De santa a ícono queer: cómo se transformó la figura de Gabriela Mistral a través de las décadas
A ocho décadas del Premio Nobel, la figura de Gabriela Mistral sigue reconfigurándose. De campesina “pagana” a santa republicana; de símbolo maternal impuesto por la dictadura a emblema feminista y queer, su imagen ha sido apropiada, manipulada y revisada por distintas generaciones. Hoy, con nuevos archivos y lecturas críticas, la poeta vuelve a ocupar el centro del debate cultural chileno.
Hace cerca de 80 años, el 10 de diciembre de 1945, Gabriela Mistral recibía de manos del Rey Gustavo V de Suecia el Premio Nobel de Literatura. Ese hito la convirtió en la primera persona latinoamericana galardonada y, hasta la fecha, en la única mujer hispanohablante en ser condecorada con el mayor reconocimiento de las letras globales.
Las celebraciones en torno a este hito visten los edificios con su rostro y colman las carteleras de los centros culturales a lo largo de Chile. Diversas interpretaciones de su figura avivan su memoria, al igual que iniciativas recientes, como el monumento en el eje Alameda Providencia, que está en proceso.
A más de 100 años de su nacimiento, su nombre hoy adopta múltiples formas y es abrazado por diversos grupos y colectivos. Su figura se ha vuelto tan cercana como omnipresente: la niña del Valle del Elqui, la poeta, la maestra rural, la diplomática, la pensadora de América, la queer.
“Gabriela Mistral es de todos”, dice a Culto Claudia Reyes, editora de Letrarte y divulgadora de la obra mistraliana.
Pero antes de ser de todos, hubo quienes intentaron hacer suya su figura. “Mistral ha sufrido lo que se llama apropiación de su imagen”, explica Reyes. La escritora no siempre fue vista como parte del imaginario que hoy la rodea: la mujer rebelde, ícono feminista y LGBTQ+ de la actualidad. Más allá de su genuina identidad, su imagen fue moldeada a los tiempos.
Campesina y santa Mistral
En sus primeros años como escritora, Gabriela Mistral era percibida como una joven campesina cuyas ideas eran paganas o socialistas. “Habla como mujer campesina, de provincia, desposeída- no es dueña de tierra ni heredera de nada-. Ella se tiene que armar un nombre. Al principio su escritura es considerada oscura y lúgubre. Efectivamente, ella es seguidora de una corriente del modernismo”, explica la investigadora Soledad Falabella (¿Qué será de Chile en el Cielo? Poema de Chile de Gabriela Mistral), sobre los primeros imaginarios que envolvieron a la poeta.
Cuando Gabriela Mistral ganó el Nobel, “no solo era la escritora más importante de Chile, sino también probablemente la figura chilena más conocida e importante del mundo”, dice desde Francia Diego del Pozo, agregado cultural de Chile en el país europeo y autor de múltiples libros sobre la poeta, como Recados Completos (La Pollera).
Hasta la década de los 60, Mistral era la gran poeta de América. No obstante, para el investigador, su imagen se vio eclipsada por Pablo Neruda, cercano a Salvador Allende, también ganador del Nobel en 1971.
Para Falabella durante la década de los 70, el público la reconoce como mujer sacerdotisa, gracias a su sensibilidad en torno a la dignidad y la educación, imaginario que se traduce, por ejemplo, en el mural del Cerro Santa Lucía Homenaje de la ciudad de Santiago a Gabriela Mistral de Fernando Daza Osorio, en 1970.
Tras el Golpe de Estado de 1973, se produce el primer quiebre en la percepción de su figura. Después de bombardear La Moneda, la Junta Militar de Gobierno encabezada por Augusto Pinochet, se instala en el exedificio de la Unctad III, el Centro Cultural Gabriela Mistral, y le cambia el nombre al recinto por Diego Portales. “Como el nombre Gabriela Mistral les queda libre, una de las primeras empresas que es tomada por la dictadura es la Editora Nacional Quimantú, y se nombra entonces Editora Nacional Gabriela Mistral”, explica Del Pozo.
La apropiación del nombre de la poeta -fallecida en 1957- incomodó transversalmente, incluyendo a Doris Dana, última compañera sentimental de Mistral y su albacea, quien retuvo su legado por esos años.
“La Junta Militar tenía la necesidad de enfrentarse culturalmente a Neruda, y les pareció propicio hacerlo con Gabriela Mistral”, añade el investigador. Así, la dictadura aisló partes importantes del pensamiento mistraliano, como la paz, los derechos humanos, el campesinado y las infancias. “Toman los aspectos de Mistral que no les son incómodos”, dice Del Pozo.
“Empiezan a promover una imagen totalmente perversa, podríamos decir, porque está torcida, no es la imagen que se desprende de la lectura de la obra completa de Mistral, sino que seleccionan con pinzas aquellas obras que le sirven a la dictadura militar”, profundiza Falabella.
Se dejó de lado “su mirada poética y social”, agrega el poeta Jaime Quezada, destacado mistraliano. “En esa época, en general, la literatura chilena estaba en el ostracismo, estaba en lo oculto, no se tocaba mayormente, y si se tocaba, en el caso específico de Gabriela Mistral, era para dar una imagen muy frágil y maternal”, profundiza.
Elizabeth Horan, biógrafa de la poeta, explora en Mistral, una vida (2021) los cambios en las percepciones hacia la poeta. “Durante muchos años y, hasta cierto punto hoy día, su biografía es la de una santa, de alguien que desde muy joven se le quita la sexualidad y la muestra como perseguida. Eso es muy importante para elevarla en un símbolo nacional”, explica a Culto.
El estatus de símbolo nacional se consolidó de dos formas. Primero, con la firma del Decreto Ley 2560, en 1979, en que se autorizó la reproducción de la obra literaria de Mistral en Chile -derecho que pertenecía a Doris Dana-, bajo la idea de que los ingresos fueran entregados a los niños de Montegrande, vía la Orden Franciscana de Chile.
Segundo, el primer billete de cinco mil pesos, con el rostro de la poeta, en 1981. Horan describe que la imagen elegida, una Mistral mayor y mirando hacia la izquierda, sigue el patrón de la representación de las reinas fallecidas en monedas europeas. De esa forma, su figura es elevada a la par que la de una difunta monarca. Según el Banco Central, la poeta mira hacia una alegoría a la maternidad del grabador sueco Erik Lindberg.
La rebelión de Mistral
Las lecturas en torno a Mistral se centraban en sus poemas infantiles y en su perfil de maestra, expone Jaime Quezada.
Sin embargo, con el centenario de Mistral llegaron las ansias por leerla más allá de las rondas. El 17 de agosto de 1987, se llevó a cabo el Primer Congreso de Literatura Femenina Latinoamericano organizado en Santiago de Chile, en la Casa de la Mujer La Morada. La intención era leer la obra de mujeres y disidencias, pero el centenario impulsó una lectura acabada de la poeta.
“Gabriela Mistral era representada con un estereotipo femenino de mujer buena, de mujer adecuada. Su figuración pública era muy limitada, muy restringida a la maestra, a una mujer sin hijos, adusta, severa, poco atractiva, que sólo había escrito poesías de niños, mujer sufrida a la que se le había suicidado el novio”, explica la escritora Raquel Olea, una de las expositoras de ese congreso.
Para la autora, fue clave el trabajo de Patricio Marchant (Desolación. Cuestión del nombre de Salvador Allende) para pensar a otra Mistral. Además, esa fue la primera instancia en que se nombró públicamente a la poeta como lesbiana. “Lo dijo el profesor Fernando Alegría, que era un profesor muy connotado que vivía en Estados Unidos, en la Universidad de Stanford, y lo dijo porque él la conocía”, recuerda.
“Las autoras feministas reconocieron en Mistral esta mujer rebelde, revolucionaria”, sentencia Falabella. “Se la descubre como esta mujer que ama a hombres, a mujeres, a la tierra, a los animales, ella amplifica su deseo y aparece como una sujeto activa en su construcción de vida, empoderada”, profundiza.
Con el retorno de la democracia, “se genera una tensión entre la figura de Mistral propiciada por la dictadura, y también lo que hicieron los estudios académicos como contraculturales. Se empezó a revelar una Mistral con una sexualidad desarrollada y lésbica, en algunos de los estudios”, añade Del Pozo.
Sin dudas, el quiebre se consolidó con el traspaso del archivo personal de Gabriela Mistral al Estado chileno, por parte de Doris Atkinson, heredera de Doris Dana. El genio salió de la lámpara con la revelación de sus cartas amorosas.
“Comenzaron a verla como una persona mortal, no inmortal como la santa. Creo que eso molesta a algunos, es más cómodo verla como la santa que como una figura política y quejumbrosa", dice Horan.
Pedro Pablo Zegers, que medió ese traspaso hacia la Biblioteca Nacional, dice que ese fue el momento de la masiva divulgación de los escritos de Mistral.
“Nuevas editoriales comienzan a publicarla y a descubrir nuevas miradas; yo mismo, cuando publico mi libro de escritos políticos”, indica Jaime Quezada. Similar lo recuerda Diego del Pozo, quien afirma que desde 2010, tras la revelación del material inédito, aumentó la publicación de títulos de y sobre Mistral, a la par que la sociedad chilena estaba “más abierta a leer y a entender a Mistral”.
Mistral, más allá de etiquetas
Los especialistas coinciden en que, políticamente, Mistral es una figura transversal. “Las grandes obras son transversales”, subraya Pedro Pablo Zegers, mistraliano. La poeta se decía socialista a su manera, anti totalitarismos (nazismo y comunismo) y mujer sin partido, pero tenía fuertes convicciones respecto a la justicia social. De ahí que su figura sea tomada sin resquemores por gobiernos de diferentes espectros políticos.
La amplitud de su obra permite amplitud de interpretaciones y lecturas en la actualidad. “Los textos que ella escribió desde muy joven tienen una inteligencia tremenda y hacen sintonía con la gente más joven; habla de indigenismo, agrarismo, justicia social, educación, cultura, feminismo, todos los temas se trabajan en la actualidad”, enfatiza Zegers.
Durante el estallido social, en 2019, la imagen de Mistral con bototos y pañuelo verde creada por Fab Ciraolo tomó fuerza. “Es parte de un factor identitario muy contundente de las demandas del pueblo chileno, de ciertos sectores más progresistas de la sociedad. Probablemente estamos frente a la Mistral más magnífica que ha tenido Chile”, reflexiona Del Pozo.
Para Elizabeth Horan, esa imagen duró uno a dos años, pero se ha ido difuminando. “Predomina una mirada ciudadana y cívica-dice por su lado Jaime Quezada-, según cada suceso de nuestro país, América o el mundo, uno se encuentra con un respaldo en la obra de la Mistral, que nos sirve de vanguardia”.
Si bien Mistral nunca se nombró a sí misma feminista, su imagen es símbolo del colectivo. “Ella luchó y escribió sobre las mujeres, pero sin ponerse la etiqueta”, aclara Raquel Olea. Lo mismo sucede con el lesbianismo. Horan explica que, a pesar de que el término ya era usado en zonas del Caribe, Mistral no lo adopta libremente, sino a través de códigos, aceptando ser nombrada con palabras como varonil o recia.
Los estudiosos rechazan las etiquetas a la poeta, afirmando que su legado es tan amplio que resulta inclasificable. “Tiene muchas facetas, reducirla a una imagen es aburrido, es una mujer tremendamente sagaz”, concluye su biógrafa.
Eso sí, todos defienden que su carta de presentación es su obra. “Es un ente literario, una poeta...la primera dimensión de Gabriela Mistral es que es una mujer de la lengua”, subraya Claudia Reyes. “La relevancia de Mistral es su pensamiento humanista como poeta”, resalta Zegers.
A pesar de que las miradas en torno a Mistral han cambiado, aún existen grupos que la perciben solo como la maestra rural. Por ello, los expertos creen que hay que hacer de su vida y obra una política permanente.
“Espero que de estas celebraciones vaya quedando algo más significativo, que cada año esté la presencia de nuestros grandes escritores”, piensa Jaime Quezada. “Que sean permanentes”, insiste Zegers.
Para Raquel Olea, la celebración de los 80 años del Nobel liderada por el gobierno ha estado a la altura. “Sí ha cambiado la imagen de Mistral, quizás no al nivel masivo que deseáramos. Chile está un poco en deuda con ella en ese sentido, porque no hay una edición buena de sus obras completas, no hay programas culturales suficientes, así que todavía hay más que hacer para que la imagen de ella sea más realista", propone la escritora.
Diego del Pozo, a raíz de conversaciones con editores, evidencia el sostenido y creciente interés por leer a Mistral. “En los últimos 15 años ha habido una renovación total sobre la percepción de Mistral. Se le conoce mejor y más. Creo que se lee más también, porque hay una gran proliferación de publicaciones y de ventas de libros”, argumenta.
No obstante, “tenemos que empezar a apoyar más investigaciones en torno a ella, e incluir también mejor los estudios de Mistral en los planes educacionales”, dice.
Para Claudia Reyes, hay solo una preocupación: “Que estemos leyendo más sobre Mistral, que a la propia Mistral”.
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