchado a Marco Rubio antes y después de ser secretario de Estado. En la última entrevista que le escuché, donde trataba de justificar el que Estados Unidos tomara el control de la gestión de Venezuela, devela una persona que cree que Estados Unidos puede hacer impunemente lo que quiere.
Sin mencionar a Estados Unidos, los gobiernos de España, Brasil, Chile, Colombia, México y Uruguay rechazaron “las acciones ejecutadas unilateralmente” en Venezuela. ¿Cuánto puede pesar esa declaración para impedir otro tipo de ofensiva como la que realizó Trump?
Bueno, esa declaración tiene la virtud de existir políticamente y marcar la existencia de un grupo de países, entre los que está España, que representan hoy una posición progresista en el mundo europeo y latinoamericano. España es el único país que ha condenado la intervención norteamericana. Los demás y Bruselas se han limitado a decir tímidamente que había que cumplir con el derecho internacional. De la misma manera que dicen también, retóricamente, que Israel tiene que cumplir con el derecho humanitario sin nunca preguntarse si realmente lo hace o no.
¿Y qué explica esa reacción “tímida” de Europa, como usted la llama, ante la acción Trump en Venezuela?
Porque Europa tiene miedo de que Trump la abandone. En muchos países europeos su gran temor es que Trump decida desentenderse de su suerte frente a la amenaza rusa. Y por eso tratan de contentarlo, adularlo, se tragan todas sus invectivas, sus amenazas, llegan a acuerdos humillantes como el que se logró en su campo de golf en materia de comercio o el aceptar gastar el 5% en defensa. En España decimos “hacerle la pelota”, porque de alguna manera quieren evitar la confrontación y piensan que el apaciguamiento es la mejor táctica frente a un personaje de esas características. Yo creo que se equivocan. Personajes así solo respetan a la fuerza del otro, el límite de su fuerza es la fuerza de aquel contra el que la ejercen. Solo respeta a los fuertes. De hecho, solo China ha conseguido que eche marcha atrás en su política de aranceles, simplemente porque le ha plantado cara. Le ha dicho: tú me pones aranceles, yo te pondré más.
Y en ese sentido, ¿usted cree que Europa no tiene alternativa? ¿O hay voces que pugnan por efectivamente ejercer un rol más activo contra Trump?
Hay voces dentro de Europa que creen que Europa no puede construir una alternativa, o al menos no en el corto plazo. Y otros que consideran que es absolutamente necesario intentarlo, al menos intentarlo, que no se puede vivir bajo el paraguas protector americano como hemos vivido hasta ahora, cuando el paraguas lo sostiene una persona que está dispuesta a cerrarlo sin previo aviso. Hoy Europa es un protectorado militar de Estados Unidos. Y hay vasallos felices, hay gente que se acomoda bien a un estatus de vasallo, porque piensa que no tiene fuerza ni capacidad para tener otro. Y en Europa hay gente que piensa lo contrario, que Europa tiene que construir sus propias capacidades de defensa, pero eso no se hace de la noche a la mañana, eso será la tarea de una generación.
A raíz de lo sucedido en Venezuela, han resurgido las voces que postulan que podría haber un pacto tácito entre EE.UU., Rusia y China para dividirse el mundo en “esferas de influencia”. ¿Cómo lo ve usted?
Eso es especular con un lápiz en la mano para dibujar sobre el globo terráqueo tres grandes áreas, atribuyendo cada una a los tres personajes que hoy están escribiendo la historia del mundo, porque la verdad es que la historia hoy ya no la escribimos los europeos. Nosotros escribimos la historia del mundo durante 500 años, con la quilla de nuestros barcos, la espada de nuestros colonizadores. Nosotros fuimos, con nuestra superioridad tecnológica, de alguna manera los grandes artífices de la historia. Y nos cuesta reconocer que ya no lo somos. Pero hoy los que escriben la historia se llaman Putin, Xi Jinping y Donald Trump. Y ninguno de ellos es europeo y ninguno de ellos nos quiere demasiado. Algunos no nos quieren nada, otros no nos aprecian.
Y a los europeos nos cuesta aceptar este escenario de la configuración de un nuevo Yalta, de un nuevo reparto del mundo entre las potencias dominantes. Pero la única manera de oponerse a eso es tener más capacidad de, lo que dije en un día, utilizar el lenguaje del poder, que es lo que hace Trump, de manera descarada y, como decía al principio, brutal, porque cualquier otro presidente americano hubiera podido hacer lo mismo. Que Irán desarrolle armas nucleares, lo bombardeo. Que no me gusta Maduro, a mí tampoco por cierto, y si quiero hacerme con los recursos naturales de Venezuela lo bombardeo. Que en Nigeria me han contado que hay unos grupos que matan a muchos cristianos, los bombardeo. Es lo que hay y no sirve de nada adoptar una actitud de negación de la realidad. Si mañana Trump decidiera que sus marines levantan la bandera americana en Groenlandia, ¿qué podría hacer Europa? Nada.
Trump ha dicho que su “propia moralidad” es el único freno a su autoridad como comandante en jefe, minimizando el papel del derecho internacional a la hora de ordenar ataques contra otros países. ¿No hay muchas opciones en ese sentido?
Yo creo que hemos sobrevalorado el concepto de derecho internacional. Yo me he pasado cinco años de mi vida como esa especie de ministro de Asuntos Exteriores y de Seguridad de Europa, repitiendo que nosotros defendemos el orden internacional multilateral basado en reglas, un concepto muy manido, como si tal cosa existiera. Sí, existe en la Carta de las Naciones Unidas, pero en la práctica no es respetada y las normas que no se respetan acaban por perder toda clase de validez. Me pregunto si eso que llamamos orden internacional basado en reglas no solo todavía existe, sino si alguna vez existió. Digamos que a los europeos nos gustaría que tal orden existiera. Y cuando uno más débil es, más te gustaría que existiera un orden, porque la alternativa a un orden es la ley del más fuerte. Y si tú no eres el más fuerte, entonces naturalmente esgrimes la norma que te protege. Pero a veces lo pienso con una cierta amargura. Las apelaciones al orden internacional, vista la poca capacidad que tiene la comunidad internacional para exigir el cumplimiento de un orden y de sancionar a quien lo incumpla, a veces incluso ni siquiera de mencionar a quien lo incumple, demuestra que está todo por reconstruir.
Yo dije hace un par de años que el mundo se dirigía hacia una selva, una jungla, y en la jungla impera la ley del más fuerte. Fui muy criticado, pero los hechos no hacen sino obligarme a constatar que avanzamos cada vez más hacia una situación donde lo único que cuenta es la fuerza. Y eso es precisamente la ausencia de un orden. Y definir un nuevo orden, si es que el mundo es capaz de hacerlo, requerirá no solamente definir las normas, sino quién las hace cumplir.
Estados Unidos pretende convertirse en el gendarme del mundo y que su jurisdicción se extienda a los demás. A nadie se le ocurriría en Europa pretender que las decisiones de nuestro sistema judicial sean de obligado cumplimiento por los demás países. Pero eso es lo que pretende Estados Unidos.
¿Usted es de los que piensan que la justificación final de esto tiene que ver con un tema económico, de uso de los recursos de Venezuela?
Es lo que él dice, es lo que proclama abiertamente. Proclama abiertamente que esos recursos tienen que ser utilizados en beneficio de Estados Unidos, no solo el petróleo, sino los minerales críticos. Y que Estados Unidos se arroga la capacidad de dirigir el funcionamiento político de Venezuela, y que si los líderes que allí están todavía no hacen lo que dice, se van a enterar. Pero claro que está relacionado.
Desde luego con lo que no está relacionado es con la vuelta de Venezuela a la democracia, que es lo que uno podría pensar. No, eso no, porque ya ha dicho lo que ha dicho de doña Corina Machado. Su desprecio hacia la oposición democrática venezolana demuestra que su objetivo no es ayudar a instaurar la democracia en Venezuela, sino el acceso a sus recursos minerales y la instauración de una especie de protectorado. Pero es que lo dice él. Lo dice con un descaro realmente apabullante. No se molesta ni en guardar la forma.
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