Histórico

Beatería en el gobierno y la oposición

<div>El gobierno ha continuado las principales políticas de la Concertación y la oposición no demuestra capacidad de innovar.</div><div><br></div>

LA ALTERNANCIA de gobiernos después de una larga permanencia de una coalición en el poder se caracteriza por que la nueva administración impulsa políticas diferentes, demostrando la conveniencia del cambio. La democracia necesita resolver problemas complejos que un nuevo gobierno está en mejores condiciones de abordar que el anterior, con políticos cansados y sin ideas para inspirar decisiones innovadoras.

Después de dos décadas de gobiernos de la CDU en Alemania, en 1969 llegó al gobierno el Partido Social Demócrata, con Willy Brandt como canciller federal, e impuso dos cambios fundamentales: en la política exterior, con la Ostpolitik, rompió con el anticomunismo de la era de Adenauer y, en lo interno, impulsó reformas políticas para mejorar la calidad de la democracia. La pérdida del poder también es un desafío para la oposición, que debe renovar sus líderes y programas. La CDU tomó tiempo para hacerlo, cuando Helmut Kohl ganó su presidencia en 1973, desplazando a la vieja guardia del partido, y logró aprobar un nuevo programa.

En nuestro país, tras más de un año de la administración Piñera, no se aprecian cambios significativos. El gobierno ha continuado las principales políticas de la Concertación, en especial las económicas, que fueron centrales en administraciones anteriores. Aylwin adoptó una estrategia de legitimar la democracia por el desempeño económico, estimando que su consolidación se jugaba allí. Esta decisión fue acentuada por los presidentes de izquierda, Lagos y Bachelet, por el interés de lograr la confianza de los empresarios, lo que dio una orientación más conservadora a su gestión.

La oposición tampoco muestra capacidad de innovación, con presidentes de partidos que fueron ministros de los gobiernos anteriores, que los evalúan con complacencia y que reaccionan a la agenda del actual Ejecutivo. Discuten sobre temas de corto plazo, como fórmulas electorales (una o dos listas municipales), pero no lo hacen sobre cuestiones programáticas, que marquen la diferencia con un gobierno de derecha. Y las fórmulas que proponen para fortalecer las instituciones son un chiste: primarias y voto voluntario, que favorecen a la derecha.

Con el paso del tiempo, la visión económica conservadora se acentuó. De la tesis del "crecimiento con equidad" se avanzó a una de crecimiento a secas, con una convicción próxima al fanatismo y a la teoría del chorreo. Se impuso, de hecho, el veto a ciertos temas, como los impuestos y el fortalecimiento de los sindicatos. Se podía debatir la "agenda valórica", pero no sobre la carga tributaria. Nada se puede discutir que ponga en "peligro" al crecimiento, ni siquiera la disminución de las desigualdades.

Esta visión económica del futuro de Chile debilitó la política y a los partidos, y dio un poder excesivo a los tecnócratas. La estabilidad del país no depende sólo del "crecimiento", sino también de la calidad de la política, de instituciones fuertes y de políticos que enfrenten los problemas y prioricen el bien común. Mientras la Iglesia Católica enfrenta su grave crisis removiendo antiguos criterios de comportamiento, el gobierno y la oposición muestran miedo a enfrentar los problemas más serios, indispensables para llegar al desarrollo y alcanzar una democracia madura.

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