¿De verdad quieres ir al espacio?

Foto: Reuters




Un sueño muy recurrente como humanos es poder volar, surcar los cielos y sentirnos libres de la gravedad que nos sujeta al planeta, olvidar el peso de nuestro cuerpo en los pies. Y tal como lo hizo Leonardo da Vinci, hemos buscado por años formas de pasar de los sueños a la realidad mediante la ciencia y tecnología.

En 1783 los hermanos Montgolfier crearon globos de aire caliente, el primer invento que nos llevaría al cielo. Seguramente estaban impacientes por realizar un viaje, ser los primeros humanos en el cielo. Sin embargo, los primeros pasajeros fueron una oveja, un gallo y un pato que volaron por 8 minutos y volvieron a salvo a la superficie. ¿Por qué los primeros pasajeros son animales?

Primer vuelo de prueba con un aerostato en Annonay, Francia.

Si bien habían logrado hacer realidad el sueño de volar, debemos recordar la historia de Ícaro y no volar muy cerca del Sol. En aquella época no sabíamos nada del mundo a grandes alturas: ¿Será posible respirar?¿Qué tan alto podemos llegar?¿Podría de alguna manera afectar nuestro cuerpo? Desde que tuvimos la oportunidad de abandonar el suelo hemos sido muy precavidos.

La historia se repitió durante gran parte de la carrera espacial. Los primeros astronautas que se encargaron de ver que tan peligroso es el espacio fueron perros, macacos, chimpancés y moscas. Queríamos saber si el estrés del viaje, los cambios de temperatura y la exposición a la radiación serían un impedimento para que los humanos lográramos no solo escapar del suelo, si no que escapar del planeta. Nos aprovechamos de los animales que no tuvieron oportunidad alguna de negarse a viajar.

Inicialmente parecía que los riesgos del viaje espacial eran lo suficientemente inocuos para enviar a los primeros humanos, pero hasta ese momento aún no teníamos ningún experimento que midiera el efecto a largo plazo. Hasta que los primeros astronautas de las misiones Apollo al regresar a la Tierra, notaron que se enfermaban con mayor facilidad y eran atacados por infecciones. Había algo en el viaje al espacio que les afectó y ese algo era justamente parte de nuestro sueño inicial, la ingravidez.

Llegada del hombre a la Luna

Después de décadas de investigación en humanos y animales, hoy sabemos que la sensación de ingravidez trae serias consecuencias a nuestros cuerpos. La más conocida es la baja de la masa ósea y de la masa muscular ante la falta de estrés en músculos y huesos. Para un astronauta que pasa meses en el espacio, volver a la Tierra puede ser una experiencia algo traumática. Es por eso que los habitantes de la Estación Espacial Internacional deben realizar actividad física diaria para ralentizar el debilitamiento de sus cuerpos.

En los últimos años hemos aprendido que la ingravidez debilita nuestro sistema inmune. En algunos astronautas, algunos virus dormidos en sus cuerpos se han reactivado a causa del debilitamiento, aunque no han llegado a tener síntomas. Por otro lado, experimentos en moscas también han mostrado que en una gravedad muy baja, sus cuerpos son incapaces de combatir algunos hongos.

Los viajes espaciales también afectan nuestra sangre. La falta de gravedad afecta la presión sanguínea y estudios recientes sugieren que en este ambiente, las células rojas, que transportan el oxígeno en nuestro cuerpo, se degradan y destruyen antes de tiempo, causando anemia. Una vez que vuelven a la Tierra, el número de glóbulos rojos comienza a volver a niveles normales, aunque la recuperación total puede tomar varios días dependiendo de cuánto tiempo pasaron en el espacio.

Hoy vivimos en una época en la que el turismo espacial y la posibilidad de habitar Marte parecen una realidad inminente. Comenzamos soñando con volar como pájaros y terminaremos volando a otros planetas. Pero aunque sabemos más que ayer, debemos recordar a Ícaro y pensar en nuestra salud primero.

* Astrónomo y colaborador de la Fundación Chilena de Astronomía

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