Escribir en el encierro: la íntima poesía de Emily Dickinson

Hailee Steinfeld es Emily Dickinson en la serie Dickinson de Apple TV+

En Culto perfilamos a la poeta oriunda de Massachusetts, quien permaneció encerrada en casa la mayor parte de su vida y que ha tenido un revival en el siglo XXI –serie y película mediante-. Según la voz de los entendidos, su poesía cautiva por su intimidad, su originalidad y lo poco convencional, pese a que en su época no tuvo el reconocimiento que merecía -entre otras cosas- justamente por lo arriesgado de su escritura.



Como solía hacer en su habitación, la poeta estadounidense Emily Dickinson redactó -de su puño y letra- una carta dirigida al crítico literario Thomas Higginson, una persona a quien consideraba muy importante. Tomándose el tiempo, fue eligiendo suavemente cada palabra, tal como quería que salieran desde su alma.

En la carta, Dickinson se refiere a la posibilidad de que este personaje la visite, pero su postura es clara.

“Me alegraría que satisfaciera su conveniencia venir tan lejos hasta Amherst, pero yo no cruzo el terreno de mi padre hacia casa o pueblo alguno”.

La carta, fechada en junio de 1869, y expuesta en extenso en el libro Zumbido (Ediciones Universidad de Valparaíso, 2018), revela en palabras de la misma autora una característica que la acompañó gran parte de su vida y que hacia mediados de la década de 1860 fue acentuando. El quedarse encerrada en su casa. En rigor, la casa de sus padres, donde residía.

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Las misivas no solo eran una forma de contacto con amistades en un mundo que no tenía tantas formas de comunicación (además del telégrafo), sino que a medida que su enclaustramiento se intensificó, fueron su principal método de comunicación con el mundo.

“Algunas cartas pueden leerse como poesía en sí mismas; Esto plantea la posible existencia de poemas adicionales de Dickinson extraídos de su correspondencia”, señaló sobre su correspondencia el reputado crítico literario Harold Bloom en su libro Emily Dickinson (Chelsea House Publishers, 1999) donde se dedicó a analizar su obra.

La poesía y el encierro

Pero, junto con escribir cartas, ¿qué movía el día a día de Emily Dickinson? La poesía.

Nacida en Amherst, Massachusetts, en el seno de una acomodada familia de religión puritana en 1830, Emily Elizabeth Dickinson fue considerada por Harold Bloom como parte de los seis grandes nombres de la poesía de los Estados Unidos, junto con Walt Whitman, Wallace Stevens, Robert Frost, T.S. Eliot y Hart Crane.

No se tiene certeza de cuándo Emily Dickinson comenzó a escribir sus poemas, tampoco en qué momento decidió enclaustrarse. Las biografías coinciden en afirmar de que para una mujer de buena situación del Estados Unidos del siglo XIX, vivir en la casa de sus padres era habitual en el caso de que no estuviese casada.

Desde Valdivia, la poeta nacional Verónica Zondek, quien ha traducido parte de la obra de Dickinson (en el citado libro Zumbido, de hecho), señala que el aislamiento de la oriunda de Massachusetts no era tan absoluto. “No vivió sola, sino que con sus hermanas y también había gente que la visitaba. Su encierro es real a medias y es simbólico y da cuenta de una voluntad. Su mundo transcurría en el jardín, en los recovecos de su memoria, en las lecturas, en las dinámicas familiares, entre conversaciones reales, imaginarias y epistolarias con sus amores y amistades”, cuenta a Culto.

¿Habrá influido el encierro en sus poemas? “Totalmente. La soledad habita en lo que escribe. La poesía nace del ruido, pero también del encierro, del aislamiento, de la contemplación. Y su obra, sus mil ochocientos poemas, retratan una atmósfera introspectiva, sonámbula, en suspensión”, señala la periodista y escritora Montserrat Martorell, una reconocida admiradora de la oriunda de Amherst.

Por su parte, Verónica Zondek considera que –como la mayoría de las cosas en la vida de Emily Dickinson- es complicado de precisar de forma exacta una relación encierro/poesía. “Es difícil saber qué vino primero, si se aisló porque no le interesaban los roles que le ofrecía el mundo o si porque cuidaba de su jardín y escribía poesía, quedó aislada de la vida que el mundo de entonces le ofrecía”.

“Lo que es seguro es que, para la época, entonces profundamente desfavorable para la independencia de la mujer, fue precisamente este aislamiento el que le permitió vivir en el mundo a su pinta, escribir y adentrarse en la poesía, abrirse al mundo conocido y el desconocido, afinar y afilar su mirada, ejercer la lectura de acuerdo a sus intereses y desarrollar un pensamiento propio”, añade la poeta, autora de Fuego frío.

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Verónica Zondek.

Zondek agrega un detalle relevante y tiene que ver con el rol de la mujer en el siglo XIX. “Lo que permanece en el mundo de lo real, es que a veces elegir un encierro es elegir la libertad. Por lo demás, en la historia de las mujeres escritoras, no es rara esa elección como tampoco la del travestimiento, para así zafar de las obligaciones sociales y poder adquirir libertad y acceso a las herramientas del trabajo propias de la escritura”.

Palabras a la muerte

Sobre los elementos fundamentales que caracterizan la poesía de Emily Dickinson, Montserrat Martorell, señala: “Probablemente una voz que le pone palabras a la muerte y a la inmortalidad en una coherencia y cohesión que tiene que ver con la lógica detrás de la métrica. Una poesía de la intimidad, una rima imperfecta, un universo que construye dudas, que inquieta a los lectores, que rehace las preguntas”.

Por su lado, Verónica Zondek afirma: “Yo diría que, como lectora, lo que más me interesa de la poesía de Emily Dickinson es su capacidad de síntesis; la intensidad y profundidad con la cual su percepción logra develar un universo completo en una gota de agua; su sentido de lo musical, sus ritmos, rimas y cadencias; y su profunda empatía para con el mundo y cómo esto adquiere forma y se expresa en su poesía. Leerla es volver a entrar en contacto con lo conocido y lo desconocido y a su vez, es entender que lo trascendente habita al lado de nosotros y está vivo en los detalles más insignificantes”.

Familia, salí en el diario

En abril de 1861, en los Estados Unidos –la Unión- no se hablaba de otra cosa. Eran días difíciles. En las pujantes ciudades de la costa este la gente corría de prisa de un lado a otro tratando de asegurar víveres, en los regimientos comenzaba el enrolamiento de voluntarios animosos y los políticos veían cómo lo inminente finalmente se concretaba.

Ocurre que entre el 12 y 13 de abril de 1861, el ejército confederado había bombardeado Fort Sumter, una especie de ciudadela fortificada en Charleston, Carolina del sur, y que estaba bajo el dominio de una tropa de la Unión que solo atinó a defenderla débilmente antes de rendirse.

El incidente marcó un quiebre en la frágil y tensa paz entre los Estados Unidos y los recién autoconvocados Estados Confederados de América. Era el comienzo de la Guerra Civil de Secesión que desangraría el país del norte hasta 1865 entre muertos, campos arrasados y ciudades destruidas.

Tres semanas después del ataque confederado a Fort Sumter, en su edición del sábado 4 de mayo de 1861, un periódico de Amherst, el Springfield Daily Republican, incluía ocho poemas. La mayoría eran anónimos, y la mitad eran exhortaciones patrióticas a los unionistas ante el escenario de guerra que se estaba viviendo. Los demás, trataban otro tipo de temas, y el último “I taste a liquor never brewed” ("Pruebo un licor nunca preparado") era de una desconocida poeta local cuya identidad ahora conocemos.

Este fue uno de sus siete poemas que Emily Dickinson vio publicados en vida, todos en periódicos. En este caso, fue gracias al editor del Springfield Daily Republican, Samuel Bowles, quien se había hecho amigo de su hermano, Austin. Fue a través de él que Emily lo conoció y esto derivó en la publicación del poema, puesto que la poesía era algo que al editor le interesaba.

Según afirma la biografía The hidden life of Emily Dickinson, de John Evangelist Walsh, la poeta celebró el hecho junto a su familia y unos pocos amigos. Era un pequeño triunfo en medio de una vorágine agitada.

“¿Puede decirme si mis versos tienen vida?”

Es 1862, y en su oficina, Thomas Higginson, habitualmente un crítico literario y pastor abolicionista, ahora llevaba el uniforme del ejército de la Unión. Para su fortuna, su labor no estaba en el campo de batalla llevando un fusil, sino que estaba a cargo de la inducción de los nuevos voluntarios en el 51vo regimiento de Massachusetts. Sus días los pasaba recibiendo a los reclutas y enseñándoles todo lo necesario para ir a enfrentar a los sureños. Y en sus tiempos libres, como no, leía. Aunque había cambiado a los clásicos de la literatura por manuales militares y libros de historia.

Un día de abril, una carta llegó a sus manos. Venía de Amherst, a 30 millas de su ubicación. Desconocía quién era la remitente, nunca la había tratado, pero no pudo con la curiosidad y la abrió. En la misiva se leía:

Sr. Higginson

¿Está demasiado ocupado para decirme si mi verso tiene vida? La mente está tan cerca de sí misma - que no puede ver, claramente - y no tengo nada que preguntar - Si cree que mis versos respiran - y si tuviera el tiempo libre para decirme, yo sentiría una rápida gratitud.

Así, Emily Dickinson inició correspondencia con Higginson, quien efectivamente estaba ocupadísimo, pero de todos modos decidió ayudar a la poeta. Junto con la carta, venían cuatro de sus poemas.

Higginson, según The hidden life of Emily Dickinson, encontró que la puntuación de la carta era extraña, pero no se asombró tanto de eso como de encontrar esas mismas licencias lingüísticas en los poemas. “Parece haber sospechado que su corresponsal era muy joven, y la impresión solo pudo haber sido reforzada por lo que, en primera lectura, parecía ser una ineptitud técnica grave, particularmente en los esquemas de rimas tambaleantes”, se afirma en el citado texto.

Aún así, pese a los ripios técnicos, Higginson cayó cautivado por la imaginación enérgica de los poemas. Y así, decidió contestar al cabo de uno o dos días.

Cuando Emily Dickinson recibió la anhelada respuesta, se derrumbó. El crítico le hacía notar las fallas técnicas de su poesía y la trataba con cierta condescendencia, como si fuera una niña talentosa que necesita ayuda para mejorar. Herida, decidió esperar una semana para recuperarse y volver a reiniciar el contacto, el cual mantendría por prácticamente el resto de su vida.

Pese a los consejos de Higginson, Emily mantuvo su forma de versear, saltándose normas sintácticas e intercalando enigmáticos guiones.

Dickinson, la serie

Al respecto, y con la experiencia de haberla traducido, Verónica Zondek afirma: “Es cierto. El que otros no aceptaran el hecho de que para Emily el lenguaje usado de manera habitual no era el que le servía para expresar o ritmar lo que quería decir, es algo obvio ya que hasta no hace mucho, sus poemas no aparecieron publicados del modo en que ella los puntuó. Esto porque los estudiosos supuestamente “corregían los errores” que nunca fueron tales”.

Zondek añade que esa forma de escribir era la que su poesía pedía: “Ella hizo uso debido de su intuición poética para signar sus versos con lo que le era necesario. Su modo de usar la capitulación y los distintos signos de puntuación de seguro nacen de una necesidad esencial de su escritura como todo lo que escribe”.

Hacia el final de su vida, Emily Dickinson “conoció” a Mabel Loomis Todd, una joven escritora que llegó a Amherst y que hizo amistad con su hermano Austin, y luego con Lavinia, su hermana (a quien Emily llamaba “Vinnie”). Todd tuvo acceso a los poemas de Emily y fue clave para la publicación de ellos tras la muerte de la poeta, el 15 de mayo de 1886. Pese al interés por su poesía, nunca hablaron frente a frente, solo a través de la puerta de la habitación de Emily.

Lavinia descubrió los 1789 poemas que su hermana había escrito una vez que revisó su cuarto, ya fallecida. Ella y Todd comenzaron la tarea de tratar de publicar la poesía, a la cual se sumó Higginson. Sin embargo, los poemas aparecieron de manera muy distinta a cómo la autora los compuso. “Corregidos”.

“Tuvo que pasar mucho tiempo para que apareciera una edición de su obra que respetara las aparentes “salidas de madre” y supongo que eso tiene que ver con el hecho de que hoy se la reconoce como una creadora y por lo tanto se respeta la forma y el fondo de su obra”, afirma Verónica Zondek. Por eso es que recién en 1955 aparecieron compilados por Thomas H. Johnson tal como se conocen hoy, y les asignó número a cada uno, puesto que ella no acostumbraba a titular sus poemas.

Peor aún, solo en 2016 apareció el volumen Emily Dickinson’s poems, as she preserved them, de Cristiane Miller bajo el sello Harvard University Press. Ahí el círculo se completó.

Una estrella literaria en el siglo XXI

Algo así como “el pago de EEUU”, Emily Dickinson no conoció en vida el reconocimiento a su poesía. ¿Por qué ocurrió esto? Para Verónica Zondek, pasa porque no logró publicar, y agrega que “y de sí haberlo logrado, no habría alcanzado un público lector”.

Sin embargo, la autora de Vagido (Alquimia, 2014) agrega algo importante. La discriminación a las mujeres en la literatura. “No hay que olvidarse que una mujer no tenía chance de ser leída si lo que le interesaba era escribir con profundidad y densidad. Tampoco creo que exista una industria editorial capaz de instalar y lograr que se lea una poesía como la de Emily Dickinson. Si a Emily se la lee o se la sigue leyendo o se la empieza a leer, se debe a que su escritura habla con honestidad y es poderosa, penetrante y delicada”.

Para Montserrat Martorell, el hecho de que Emily Dickinson fuese desconocida en su época pasa justamente por lo poco convencional de su poesía. “Por su experimentación con el lenguaje, por su soltura, por su manera de observar la realidad. Es una mirada muy moderna, muy contemporánea, muy solitaria también. Hay un verso suyo que dice: ‘llenar nuestro vacío con desprecio’. ¡Escribe eso en el siglo XIX! Esa claridad para decir las cosas, para expresar, para sentir y traducir ideas, para trasladar conceptos y generar pensamiento hablado, es de una lucidez única”.

Basta con colocar el nombre de la poeta en las redes sociales para observar la cantidad de publicaciones de los usuarios al respecto para darse cuenta de que en pleno siglo XXI, Emily Dickinson es una especie de estrella literaria, una poeta redescubierta y respetada. Algo que suele pasar con frecuencia en la literatura, sobre todo con las mujeres (Lucía Berlin es otro caso similar).

La periodista y escritora, Montserrat Martorell

¿Por qué gusta tanto la poesía de Emily Dickinson en estos días? Montserrat Martorell responde: “Porque fue capaz de construir historias en torno a la naturaleza, en torno a la religión, en torno al amor y ese acercamiento, que es también su observación y sus detalles, es real, es honesto. Una buena escritura es una escritura transparente, una buena escritura es una escritura que se rebela. Haberse encerrado en su casa, en su cuarto propio, fue una muestra de su carácter, de su temperamento, de su revolución. La revolución de Emily Dickinson es una revolución de su cuerpo y su cuerpo son sus palabras”.

Sobre la misma pregunta, Verónica Zondek señala: “La poesía de Emily Dickinson atraviesa el tiempo hasta hoy y quién sabe hasta cuándo, porque su búsqueda es radical y toca todos los temas trascendentes del ser humano. En un mundo personal y acotado, ella percibe, discierne, intuye y anota el misterio de la vida; plantea preguntas fundamentales, mira las cosas y los asuntos del mundo como si los tuviera en sus manos por primera vez y todo eso lo escribe bellamente y con una falta de ego que, en estos tiempos tan individualistas, nos parece extraordinario”.

Zondek agrega otro factor relevante, la intimidad que muestran sus poemas. “Es extraordinaria y nos entrega una experiencia vibrante y original que, en tiempos de supremacía farandúlica y valor comercial de las cosas, hace que la lectura de Dickinson sea algo esencial y profundamente nutriente”.

Martorell añade que revisitar su obra en estos días tiene sentido: “Me parece interesante explorar el universo de Dickinson en tiempos de cuarentena porque vamos a reconocernos en ese lenguaje, en ese tiempo apagado, en esa invisibilidad que da a veces el estar muy solo con uno mismo”.

Tanto es así, que en 2016 se estrenó la cinta A quiet passion, una biopic sobre la poeta dirigida por Terence Davies, con Cynthia Nixon (“Miranda” de Sex and the city) en el rol de Emily Dickinson. Además, en noviembre de 2019, la plataforma de streaming Apple Tv+ estrenó la serie Dickinson, con la joven actriz Hailee Steinfeld (Bumblebee, Spiderman: un nuevo comienzo) en el rol principal.

Un poema favorito

Como un ejercicio de amor a la poesía, o de curatoría personal, en Culto pedimos tanto a Verónica Zondek como a Montserrat Martorell elegir un poema dentro del universo de Emily Dickinson y explicar el por qué de su elección.

Zondek abre los fuegos.

“Los poemas favoritos van cambiando de acuerdo al día, la hora y el lugar. Mas si tengo que elegir uno hoy, elijo el poema 1287. Lo cito completo porque es cortito y porque los poemas de Dickinson están numerados y no tienen título por lo que nadie lo reconocería de otro modo. El poema dice así:

Creo que no es necesario que explique por qué lo elijo. Es un poema que se habla a sí mismo y su lectura es una experiencia que no requiere de más palabras, sino que de detenernos y escuchar el silencio”.

Prosigue Montserrat Martorell.

“Hace algunos años hice un Máster de Escritura Creativa en la Universidad Complutense de Madrid. Ahí teníamos una clase de poesía y analizamos durante un par de horas este poema:

Me parece de una belleza suprema. Un poema sobre la identidad, sobre el feminismo, sobre la mujer. Es ritmo, es verdad, es fuerza. Hay valentía en estas preguntas, hay coraje, hay agudeza y también silencio”.

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