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Prat, Baquedano y el mito de la “Esparta americana”: cómo la Guerra del Pacífico moldeó la identidad chilena

El historiador Gabriel Cid revisa en su nuevo libro cómo la Guerra del Pacífico fue transformada en un relato épico que forjó mitos, héroes y símbolos que aún estructuran la memoria nacional: de Arturo Prat como héroe secular, al desplazamiento del “roto” chileno y la monumentalización de la guerra en el espacio público.

A Benjamín Vicuña Mackenna, acaso el tribuno más notable del siglo XIX chileno, no se le escapó un detalle curioso en las parroquias de Santiago. A menos de un mes del combate naval de Iquique, comenzaron a multiplicarse los bautizos de recién nacidos llamados Arturo y Esmeralda. Incluso, a una niña se le designó el nombre “Artura”, en honor al malogrado capitán Prat. La anécdota ilustra cómo en la sociedad de entonces se generó un relato acerca de la Guerra del Pacífico, que ensalzaba a Prat como una suerte de santo secular. Un modelo para la nación en armas, que había ofrecido su sangre en aras de la causa patria.

Lo sucedido con Prat se replicó con los nombres de comercios, plazoletas y los infaltables bustos del héroe repartidos en todo el país. Una expresión que muestra cómo la sociedad fue construyendo la memoria y la identidad en torno al conflicto que marcó la historia de Chile. Esa construcción le llamó la atención a Gabriel Cid, doctor en Historia y académico de la USS.

Arturo Prat

Interesado en el impacto de los conflictos bélicos en el Chile decimonónico, acaba de publicar La Esparta Americana: memoria, identidad y nacionalismo (Crítica), un texto que sigue la senda de sus estudios en que se ha sumergido en la formación de un ideario nacionalista. En esta ocasión, entra de lleno en la sangrienta guerra librada entre 1879 y 1883. “Es un estudio sobre cómo el nacionalismo imagina la historia. Hay un vínculo poderoso, profundo y muy marcado en el siglo XIX entre historia y nacionalismo”, dice a Culto.

El estudio de Cid aborda el diálogo entre nacionalismo e identidad durante los años de la guerra y los sucesivos en varios puntos; desde la formación del mito de Arturo Prat como el héroe mártir y el ciudadano modelo del país, a la celebración del heroísmo colectivo de los 77 de La Concepción por sobre la memoria del “roto chileno”, y la instalación de monumentos impulsada por el recuerdo de la guerra. “En general, los estudios del nacionalismo tienden a enfocarse en el ámbito institucional, pero descartaban los aspectos más bien simbólico-culturales, que para mí constituyen la fuerza emotiva del nacionalismo”, asegura el autor.

Si antaño, Chile fue “la Inglaterra de Sudamérica”, en los días de la guerra del Pacífico quienes participaban del debate público propusieron otra comparación; la victoria sucedió porque éramos la “Esparta del Pacífico”. La referencia a los antiguos lacedemonios, atribuía a los chilenos una serie de valores como la disciplina, la frugalidad y el valor. “Como contemporáneos tenemos cierta distancia con el mundo clásico, pero en el siglo XIX, la gente estudiaba latín en el liceo, bajo ninguna circunstancia era algo foráneo o excéntrico. Era una cultura muy bien formada en el ámbito clásico”, explica Cid. “Y lo que me llamó la atención es que a medida que revisaba, aparecía inmediatamente el símil de Esparta, en tanto espejo idealizado a partir del cual a uno le gustaría reconocerse; una comunidad heroica, frugal, respetuosa por las leyes y con una voluntad sacrificial en aras de la comunidad, que la hace distinta”.

Gabriel Cid, historiador

En esa “Esparta americana”, sin duda Arturo Prat sería algo así como Leonidas, el legendario rey que pereció en las Termópilas junto a sus 300 guerreros. Su leyenda comenzó a fraguarse desde que se conoció la tragedia, aunque fue variando en el tiempo. “El culto es inmediato, desde el nombre de las calles, a los niños, los negocios. Es primero, un símbolo de valor militar y de ciudadano modélico. Pero ya en el cambio de siglo, comienza a aparecer cierta exaltación de la vida privada de Prat”.

Fue en los primeros años del siglo XX, en camino a la “crisis del centenario” cuando al héroe de Iquique se le comenzó a destacar como esposo abnegado y estudiante modelo. “Y son los profesores los que más insisten en esa dimensión; si queremos, parafraseando el leitmotiv del nacionalismo que Trump ha actualizado, hacer Chile grande de nuevo, deberíamos entonces inspirarnos en aquellas virtudes que forjaron las grandezas. Y Prat suministra todas esas virtudes”, detalla Cid.

El otro gran héroe de la guerra fue Manuel Baquedano, comandante en jefe del ejército en campaña desde abril de 1880 y artífice de las victorias en Tacna y la campaña de Lima. “El problema de Baquedano, más allá de su éxito en el campo militar, radica en dos cuestiones: su larga vida y los esfuerzos por capitalizar políticamente su figura”, dice Cid.

General Manuel Baquedano

La figura del general generó controversias, especialmente por su incapacidad de frenar los saqueos durante el período que estuvo al mando del país tras serle delegado por el presidente Balmaceda. Todo quedó atrás cuando se levantó su monumento ecuestre en el centro de Santiago, el mismo que fue retirado tras el estallido social. “Termina por imponerse como héroe postmortem, el monumento de Baquedano, es el último gran monumento de la guerra. Por supuesto, en el siglo XXI, a Baquedano se le acusaría de ser racista, xenófobo, de masacrar a los mapuches, las razones por las cuales era un héroe en el siglo XIX. Entonces, juzgar a los muertos del XIX con nuestros valores, me parece un ejercicio pueril”.

Un aspecto interesante que desarrolla el texto, es cómo el suceso de la batalla de la Concepción, desplazó en la memoria colectiva el homenaje al “roto” chileno. Para la elite era innegable que fue el “roto” con fusil y corvo en mano, el que ganó la guerra. Pero lo sucedido el 9 y 10 de julio de 1882, una batalla intrascendente en términos estratégicos, abrió otra dimensión. “El problema del ‘roto’ es que es una figura bifronte; es ícono de clase, de los sectores populares, pero al mismo tiempo, es ícono del mestizaje chileno. En la guerra conviven las dos”, explica Cid.

Combate de La Concepción

Todo cambió hacia el centenario. “Con la expansión del movimiento obrero y el recrudecimiento de la cuestión social, exaltar a un ícono popular admite lecturas críticas, más que exaltar a la nación. Entonces hay una necesidad histórica de la época que ve en estos 77 soldados a la nación en armas; son jóvenes de todas las clases sociales, desde un joven curicano hasta un descendiente de un héroe de la independencia, mueren todos. Es decir, entre el roto, que permite una lectura más bien crítica sobre la nación, y esta inmolación colectiva, vamos a privilegiar esto. Y ahí escogen, además, el aniversario para celebrar el día de la bandera”.

Otro aporte de la investigación es tratar las primeras celebraciones de episodios específicos de la guerra en algunas ciudades fuera de Santiago: desde el 21 de mayo en Iquique, como un hito fundacional de la presencia chilena, a la disputa por la memoria del 7 de junio en Arica. “Yo quería hacer una historia del impacto de la guerra en Chile, entonces tenía que hacerme cargo del país -dice Cid-. Ahí hay algunas lógicas; la primera, aquellas batallas que parecerían haber sido las más importantes, Chorrillos y Miraflores, casi no tienen valor conmemorativo, más allá del ámbito castrense. Lo segundo, que hay efemérides locales que no se festejan en ninguna otra parte; el 14 de febrero, por ejemplo, en Antofagasta. Pero lo más fascinante fue lo del 7 de junio en Arica: hasta el Centenario, cuando la política de chilenización no es tan intensa, el 7 de junio es patrimonio conmemorativo de la comunidad peruana, y de un tono más bien reverencial, hacen romerías al morro. Pero en el centenario todo cambia, los chilenos aceleran el proceso de chilenización y arrebatan la conmemoración del 7 de junio”.

-En otro tema, como historiador ¿cómo ves el boom de la difusión histórica al que se han sumado autores como Baradit?

-La Historia siempre ha sido un género popular en Chile. Nadie ha escrito más libros que Benjamín Vicuña Mackenna, ni siquiera solamente de historia, y así en adelante los textos de Encina, el boom que significó Adiós al séptimo de línea; siempre ha habido un interés y pasión por la Historia. Pero no soporto, y encuentro que es además una impostura, cuando no, derechamente una falsedad, asumir la siguiente idea: los poderes fácticos le ocultan la verdadera historia a los ciudadanos y ahí viene el difusor de historia con ámbito de demiurgo para descorrer el velo ¿para qué? para repetir cosas que se saben desde hace siglos. Que uno lo ignore no significa que no exista. Me molesta, en particular, la difusión histórica que parte de esa premisa. Pero me gusta que hayan muchos podcasts, que la gente se ponga a conversar de libros de historia. Yo me niego a pensar que el pasado es patrimonio solo de aquellos que estudiaron licenciatura en Historia, me niego rotundamente a pensar en eso. Pero se pueden hacer las cosas de manera decente, sin intentar abusar de esta una especie de cheque en blanco de que yo les vengo a contar la verdad que los historiadores o la historia oficial, como si esa cuestión existiese, les ha ocultado. Creo que quitando ese tipo de de personaje, yo lo celebro. La gente quiere aprender de historia, pero los historiadores también tenemos el deber de enseñarles las cosas bien.

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