Las bacterias que nos mantienen vivos
<P>Superan en 10 veces el número de células del cuerpo humano y sin ellas no podríamos vivir. Muy lejos de su mala fama, las bacterias regulan el sistema inmune, permiten absorber nutrientes y previenen la obesidad y las alergias.</P>
Son la preocupación de las madres y aquello de lo que tratamos de huir cuando entramos a un baño que no es el nuestro. Virus, bacterias y hongos son parte de la vida microscópica que nos rodea y que nos hemos acostumbrado a mirar con recelo, por el rol que juegan en el contagio de enfermedades. Sin embargo, no todos estos microorganismos están fuera ni son dañinos.
Las bacterias habitan nuestro cuerpo desde hace miles de millones de años y superan en 10 veces el número de células de nuestro organismo, o sea, llegan a los 100 trillones. Desde hace varios años se sabe que cumplen un determinado rol, pero recién ahora los científicos son capaces de decir que si estamos vivos, es gracias a las bacterias. La descomposición de la vitamina B12, crucial para la formación de glóbulos rojos y la mantención del sistema nervioso central, así como la prevención del asma, las alergias y la obesidad son sólo algunas de las funciones que cumplen estos microorganismos en nuestro cuerpo. Pero hoy, lamentablemente, muchos de ellos están desapareciendo a manos de los antibióticos modernos.
Por supuesto, no todas las bacterias son buenas. Las hay responsables de serias patologías, pero en este caso estamos hablando de un tipo particular de éstas, llamadas "comensales", que, sin hacer daño al sistema que las acoge, son capaces de beneficiarlo enormemente, al punto de hacerlo funcionar como corresponde.
La Bacteroides thetaiotaomicron, por ejemplo, es indispensable para convertir los carbohidratos complejos en glucosa u otras azúcares. El cuerpo humano no cuenta con genes capaces de cumplir esta función, pero esta bacteria contiene la información necesaria para la generación de más de 260 enzimas capaces de digerir los carbohidratos, lo que nos permite extraer los nutrientes de las naranjas, las manzanas o las papas, entre otros.
Además, científicos del The King's College de Londres comprobaron que una adecuada cantidad de bacterias melitotróficas en la mucosa bucal son indispensables para que no suframos de halitosis.
Pero hay bacterias más cruciales. Una de éstas es la Helicobacter Pylori, hoy temida y uno de los factores responsables de la úlcera péptica. La H. Pylori participa en la regulación de dos hormonas producidas en el estómago, responsables de la sensación de hambre y saciedad, respectivamente: la grelina y la leptina. Estas, en ausencia de la H. Pylori, no reaccionan de la forma en que deberían, como lo probó un estudio de Martin Blaser, profesor de Microbiología en la Universidad de Nueva York, con 92 veteranos de guerra. A una parte de ellos se les eliminó la bacteria con antibióticos y a la otra, no. Sorprendentemente, la primera subió más de peso que la segunda, ya que sus niveles de grelina se mantenían permanentemente elevados, sin importar que hubieran acabado de comer, lo que ocasionaba una sensación permanente de hambre.
Además, otros estudios de Blaser relacionados con la H. Pylori demuestran, en ratones, que aquellos que carecen de la bacteria en sus estómagos son más propensos a desarrollar diversos tipos de asma y alergias, aunque las razones aún no han sido suficientemente estudiadas.
Sarkis Mazmanian, de la división de Biología del Instituto de Tecnología de California (Caltech), determinó que las bacterias también son clave en el balance del sistema inmune y la respuesta inflamatoria.
Las células encargadas de luchar contra las enfermedades son los linfocitos T. Estos detectan la presencia de organismos invasores en el cuerpo y desencadenan la respuesta inmune, que incluye el enrojecimiento, la hinchazón y la fiebre, que alertan al cuerpo de la presencia de una enfermedad. Sin embargo, si el cuerpo mantuviera este sistema de alerta activo por demasiado tiempo, podría terminar por destruir sus propios tejidos. Es por eso que al poco tiempo, libera células que regulan la función de los linfocitos T y que atenúan las señales inflamatorias.
Hasta hace poco se creía que esta labor era sincronizada sólo por el sistema inmune, pero el equipo de Mazmanian descubrió que la verdadera responsable de este mecanismo era la Bacteroides fragilis, que vive en el 70% u 80% de las personas. Los científicos estudiaron ratones libres de este microorganismo y que mostraban una deficiente actividad en las células reguladoras de la función de los linfocitos T. Cuando les introdujeron la B. Fragilis, se restauró el balance entre las células T inflamatorias y antiinflamatorias y el sistema inmune de los ratones comenzó a funcionar normalmente.
Demasiados antibióticos
Según lo que el doctor Martin Blaser revela a La Tercera, un niño promedio en Estados Unidos y otros países desarrollados habrá recibido entre 10 y 20 ciclos de antibióticos para cuando cumpla 18 años. El efectivo uso de estos medicamentos explica, en parte, por qué la expectativa de vida en ese país pasó de 63 años en 1940 a 78 en la actualidad.
Sin embargo, una de las desventajas de estos fármacos, que ha obligado a la regulación de su uso, es que son capaces de matar tanto a los organismos que nos enferman como a los que nos mantienen sanos.
A principios del siglo XX, la H. Pylori era el microbio dominante en los estómagos de casi toda la gente. Hoy, menos del 6% de los niños en Estados Unidos, Suecia y Alemania lo portan, debido al uso recurrente de antibióticos.
Sin embargo, los antibióticos no son los únicos responsables de la acelerada extinción de ciertas bacterias beneficiosas para el organismo. En los últimos cien años, la ecología humana ha cambiado drásticamente y junto con ello ha ido disminuyendo nuestra exposición a las bacterias, lo que nos impide mantenerlas en el cuerpo. Hoy, por ejemplo, al ser las familias más pequeñas y aumentar el número de hijos únicos, los niños han perdido la posibilidad de obtener bacterias de sus hermanos mayores, un contagio clave en los primeros años de la infancia. Además, ha aumentado enormemente el número de nacimientos a través de cesárea, lo que impide la "infección" con las primeras bacterias, en el canal del parto, al salir del ambiente estéril del útero.
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