Histórico

Minorías en el cine: El cripface

Hace algunas semanas se estrenó en Chile -como en el resto del mundo- Yo antes de ti, un drama romántico basado en un best seller que aporta una vuelta de tuerca al viejo tema del chico conoce una chica. Y esa vuelta de tuerca la ha convertido en el blanco de un grupo muy específico de personas que luchan por respeto y visibilidad.

El afiche se parece a otras decenas de afiches de filmes románticos. Una joven y hermosa actriz (Emilia Clarke, famosa por la serie Juego de tronos) mira con amor a un joven y guapo actor (Sam Claflin, famoso por la saga Los juegos del hambre) bajo una luz que sólo puede calificarse de celestial. El único detalle es que ella lo mira desde arriba, ya que el actor está sentado. Una sutileza nada de menor, ya que Yo antes de ti es la historia de Lou (Clarke), una chica que toma un trabajo como cuidadora de Will (Claflin), un muchacho cuya vida ha colapsado luego de un accidente que lo deja en silla de ruedas.

Actores jóvenes y famosos, producción cuidada, un final lacrimógeno y una historia basada en un best seller de Joyo Moyes. La fórmula era ganadora, pero los productores no contaron con una publicidad inesperada: la molestia que el filme despertó en la comunidad de actores que lidian día a día con alguna clase de discapacidad.

La molestia tiene dos vertientes. La primera es el mensaje del filme respecto a la discapacidad como una tragedia irrecuperable en vez de un hecho de la vida que sin duda puede ser dramático, pero que está lejos de arruinar el ánimo de millones de personas que conviven con ella en todo el mundo. Ese aspecto, desde luego, es debatible: una película no tiene por qué ceñirse a los parámetros de correcto/incorrecto cuando su objetivo último es ante todo cautivar el interés o la emoción de los espectadores.

La segunda vertiente es más peliaguda y es parte de una discusión que está recién comenzando a aflorar en Hollywood y en el resto del mundo: ¿por qué, en pleno 2016, cada vez que se escribe de un personaje discapacitado, el rol va a parar a un actor no-discapacitado?

Jon Voight, en Regreso sin gloria. Daniel Day-Lewis, en Mi pie izquierdo. Jude Law, en Gattaca. Francois Cluzet, en Amigos. Patrick Stewart, en la saga de los X-Men. Sam Worthington, en Avatar. Eddie Redmayne, en La teoría del todo. Javier Bardem, en Mar adentro. La lista sigue y sigue. En muchos de estos casos, el actor elegido incluso gana premios y reconocimientos por su oficio (encomiable) para simular una discapacidad. Tanto así que en Hollywood ha llegado a ser una mala broma decir que una fórmula infalible de asegurarse una nominación al Oscar es interpretar a alguien que apenas pueda mover la cabeza.

A esta tradición muchos activistas le han comenzado a llamar cripface, un concepto feroz que podría traducirse como "cara de lisiado". Es una alusión directa al viejo y hoy en día vilipendiado "blackface", la costumbre del cine de principios de siglo de usar actores blancos con la cara pintada para representar a personajes negros. Hoy esa costumbre está completamente extinta y su sola mención (como entendió Spike Lee en su filme Bamboozled) despierta los peores recuerdos en un Hollywood que se dice posrracial.

Este aspecto del debate es complejo. La idea de un actor blanco usando maquillaje para fingir ser de otra raza le pareció natural a la sociedad hasta que se transparentó el racismo implícito en esa actitud. Los activistas que promueven la visibilidad de los actores discapacitados alegan que un proceso similar está pendiente con respecto a su grupo. Ahora, alguien podría rebatir con este argumento: se supone que actuar es convertirse en otra persona. Pretender ser un rey del siglo XV o un asesino en serie o una princesa de Marte. Si llevamos esta nueva lógica al extremo, sólo un australiano podría interpretar a un australiano y sólo una actriz ciega podría interpretar a una mujer ciega.

(De hecho, en 1994 Al Pacino ganó un Oscar por encarnar a un militar ciego en Perfume de mujer).

El problema de este contraargumento es que no considera que una de las principales luchas de las personas discapacitadas ha sido que se les vea como miembros activos y vitales de la sociedad. Y eso incluye que se les considere a la hora de buscar actores para interpretar sus propios problemas y batallas en una película.

Alguien también podría decir: a Patrick Stewart no sólo lo eligieron para ser el profesor Xavier en X-Men por su cara bonita, lo escogieron por su talento dramático para transmitir el drama interno de su personaje. Los productores del filme miraron alrededor y contrataron al mejor actor para el trabajo.

Pero ¿era de verdad el mejor actor para el trabajo si en la lista ni siquiera se consideró darle el rol a un intérprete que de verdad estuviera confinado a una silla de ruedas? Alguien que de seguro no tendría la fama de Patrick Stewart, pero que sí podría darle al rol una verdad inherente dada su condición.

Hay excepciones. Tom Cruise, en Nacido el cuatro de julio, y Hilary Swank, en Million dollar baby, debían encarnar a personajes antes y después de los eventos que les quitaban distintos grados de movilidad y autonomía. El drama de sus historias pasaba por la manera en que lidiaban con esos eventos.

Pero en la enorme mayoría de los casos –dentro y fuera de Hollywood- los papeles de discapacitados van a parar a manos de actores no discapacitados en base a una lógica que se muerde la cola: la mayoría de las estrellas no están discapacitadas y son las estrellas las que consiguen que una película se financie y triunfe en taquilla. Si hubiera suficientes estrellas discapacitadas –dice esta lógica- el problema no existiría. Desde luego, para que aparezcan estrellas primero alguien les tiene que dar una oportunidad en pantalla. Lo que es tan raro que para mencionar un intérprete con discapacidad que haya ganado un Oscar hay que remitirse a la actriz sorda Marlee Matlin, que ganó como Mejor Actriz por Te amaré en silencio hace treinta años. Dicho sea de paso, la segunda vez en la historia del Oscar en que el premio a Mejor Actriz le llegó a alguien interpretando a una mujer sorda fue en 1993: Holly Hunter, por La lección de piano.

Por supuesto, en ambos casos la sordera del personaje era esencial en el argumento. Era el corazón de su drama, la tragedia que le hacía susceptible de protagonizar el filme. Que un personaje femenino sea sordo (o ciego o esté en silla de ruedas) y ese factor sea simplemente un dato secundario es una idea alienígena en la industria no sólo de Hollywood sino del mundo entero incluyendo Chile.

Sin embargo, hay señales de avance, incluso en Chile. El 2014 TVN emitió No abras la puerta, una teleserie nocturna que entre sus secundarios contaba al joven Felipe Orellana, un actor discapacitado que interpretaba a un personaje en silla de ruedas. Y el rol no se escribía desde la lástima, sino desde la fuerza de voluntad del personaje, quien entablaba una relación con una de las heroínas de la trama (Elisa Zulueta) a pesar de las reticencias iniciales. Y, por supuesto, está Bala loca, la serie de CHV, cuyo protagonista central es Mauro (Alejandro Goic), un periodista a quien el accidente que lo deja inválido le hace cuestionarse no sólo su vida personal sino la ruta que ha seguido en su carrera profesional. Ninguno de los dos personajes son "víctimas" en el sentido en que lo habría entendido algún telefilme dramático de la vieja escuela. Al revés, ambos dan pasos efectivos para tomar el control de sus vidas, lo que los convierte –sin predicar- en roles para un grupo de espectadores que suele no tener ninguna imagen donde reflejarse en pantalla. Como dijera RJ Mitte (Walter Jr., el hijo con parálisis cerebral de Walter White en la serie Breaking Bad): "Cuando era niño, nunca veía a alguien como yo en televisión". El mismo Mitte –que tiene una versión más acotada del problema que aquejaba a Walter Jr.- hizo también uno de los mejores elogios que se hayan hecho a la celebrada serie sobre traficantes y drogas, cuando indicó que la condición de su personaje nunca era el centro dramático de sus escenas. Era un dato, como la calvicie de Bryan Cranston o la barba de Aaron Paul. Es un buen camino a seguir y es un camino que la industria recién está empezando a ver.

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