Diario Impreso

El hombre detrás de Frank Underwood

<p><i>House of cards</i> se ha transformado en la serie política más comentada de los últimos años y es seguida hasta por Barack Obama. El éxito, en parte, se debe a que quien la escribe y lidera no es un extraño al manejo de Washington: Beau Willimon, un dramaturgo que pasó gran parte de su juventud trabajando en campañas demócratas. Aquí le cuenta a La Tercera sobre cómo se convirtió en un experto en el mundo del poder, opina sobre Obama y Hillary Clinton, y dice que el famoso personaje que interpreta Kevin Spacey no es bueno ni malo; simplemente, logra hacer las cosas. Y a mucha gente le gustaría ver más de eso en Washington, señala. </p>

Beau Willimon (36) bromea al teléfono desde Baltimore, en Estados Unidos. Es martes, Chile aplastó a Australia, y aunque el día anterior su país venció a Ghana en el Mundial de Brasil, él va por Francia esta vez. "Mi novia creció en París", explica. Lo de mantenerse al día con el fútbol es cosa de fines de semana, cuando tiene tiempo, ya que por estos días House of cards, la serie que Willimon creó -adaptada de una original de la BBC- y que también supervisa en el cargo de showrunner, el mandamás, está grabando su tercera temporada. "Recién empezamos a filmar; llevamos los últimos cinco meses escribiéndola. Son como tres trabajos a tiempo completo al día", dice. Con la presión, además, de continuar el éxito: House of cards se convirtió en una de las series más comentadas de los últimos años, ganadora de tres Emmy, un símbolo de la nueva era televisiva para la plataforma de streaming Netflix y tiene a Kevin Spacey convertido en un ícono de Washington con su interpretación de Frank Underwood, el ambicioso y perverso congresista y luego vicepresidente de Estados Unidos.

Beau Willimon ha logrado todo esto siguiendo el consejo más antiguo: escribe de lo que conoces. Willimon conoce el manejo del Capitolio y sus alrededores: trabajó en varias campañas políticas, y luego de su experiencia ahí escribió una obra de teatro, que se transformó en la película Secretos de Estado, protagonizada por George Clooney y Ryan Gosling, por la que fue nominado al Oscar. Y de ahí vino un llamado para que recreara el lado más oscuro de Washington -la era post Obama, como lo describió el New York Times- en House of cards. Así es como Beau Willimon se transformó, finalmente, en el hombre detrás de Frank Underwood.

Lo de la política comenzó en la universidad. Willimon, quien creció en Filadelfia y St. Louis y es hijo de un marino, estudió una licenciatura orientada a las artes en Columbia, en Nueva York. El verano antes de graduarse, se metió en el mundo de las campañas junto a su mejor amigo -quien hoy, tras una larga carrera en Washington, es el consultor político de House of cards-, Jay Carson. Comenzaron trabajando para el candidato demócrata Chuck Schumer en su carrera al senado por Nueva York, en 1998.

-Fue una experiencia fantástica, estaba todo lleno de gente joven, mucha adrenalina, y ganamos la carrera; no hay mejor sensación que esa. Así que quería volver por más. Mi mejor amigo, Jay Carson, me incluyó en las siguientes campañas: Hillary Clinton al Senado en 2000, Bill Bradley para presidente en el mismo año y, eventualmente, Howard Dean para presidente en 2004 (todos candidatos demócratas). Nunca iba a ser una carrera para mí, era algo que hacía por el lado. Ni tampoco estaba ahí investigando para escribir: realmente quería que esta gente ganara.

Willimon eventualmente adquiriría experiencia en el área de logística, en los equipos de avanzada: esos que no sólo se preocupan de que el candidato irá a hablar a una escuela, sino que también prevén cuál baño de esa escuela usará. Su especialidad, cuenta él, era el trabajo con la prensa, hacer todos los arreglos de los viajes para que los periodistas “tuvieran lo que necesitaran para trabajar”.

Entre medio hubo un alto en el camino: tras terminar los estudios, Willimon consiguió un trabajo en Estonia, con el gobierno, clasificando y escribiendo resúmenes de documentos. Ahí, contó en un perfil sobre él publicado en The New York Times, tuvo un colapso nervioso, ataques de pánico incluidos. Por no dormir, por estar lejos. Así que regresó, se fue a la casa de sus padres en St. Louis y encontró algo que hacer: volvió a estudiar a Columbia, para ser dramaturgo.

-Después de la campaña de Dean -cuenta Willimon al teléfono- ya conocía bastante del mundo político, era natural que mi próxima obra se tratara de eso.

La obra Farragut North era un acercamiento al juego de poder que existe en las campañas. Con ella, Willimon consiguió buenas críticas y luego se transformó en película, donde George Clooney es un manipulador candidato, y Ryan Gosling su asesor de prensa. Por el guión, Willimon fue nominado a un Oscar. Y un tiempo después recibió la llamada de David Fincher, el director de Los siete pecados capitales, El club de la pelea y Red social, para hacerse cargo de la adaptación de una serie de la BBC, estrenada en los 90, sobre un ambicioso político: House of cards.

-Una de las primeras cosas que le dije a Fincher era que no quería hacer una adaptación de lo de la BBC. Quería un trampolín, algo de donde podíamos sacar ideas, y lo hemos hecho de manera muy libre. Yo quería reinventar.

Las reflexiones sobre el poder son lo que caracteriza a sus obras. ¿Es por algo en específico que vio en su trabajo en campañas?

Estamos haciendo una serie que sucede en un universo político, pero en nuestro caso, el tema no es la política, es el poder. Y cómo permea todos los ámbitos en nuestras vidas. Hay dinámicas de poder en el matrimonio, en el trabajo, y no solamente si trabajas en la Casa Blanca o el Congreso. Nuestra serie sucede en Washington, donde la mayoría son políticos. La mayoría de nosotros no piensa en el poder como ellos, a diario, aunque lo experimentamos en cada interacción que tenemos en el día.

Usualmente, en las producciones hollywoodenses los republicanos son los “malos” y en el otro extremo están los “buenos” demócratas. Frank Underwood es demócrata, pero del sur tradicional. ¿Quería usted romper con el cliché?

Lo primero es entender que Frank Underwood es la versión extrema de un político que busca el poder por el poder. La mayoría de los políticos no son así, la mayoría busca el servicio público para hacer un mejor país. Ahora, cuando adquieren más poder, se enfrentan a muchos dilemas éticos. A veces se pierden de vista los ideales, pero rara vez se convierten en un Underwood. Y ambos partidos tienen ejemplos de personalidades “underwoodescas”. Era importante que la gente no pensara que nuestra serie tenía una agenda política. Muchos piensan que Hollywood es liberal, más que conservador. Si hacíamos a Underwood republicano, habrían pensado que era una sátira, una crítica. Al hacerlo demócrata, ojalá hayamos levantado esa maldición. Frank es demócrata porque creció en ese partido, lo escogió, pero no necesariamente desde lo ideológico, porque él no tiene realmente una ideología. El cree en sí mismo y en nada más. Así que es casi irrelevante de qué partido es.

La serie era una apuesta: aunque había varios canales interesados, HBO incluido, por tener a Fincher y a Kevin Spacey a bordo, fue la plataforma de streaming Netflix -tras más de 100 millones de dólares desembolsados y asegurando dos temporadas de 13 capítulos- la que se quedó con House of cards.

Y después vino todo lo demás: el éxito, las buenas críticas, las inéditas nueve nominaciones al Emmy, un Globo de Oro para Robin Wright como mejor actriz. Para cuando se estrenó la segunda temporada, el 14 de febrero pasado, hasta el Presidente Obama tuiteó que nadie pusiera "spoilers" o adelantos de lo que ocurría en la serie. "Creo que la gente en Washington disfruta de ver a su ciudad en la televisión, en nuestra serie y en otras como Veep o Scandal", explica Willimon sobre por qué ha tenido tanto éxito en el Capitolio con una representación tan oscura -homicidios incluidos- de la política. "¿A quién no le gustaría? Creo también que es una oportunidad para ellos de no tomarse tan en serio, lo que es un respiro de la solemnidad a la que están acostumbrados".

Su visión de la Casa Blanca, post era Obama, es bastante oscura. Se contrapone a la inmortalizada por Aaron Sorkin en los 90, en The West Wing, donde un presidente demócrata lideraba Camelot.

Creo que esa comparación es muy reductiva. En The West Wing también enfrentaban problemas, no triunfaban en todo y al final del día ese presidente (Martin Sheen) era más o menos el bueno. No eran perfectos, y creo que era una serie mucho más compleja de como se describe hoy. En nuestra serie también vemos elementos heroicos. El personaje de Jackie Sharp tiene sólidas visiones en algunas legislaciones. Vemos a Claire Underwood tomando el lado de las mujeres en el Ejército. Incluso, aunque Frank Underwood no cree en nada más que sí mismo, y la manera de hacerlo varía, vemos a un político que logra cosas, algo que a mucha gente le gustaría ver más en Washington. No creo que él sea bueno o malo, sino que ve el mundo de manera distinta a la de la mayoría. En su mundo todo es brutal y cada hombre debe cuidarse a sí mismo.

¿Pero ya se acabó el espacio de la esperanza y las historias heroicas en Washington, después de Obama?

Hubo un momento en que gran parte del país estaba inspirado por la victoria de los Obama, pero recuerda, había otra gran parte que no lo estaba y creía que esto era un desastre. No llevó mucho tiempo para que llegáramos a un atasco en el Congreso y peleas entre y dentro de los partidos. Pero eso es normal. Así funciona (se ríe). Puede que sea el atasco legislativo más grande que hemos experimentado en un buen tiempo, pero ambos partidos siempre han batallado, así que no sé si esto es una nueva era, o si nuestra serie refleja una etapa distinta. Simplemente, nos enfocamos en otro ángulo de la política.

Ya que trabajó en su campaña por el Senado, ¿qué opina de lo que está haciendo ahora Hillary Clinton?

Siempre he sido un gran fanático de ambos Clinton. Ciertamente han tenido sus tropiezos en el camino, pero cualquiera que lleva décadas en política ha tenido algunos. La medida del poder de un político es cómo resucitar después de un error. Y los dos lo han hecho. Tienen una larga historia de ser derribados o tropezarse y luego encontrar el camino de vuelta hacia arriba. Tengo todo el respeto del mundo por Hillary Clinton, creí en ella cuando era primera dama, creí en ella en su carrera al Senado, cuando se convirtió en la senadora y creí en ella cuando fue secretaria de Estado. Si elige correr para presidenta, creo que sería una gran candidata.

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