Culto

Alejandra Costamagna: “El vacío no se puede narrar siguiendo una lógica lineal”

En su nueva novela, Dónde puedo dejarlo, la escritora retrata una amistad marcada por la clandestinidad y los claroscuros de 1989, explorando cómo lo ausente anida en lo presente. En charla con Culto, desentraña los secretos de una obra fantasmal donde indaga en la memoria y en aquello que ya no se encuentra.

Foto: Daniel Mordszinski

Un cumpleaños incompleto. Una celebración con tortas, challas, serpentinas y todo, pero con un puesto vacío en la mesa fue la escena que se le coló en el imaginario de Alejandra Costamagna Crivelli (56), y desde ahí comenzó a explorar las posibilidades de una narrativa. “Lo pude haber soñado, vivido o imaginado: un padre celebra todos los años el cumpleaños de una hija que un día, sin previo aviso, ha desaparecido. Le compra una torta, adorna la casa con serpentinas, invita a las amigas, canta el feliz cumpleaños dirigiéndose el puesto vacío, sopla él mismo las velas y sirve un trozo de torta a la hija. A la hija que no está. Yo quería desarrollar esa imagen, esa ensoñación, esa vivencia, esa foto: lo que haya sido. Había algo que permanecía en lo desaparecido y me impulsaba a escribir, pero ese algo al mismo tiempo se resistía y me hacía ver el contrasentido de poblar la ausencia con palabras. Y empecé a tirar de ese hilo, de ese nudo más bien”.

Ese nudo fue tomando forma en una prosa delicada, algo densa, pero fluida. Así, surgió la historia de dos amigas -Mara y Manuela- que en la época del retorno de la democracia ven cómo su amistad sufre un trastabillón. Mara, quien pertenece a una organización clandestina, desparece, y muy de tanto en tanto retoma el contacto con su amiga. Es la historia de esa ausencia, ese vínculo accidentado, ese hueco donde alguna vez hubo algo, lo que Costamagna cuenta en Dónde puedo dejarlo (Anagrama), su nueva novela. Se trata del regreso a la ficción de la destacada escritora nacional desde la aplaudida El sistema del tacto (2018), con la que fue finalista del Premio Herralde de Novela.

Alejandra Costamagna. Fotografía: Gonzalo Donoso.

¿Cómo fue el proceso de escritura?

Fue a saltos, irregular e interrumpido. Di muchas vueltas alrededor de la imagen inicial. Y a la hija se le sumó la amiga y a la amiga el entorno y la tentación de ser otra, y así fui ensayando voces y tonos y perspectivas y temporalidades. Y en eso estaba cuando llegó la pandemia con su atmósfera fantasmal, que quizás también se haya colado, no sé. Por una parte me paralizó, pero también dio cabida a la revisión de papeles, recuerdos, documentos y álbumes de fotos que generó un movimiento de piezas. Y la pregunta por el modo en que lo ausente anidaba en lo presente fue abriendo un camino fértil para la conjetura y la imaginación. Pero todo este proceso, como decía, fue discontinuo: varios meses sin tocar el manuscrito y de repente un atracón de escritura y de nuevo soltarlo y retomarlo y leerlo en voz alta y escucharlo. Sobre todo escuché mucho la escritura de este libro.

¿Qué fue lo más complejo?

Para mí todos los libros son un primer libro. Y eso tiene la complejidad, que es también un gozo, de estar constantemente perdida. ¿Qué estoy haciendo? ¿Hacia dónde voy con esto? Hay un cierto caos que ronda el material y el desafío para mí es no ceder a la tentación de ordenarlo. Siempre tiendo al silencio en la escritura y en este caso, en el que daba espacio a la ausencia, eso fue fundamental. No traer todo a la luz, mantener la escritura en la entrelínea, tentar la traducción de algo intraducible.

Aparece una amistad marcada por la urgencia y la desaparición de una amiga (“Me muero si no llegas”) . ¿Qué te interesaba explorar de ese vínculo?

No me gusta pensar en las novelas a partir de una trama o de un tema, pero si tuviera que forzar una descripción diría que es la historia de una amistad interrumpida y de un vínculo radical, que se mantiene a partir de la especulación y el afecto. Pero acotaría que es un relato de amistad “en tanto conspiración”, como dice María Sonia Cristoff. En ese sentido, las amigas comparten en secreto algo indebido. Hay pasión en ello y hay también urgencia, porque de algún modo en esa etapa de transición de sus vidas —en varios ámbitos— están modulando y disputando sus identidades.

Mara pertenece a una organización clandestina en democracia. ¿Por qué te interesó explorar ese universo a partir de una relación de amistad?, ¿querías alejarte del relato épico?

La trama política de la novela es atravesada por los afectos. O, más bien, es desde lo afectivo que accedemos a lo político. Si miro atrás, así es también en En voz baja o en El sistema del tacto. Diría que me interesa la latencia política de la intimidad. El eco expansivo que puede contener lo íntimo, lo pequeño, lo aparentemente menor en su espejeo secreto con lo mayor.

Algo que es muy llamativo es que la primera parte de esta novela está escrita en segunda persona. ¿Cómo fue trabajar con ese tipo de voz?

El “tú” del primer capítulo de la novela es una suerte de “yo” camuflado. Buscaba cercanía con el personaje, pero también la posibilidad de mirarlo desde afuera. Y había algo en esa voz apelativa que insinuaba un carácter teatral; como si fuera la didascalia de una obra. Y eso me dio una clave que se filtró en la trama también. Pero el segundo capítulo, en realidad, está narrado en tercera persona. Y aunque ambos se focalizan en la amiga que se queda, hay fulgores de un narrador de carácter especulativo que va y viene entre una amiga y otra. Un narrador que escapa de la temporalidad y salta del pasado al futuro y del futuro a la tentativa de un presente. Eso termina encabritándose en la coda, donde el narrador sostiene proyecciones, deseos e hipótesis que trascienden el “tú”, el “yo” o el “ella”.

¿Qué te interesó del vínculo entre ambas amigas -Mara y Manuela- y la desaparición de una para que te sumergieras en esta novela?

Pensé que, dado el carácter simbiótico de esta amistad, la desaparición de una generaba un vacío en la otra. Pero la que se iba también experimentaba un vacío. ¿Eran equivalentes las pérdidas? Probablemente no. O sí, no lo sé. Pero en ambas generaba un desajuste en sus identidades, las torcía. Un poco a tientas fui sumergiéndome en el carácter especular de ese vínculo, sostenido en el ímpetu —mutuo— de convertirse en la otra persona. De ser quizás su fantasma, que se infiltra y habita en el nuevo escenario.

En el epígrafe citas a Anne Carson y una frase que habla sobre la ausencia, de soltar algo que ya no está. ¿Te interesaba escribir sobre esos vínculos fantasmales?

No fue premeditado, para nada, pero así se fue dando. Quizás tuvo que ver con la necesidad de construir otros modos de abordar las cicatrices de nuestra historia; esa herida latente que hoy se reabre con un gobierno de ultraderecha. Como sea, lo espectral fue tomando cuerpo y se trasladó a la estructura misma de la novela y terminó“afantasmándola”, si cabe la palabra.

Hay una prosa muy poética en esta novela, y hay espacios que derechamente son poesía. Cuéntanos un poco sobre el uso de la poesía en este libro.

Yo no sé si es poesía, en realidad. Hay, si se quiere, la combinación de lo narrativo con algo más lírico. Poner el centro en el lenguaje es cada vez más el asunto para mí. Y en línea con lo que decía recién, el abordaje de “lo que ya no está más” (en palabras de Julieta Marchant) impuso una sintaxis determinada, porque el vacío no se puede narrar siguiendo una lógica lineal ni progresando en la historia. Y eso se tradujo en la prosa y en un entramado de frases y formas y en una disposición visual y en cierta atención a las pausas, los cortes de líneas, los encabalgamientos, el ritmo, en fin, la música de las palabras.

¿Qué lugar ocupa el año 1989 y ese tránsito histórico en la construcción emocional del relato?

El contexto de transición, esa época limbo, atraviesa a las protagonistas. Hay algo craquelado ahí, como si el tiempo fantasmal de la dictadura perdurara en el presente del relato y se extendiera a los cuerpos de Mara y Manu. Pero 1989 es el telón de fondo que sostiene una atmósfera brumosa y a la vez exitista, propia de la transición. Y ese macro entramado tiene su correlato en el microespacio emocional de las muchachas, que experimentan su transición en otros planos y con otros resultados.

Alejandra Costamagna

¿Cómo dialoga esta novela con El sistema del tacto u otros libros tuyos en términos de memoria e identidad? En general, la memoria está muy presente en tu obra.

La memoria es una constante en mi escritura desde En voz baja, es cierto. Aunque tal vez sea con El sistema del tacto que Dónde puedo dejarlo encuentra más afinidades en la estructura, en la atmósfera o en el trabajo con los restos, los vestigios y las imágenes quebradas. Sin embargo, la memoria acá se corre levemente de lugar. O más que correrse, diría que se suspende. Se descompone, se desfigura, pierde sus contornos. Y ante la vaguedad de la memoria, toma lugar la precisión del afecto.

Tu escritura ha sido asociada a la “literatura de los hijos”. ¿Te identificas con esa etiqueta hoy?

Las etiquetas pueden ser útiles para examinar un momento, sus tendencias, los modos en que la literatura dialoga con determinado contexto. Pero si se las piensa como categorías fijas, terminan simplificando sus lecturas en una reducción temática. Pero más allá de la etiqueta, lo que interesa ahí, lo que a mí me interesa al menos, es la reflexión que el fenómeno permitió en torno a los usos de la memoria en la ficción en un momento determinado. Y la relevancia de los relatos de filiación —que no me parecen agotados— en la reconstrucción de una memoria colectiva.

Alejandra Costamagna presentará Dónde puedo dejarlo el próximo martes 14 de abril a las 19:30 horas en el Centro Cultural de España (Av. Providencia, 927, Providencia). La autora conversará con las escritoras Alia Trabucco Zerán y Juana Inés Casas.

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