Nuevo libro explica por qué nos gusta lo que nos gusta
El atractivo de una persona, disfrutar más de un vino caro, la satisfacción de comprar un Picasso o de ver una buena película radican tanto en factores evolutivos como cerebrales. El sicólogo evolucionista de la U. de Yale, Paul Bloom, habló con La Tercera sobre su texto que aborda cómo funciona el placer humano.
En la búsqueda de lo que nos da placer, el reconocido sicólogo canadiense y profesor de la U. de Yale, Paul Bloom, creó una máquina duplicadora. Al menos, eso les dijo a niños de cuatro y cinco años en un experimento. Ellos le entregaban una manzana y él sacaba dos a través de un truco de magia que los fascinaba.
Pero, tal como probó Bloom, no todo era reproducible a la perfección. Cuando los niños entregaban su oso de peluche o su "tuto" favorito y estos eran "duplicados" con un modelo idéntico, los menores siempre prefirieron el original. Una conducta que, según Bloom, se repite en los adultos.
El profesor, autor de Cómo funciona el placer y media docena de otros libros de sicología, ha realizado varios estudios para descubrir por qué nos gusta lo que nos gusta y ha concluido que las personas han evolucionado en sus tendencias esencialistas. "La facultad de ver lo esencial, y no lo superficial, es una herramienta desarrollada por la inteligencia humana para tomar mejores decisiones", dice a La Tercera.
Asimismo, los vínculos con objetos como un anillo de matrimonio son una adaptación de esa búsqueda de la esencia. Estos placeres, dice, existen no porque nos lleven a la reproducción o sobrevivencia, sino que surgen de una adaptación de nuestro pensamiento.
EL ENCANTO DE LO ESPECIAL
Inclusom los placeres más simples, como la comida y el sexo, están fuertemente influenciados por lo que se piensa de ellos. Hasta "el vino sabe distinto si crees que es caro o barato", dice Bloom.
Según menciona el sicólogo, en un estudio del Instituto de Tecnología de California se escanearon los cerebros de gente mientras tomaba vino. Bebieron siempre el mismo tipo, pero les dijeron que costaba o $ 10 ó $ 90. Como es de esperar, las personas dijeron que les había gustado más el caro. Pero, al revisar los escáneres, la respuesta había sido más que un simple antojo. La zona del cerebro encargada del placer, la corteza orbifrontal media, se activó más con el vino caro. Esto porque le asignamos más valor.
¿Podemos cambiar lo que nos gusta? "Si pudiéramos, el mundo sería muy distinto", responde Bloom. Pero sus investigaciones han demostrado que gente que ha dejado de comer alimentos calóricos sigue considerando las tortas como apetitosas, mientras soldados que ingieren comidas de mal sabor por años nunca terminan por considerarlas atractivas.
Hay formas en las que aquello que nos place deja de hacerlo. Una es la saturación, como cuando a alguien le gusta mucho una canción y la escucha hasta que ya no la aguanta. También sucede con la comida cuando alguien se intoxica con ostras y luego ya no puede ni olerlas, pero esto último, dice Bloom, es porque el cuerpo las asume como tóxicas y las rechaza.
Uno de los grandes placeres que menciona el libro es el arte. Gran parte de la satisfacción que obtenemos de una película o un libro "es admiración y apreciación por el autor que está detrás de ello". Según el sicólogo, estas personas y sus habilidades son admirables, "precisamente porque no son habituales en el mundo" y, como animales, "estamos llamados a demostrar nuestras destrezas físicas. El ballet, por ejemplo, es tan impresionante, porque el cuerpo humano, supuestamente, no debería poder hacerlo", explica.
Es lo que pasa cuando alguien compra un cuadro de Picasso o la raqueta de un tenista famoso: la deformación del aprecio por lo esencial y el apego que las personas desarrollan por las cosas generan, como dice Bloom, una forma de contacto, "de interacción, de comunicarse con esa persona que admiramos".
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