Perdida en pandemia… ya no sé qué quiero… ni quien soy

Porque es una lástima muy grande no decir nunca lo que uno siente (Virginia Woolf).



Otra semana más en Fase 1, diputados de todos los colores presentan proyecto para retirar el 100% de los fondos de pensiones, candidatos presidenciales empiezan a debatir -y descalificar- sus propuestas, el próximo lunes será feriado -nuevo día nacional de los pueblos originarios- y Chile vuelve a empatar con Argentina, esta vez, en la Copa América. Bajan los casos covid, pero se hacen más visibles los efectos colaterales del encierro. Empeora la salud mental de chilenas y chilenos, aumentan los casos de miopía en los niños, entre adolescentes preocupa la drunkorexia, y la parosmia -y otros desórdenes relacionados al olfato- afectan a pacientes recuperados del coronavirus. Por suerte… el Ministerio de Salud descarta el cordón sanitario para este fin de semana largo.

Fuera de nuestras fronteras, en Perú aún no confirman al nuevo o nueva Presidente, en Brasil aumentan los casos covid en las delegaciones futboleras, Daniel Ortega se encamina a su cuarto período, Coca Cola lamenta las millonarias pérdidas que les causó el desaire de Cristiano Ronaldo a sus bebidas -tome agua-, el reencuentro de Jennifer López y Ben Affleck sigue viento en popa, Sergio Ramos no renueva con el Real Madrid, el Tribunal Penal Internacional sentencia por genocidio a Ratko Mladic (se calcula que bajo su mandato las fuerzas bosnias mataron cerca de 8000 musulmanes), Christian Eriksen será operado para implantarle un desfibrilador automático -tras un dramático desmayo en cancha-, Barbora Krejcíkova logra un histórico doblete en Roland Garros (ganadora en singles y dobles) y Nole confirma que es el número uno en todo tipo de superficies.

Apago las noticias para conectarme con Cila, una nueva cliente que me contacta vía WhatsApp. Sin mayores referencias, agenda hora para el lunes a las 08:00 y me adelanta, que antes de comprometerse a trabajar conmigo, quiere conocerme.

Hola Sebastián, hacía tiempo, incluso antes de la cuarentena, que quería venir a verte... bueno… conectar… Un amigo me había hablado de ti; me quedó grabado que te gustaba el tenis y que lo ayudabas a vincular lo que pasaba dentro de la cancha con la vida real. (Silencio). Bueno, me encantaría hablar de tenis, pero no vine a eso…

¿A qué viniste?

Le hago el quite a hablar de mí… evito la intimidad, palabra que aprendí en terapia. Y me cargó. Bueno, me cargan todas las terapias, pero no soy tonta; es un tema mío, tengo 30 años, y no me puedo seguir escudando en que no fui tenista profesional (Silencio). Ya llevo cinco años fuera de las pistas y mi tema es más profundo. Y el fin de semana dije que sí o sí tenía que hablar contigo. Solo hablar. ¿Puede ser? No quiero que me terapees. Quiero que me escuches.

Dale… pero déjame interrumpirte de tanto en tanto para aclarar cosas que no entienda o no me queden claras…

Hecho. Mira, esto solo lo hablé en una terapia y me arrepentí de hacerlo por la cara que me puso la psicóloga. Nunca más lo hablé con nadie y dejé esa terapia porque ella se obsesionó con el tema. La cosa es que cuando chica, mi casa se detenía cuando empezaban los partidos. Mis papás eran fanáticos del deporte y aunque vivíamos en la mitad de la nada, o para ser más precisa, a las afueras de Punta Arenas, podíamos ver televisión satelital. Era nuestro único lujo y la tele solo se prendía para Olimpiadas, Mundiales, Grand Slams. Mis papás organizaron su vida para que esta girara en torno a sus grandes pasiones, el campo y el deporte. Para lograrlo, tuvieron mil emprendimientos, desde ovejas a mermeladas, conservas, exportación de centollas, lo que te imagines. Pero todo eso era secundario, lo principal era vivir en el campo y hacer mucho deporte y tras probar todo lo que podíamos probar, mi papá confirmó que Antun y yo estábamos destinados para el tenis. Éramos, literalmente, una empresa familiar y mis papás se turnaban entre los negocios y el campo para apoyarnos. Y si te soy sincera, mi vida hasta los 10 años fue un paraíso. Un paraíso interrumpido por las idas al colegio en Punta Arenas. Odiaba la ciudad, el ruido, el colegio, la gente. Parece mentira, pero llegar a mi casa era lo máximo. Aparte de tener todo para entrenar bajo techo, mi papá construyó una cancha de pasto y otra de arcilla... Bueno, te podría hablar horas de esta maravillosa etapa, etapa que se acabó cuando nos trasladamos a Estados Unidos para acompañar a Antun… y nuevamente estoy evitando hablar de lo que venía a hablar…

¿Qué me quieres contar?

Mira, el domingo, viendo la final de Tsitsipás y Djokovic, se me olvidó todo. Me explico. Después de que Antun y yo nos retiramos del tenis… larga historia… nunca más volví a ver un partido, aunque reconozco que en las noticias no respiro viendo los resúmenes y que igual sé todo lo que pasa porque leo. De hecho, solo tengo twitter para seguir las noticias del tenis y en mi Instagram solo sigo a jugadores… y unas pocas jugadoras… Bueno, nuevamente me estoy desviando, pero como soy fanática de Diego Scwartzman en Twitter… amo sus tweets… casi me infarto cuando preguntó si Nadal y Nole jugaban el mismo deporte que los demás tenistas. Me dolió no haber visto ese partido. Y no me aguanté. Vi la final de Roland Garros y al igual que de niña, el mundo se detuvo. Frente a la pantalla, no hubo cuarentena, pega, nada. (Silencio).

Rafael Nadal anuncia que no estará en Wimbledon ni en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020.
Foto: Reuters.

¿Qué te pasaba de niña mientras mirabas los partidos?

Me olvidaba totalmente de mí. Era libre y en esa libertad soñaba con ser y transformarme en mis ídolos tenísticos. Me explico. No quería ser una Stefi Graf, una Monica Seles, una Sharapova o una hermana Williams… yo quería ser Agassi, Nadal, Nole o Federer. Frente a la pantalla, esto era normal y posible. En la cancha, jugando contra hombres, también. Pero jugando contra mujeres empezaban los problemas.

¿Qué problemas?

Durante años mi único drama fue haber dejado el paraíso magallánico para instalarnos en Florida. En realidad, era un drama para todos y hacíamos lo que podíamos. Tal vez en Highschool partieron los primeros atados, no me caían bien mis compañeras, en realidad, yo no les caía bien, pues siempre me llevé mejor con los hombres, pero bueno, como nunca tenía tiempo para nada, no le daba mucha importancia. Siempre tenía que salir corriendo a entrenar. Lo mío no era el colegio ni socializar; mi vida era entrenar, competir… como Antun. De hecho, mis primeras y únicas pataletas en Estados Unidos fueron cuando no podía hacer las mismas cosas que Antun… Odiaba que él fuera a campeonatos a los que solo iban hombres y que yo me quedara fuera. Más rabia me daba participar en campeonatos femeninos… los encontraba un triste premio de consuelo. Sentía que ser mujer era de segunda clase. Una injusticia. A mí lo que me gustaba era entrenar y jugar contra hombres y por eso nunca desarrollé ni cultivé amigas en el circuito. Y no es que fuera pesada ni mucho menos, sino que simplemente seguía a Antun y a sus amigos y ellos me aceptaban. Con los años… Antun es tres años mayor… las diferencias se hicieron cada vez más notorias. Nos separaban el género, las categorías y las edades. Además, mi familia se tenía que dividir. Mi mamá y yo en un campeonato y mi papá y Antun en otro. ¡Y encontraba que ser mujer, estar con mi mamá y jugar contra mujeres era lo peor de lo peor! (silencio). En fin, la cosa es que torneo tras torneo, aunque negara mi bronca con todas mis fuerzas, me fui dando cuenta que no sabía quién era ni qué me gustaba. Tal vez la única certeza que tenía es que amaba el tenis, a Antun y a mis papás, pero de verdad no sabía… ni sé… que me pasa con los hombres… con las mujeres… ni que me pasa con ser mujer.

¿Y qué te pasa ahora que lo hablas?

Nunca he conversado estas cosas con mi familia, amigos o con mis actuales compañeras del trabajo, pero en su momento lo tuve que hablar con mi coach. El cachaba que algo me pasaba. Algo me frustraba… pero nunca le dije la verdad. No quise enfrentarlo y ahí tomé la misma decisión que Antun.

¿Cuál decisión?

Antun se retiró del tenis profesional porque sufría con los ranking, los campeonatos y las exigencias. Entiéndeme, Antun era un artista; su juego era precioso y mucha gente quedaba embobada al verlo jugar… cuando estaba inspirado. En la cancha podía lograr verdaderas joyas o verdaderos fiascos. Se atormentaba. Mi papá decía que era el Hamlet del tenis. Y una semana pensaba en el retiro y a la siguiente en la gloria. Por eso, cuando optó por la universidad, su vida cambió. Y cambió para bien. Y supongo que pensé que yo correría igual suerte (silencio).

¿Y?

Fue duro renunciar al tenis profesional por las razones equivocadas. Un tenista es un experto en miedos. En la cancha te aprendes a conocer, pues tienes que salir sola de esos hoyos negros en los que te metes. Puedes mirar a tu papá, a tu coach, pero ellos están fuera y tú dentro, en tu infierno, sola. Sebastián, soy hija y descendiente de colonos croatas, hija del rigor, el esfuerzo y la pasión. A diferencia de Antun, el tenis no era el problema. Al revés, era el único espacio donde podía darle rienda suelta a mi competitividad. Era agresiva, a veces brutal y de niña de verdad pensé que iba a ser número uno del mundo… masculino… (Silencio)

Sebastián, cuando vi la final de Roland Garros… cuando vi al serbio levantar un partido desde abajo… me vi a mí… de niña… vi esa mirada asesina de Nole… Yo no estaba jugando. Yo no quería ganarle a mi adversario, yo quería ganarle al mundo, a la injusticia, a la arbitrariedad. Odiaba ser una mujer jugando contra mujeres… y ahí empezó a salir mi rabia, mi frustración, mi resentimiento. ¿Por qué no podía ser como Antun? Y esto me fue comiendo el cerebro y no lo quería hablar, pues de haberlo hecho, lo tendría que haber aceptado… me tendría que haber rendido (silencio).

¿Te rendiste?

(Lágrimas) Supongo que no, supongo que he estado postergando este momento. Supuse que después de retirarme del tenis lo iba a abordar en la universidad y no lo hice. Tampoco lo trabajé en terapias, pues me dediqué a pelear y a defenderme. Después asumí que trabajando como un ser humano común y corriente me empezarían a pasar cosas comunes y corrientes.

¿Cómo cuáles?

Como salir con hombres, enamorarme, tener amigas, casarme y tener hijos. He admirado hombres, generalmente tenistas y me he metido con uno que otro… con varios tragos en el cuerpo. En el trabajo tengo compañeras, pero no sé si son o no son amigas. Tampoco sabría si quiero casarme y tener hijos como lo hizo Antun. Él es feliz, pero no sé si es para mí ese mundo, pero tampoco creo que pueda seguir sola o terminar mis días como mis papás lidiando con un campo, unos negocios y una vida cuya única satisfacción es sentir que, pese a ir contra el mundo, te saliste con la tuya. Es agotador. Son agotadores.

¿Y qué te gustaría que pasara la próxima semana?

Nada. Esto mismo. Que me escucharas. No sé por qué, pero me ayuda. Es agradable que no pongas cara de espanto y que conozcas mi mundo, sin nunca haber sido parte de él. Ojalá, hablando contigo pueda entender mejor quien soy y qué quiero, pues en terapia me sentía tan mal, tan dañada, que no me daban ganas de hablar.

¿Por qué?

Porque las mujeres te hacen sentir que si no amas a un hombre o una mujer y si no sabes si quieres tener hijos o no… estás cagada… vienes mal de fábrica. Y yo, sinceramente, no tengo idea de nada.

Continuará…

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