El drama interminable tras el alud de Farellones
<P>A un año del aluvión, Fernando Aspillaga, el hombre que perdió a su esposa y a su hija, sigue buscando el cuerpo de la niña en el río Mapocho. En febrero salvó del tsunami en Pichilemu. </P>

Mi chiquitita tan alegre, cómo la voy a dejar por ahí". Así habla un padre de su hija desaparecida. Así habla el hombre que hace un año vio a su niña, de un año y ocho meses, ser arrastrada junto a su madre por la furiosa corriente de agua y barro en Farellones. Así habla Fernando Aspillaga, quien sigue hasta hoy buscándola río abajo, con la esperanza de encontrarla y " calmar en algo el dolor" que llegó sin anuncio ni piedad una tarde de septiembre.
El 6 de septiembre de 2009, un alud de barro arrasó con las casas ubicadas en el kilómetro 6 del camino a Farellones, en Lo Barnechea. Allí vivía Fernando junto a su esposa, Fernanda Corvalán, la "Pollo", y su pequeña Daniela, la niña que llegó al mundo con síndrome de Down y que otra tragedia le arrebató para siempre. La fuerza de la tierra se llevó a ambas, mientras él, junto a Fernandito -su hijo de 21 años, de su primer matrimonio- se aferraron a un árbol y salvaron con vida. El cuerpo de la "Pollo" apareció ese mismo día. El de Daniela no lo ha devuelto el río.
A un año, la imagen de aquel domingo se mantiene inalterable y Aspillaga aún no puede cerrar su duelo. "Son procesos que uno tiene que seguir viviendo", dice.
Tanto así, que todos los meses, como una costumbre arraigada en su rutina, busca a Daniela en el lecho del Mapocho. En forma solitaria, este administrador de empresas, que está cesante y bajo tratamiento siquiátrico, recorre durante horas el sector poniente del caudal, desde el Parque de los Reyes hasta Pudahuel. Así ha sido su año. Una o dos veces a la semana. Otras, una vez al mes. Pero el río no lo deja.
Fernando dice que está seguro de que su hija no está en los sectores aledaños de su casa en Lo Barnechea, ya que con retroexcavadora hizo zanjas en todo el terreno y no la encontró. "Sigo buscando en forma anónima, ya no molesto a Carabineros, que se han portado excelente, pero tienen mucho trabajo. Camino el río, voy por sectores, me paso un día buscando. No pierdo las esperanzas de encontrar a la Daniela... Si encuentro a mi chiquitita, sería feliz", afirma y se emociona.
En mayo dejó de "meterse" en el agua, para sólo buscar en la orilla. Pero en noviembre espera retomar sus "caminatas" por la corriente para encontrar algún rastro. La búsqueda inicial de Carabineros y del equipo de rescate se extendió por los primeros cuatro meses, mucho más de lo normal, pero sólo se encontraron ropas y juguetes de la niña. El no se cansa y sigue: "El tiempo me dirá cuándo parar".
Como si el destino se hubiese ensañado, seis meses después de perder a su familia, el terremoto lo sorprendió en Pichilemu, en el fundo familiar, ubicado a 35 kilómetros del balneario y donde guarda las cenizas de su esposa. Viajó el día anterior junto a su hijo Fernandito. "Llegamos como a la una y media de la mañana y luego de conversar un poco, todos nos fuimos a dormir. Fue entonces cuando se empezó a mover todo". En 15 segundos se vistió y corrió al pequeño cerro donde está su esposa, en una especie de gruta que hicieron en el lugar. "Empezamos a ver en el horizonte una línea negra. El mar era una batidora y a los 15 minutos vimos que se empieza a recoger. Bajamos a buscar a mi mamá y ya nos íbamos subiendo al auto y vemos la ola que revienta en la playa, era una tremenda ola de más de 20 metros, y luego venía una muralla de agua que entró por una quebrada que teníamos. Alcanzamos a arrancar al bosque", dice. Y agrega que "la ola fue impactante y la destrucción que generó, pero como que uno está en shock".
Eso no fue todo. El fin de semana siguiente regresó para ayudar a la familia Carey a buscar a sus dos hijos que desaparecieron por el tsunami. "Como me hice amigo de la gente de Rescate sin Fronteras, volví con ellos a la semana siguiente para buscar a sus hijos, y nos metimos al agua a bucear. Para mí era fuerte, pero sabía de lo que estábamos hablando".
El consuelo es haber salvado a su hijo. "No puedo echarme a morir, está él y la Jose (su otra hija del primer matrimonio)". Pero agrega: "No perdí a un miembro de mi familia, ni a dos, era mi familia completa ahora (...). Me siento absolutamente culpable, porque no los pude ayudar, no tuve la capacidad de reacción que debiera haber tenido para poder tirarme yo tal vez a buscar a la Daniela o haber agarrado a la Fernanda, haberla aferrado a mí".
En honor a ellas, está motivado con la entidad que creó: la Fundación Daniela Aspillaga Corvalán (Fundac), que está a punto de conseguir la personalidad jurídica y con la cual pretende ayudar a los niños con síndrome de Down y a sus familias. Ya ha conseguido aportes: media beca del jardín Liliput de Vitacura (donde estaba Daniela) y otras dos becas de la Cruz Roja.
La otra arista de su historia la lleva el abogado Carlos Figueroa, quien interpuso una demanda por $ 600 millones contra el Estado, el municipio y Cristián Sauvegeot, dueño del predio donde se originó el alud y que es parte de la investigación de la Fiscalía Oriente por cuasidelito de homicidio. Sauvegeot, que había hecho trabajos en una quebrada previos al alud, niega haber ocasionado la tragedia y dice que "las consecuencias del alud habrían sido exactamente iguales". Hasta ahora, ese caso no tiene responsables.
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