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El Titanic podría no hundirse

El Titanic era el barco emblemático de la compañía británica White Star Line. Inesperadamente para quienes se embarcaron llenos de ilusiones en el puerto de Southampton, la nave se hundió en el Atlántico frente a la costa de Terranova el 15 de abril de 1912, sin alcanzar su destino final. Junto con él se perdieron las vidas de 1.500 personas y quedaron atrás los proyectos y sueños de miles de familias.

En este desastre no hubo diferencias ni consideración a clases sociales, profesiones o situación económica para definir el destino de sus pasajeros: todos fueron víctimas de la tragedia. Por ello, la historia del hundimiento del Titanic no es solo un acontecimiento histórico, sino también una historia humana sobre la que se ha hablado, escrito, recreado e investigado mucho.

El naufragio puede explicarse por la sobreestimación de las reales capacidades de este barco, el cual prometía ser el más veloz, moderno, monumental, y lujoso de sus tiempos. El desastre, que acabó con los sueños de miles de personas, tiene un cierto paralelismo con la realidad que vivimos en Chile hoy.

Desde que asumió el actual Gobierno embarcó en su plan de reformas no solo al 62% de sus votantes, sino también a quienes optaron por no comprar un boleto en esa aventura. Su “capitán”, la Presidenta Michelle Bachelet, decidió que en esta ruta -según lo que ella misma ha señalado ser “su último viaje”, al igual que para el Titanic- había que acelerar a fondo y a todo vapor. Había que batir récords que la mayoría de los pasajeros realmente no habían evaluado en cuanto a sus efectos.

Tal como pasó con el Titanic y su líder, el capitán E.J. Smith, un marino de vasta experiencia y para quien este también era su último viaje antes de jubilarse, las consecuencias de esta aventura fueron desafortunadas.

De acuerdo con los testimonios, si bien E.J. Smith se preocupó de los más mínimos detalles para que el viaje se llevara a cabo sin contratiempos, intentó superar el récord de tiempo mínimo que en esa época demoraba cruzar el Atlántico. Su ímpetu tuvo su precio. El 14 de abril a las 23.40 horas, a una velocidad de 22,5 nudos, el Titanic chocó contra un iceberg. Al igual que lo que hoy ocurre en Chile con el acelerado y ambicioso programa de reformas, el riesgo de hacer las cosas demasiado rápido es precisamente ese: estrellarse contra lo que no se alcanzó a prever.

Solo media hora después del impacto, el navío emitía su primera llamada de auxilio, mientras la inundación en la sala de máquinas casi llegaba a las calderas. Los barcos que recibían el socorro se encontraban muy lejos. Esa misma llamada se escucha hoy con fuerza desde muchos sectores, incluso ex autoridades del mundo de la Concertación y de amplios espectros de la población han hecho sonar muy fuerte sus sirenas.

Quizá en este caso aún estamos a tiempo para evitar un gran daño al país y a millones de chilenos que aspiran que el barco no se estrelle con un iceberg, y que se pueda llegar a puerto con todos los tripulantes a salvo para terminar el viaje en el que todos hemos puestos nuestras esperanzas.

Se dice que la banda de músicos del Titanic no dejó de tocar hasta que el barco se hundió bajo las gélidas aguas del Atlántico. Hoy ocurre lo mismo, la orquesta sigue tocando pero desafina, y ya la audiencia no lo resiste. La ansiedad en la presentación de las reformas, la incertidumbre con respecto a su aplicación e implementación, así como la crisis institucional y política, tienen inquietos a los chilenos. Somos millones los que queremos un viaje seguro y tranquilo pero esperanzador. No queremos repetir una historia donde solo queden unos pocos defendiendo un barco que se hunde. Queremos que nuestro barco logre enmendar la ruta para que esta sea la que reúna a todos sus pasajeros detrás de un proyecto común.

Aspiramos a un Chile moderno, que dé cuenta de los cambios que requiere nuestra sociedad, que busque igualar las oportunidades de desarrollo, empleo y educación, pero que además restaure las confianzas perdidas.

Todavía es posible una vuelta de timón. Pero en ese nuevo rumbo no solo debemos “esperar que las instituciones funcionen” o que las autoridades y parlamentarios reconstruyan la confianza. Esta es una tarea de todos, y en ella los empresarios también tenemos mucho que aportar. En este Chile donde queremos embarcarnos no tienen cabida la avaricia o el abuso, sino que debemos pensar en desarrollar negocios legítimos y sustentables en el tiempo, para que podamos realmente aportar a la sociedad.

Pero no solo eso. También debemos ser capaces de tender puentes y ser más activos en el espacio público, para ayudar a que los cambios que el país requiera sean resueltos con diálogo y equilibrio. Esto, para que nuestra sociedad pueda prosperar, evitando un desenlace que nuestra “capitán” podría enmendar ahora, y que tanto su tripulación como los 17 millones de pasajeros agradeceríamos.

*El autor es empresario e ingeniero comercial Universidad Católica (@carreragonzalo).

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