Diario Impreso

Como aves ante la disección

<P>La historia de un misterioso zoólogo en Alemania Oriental da vida a Kaltenburg, cuarta novela del alemán Marcel Beyer. </P>

Mientras camina perdido entre cráteres y cuerpos, algo le pega con fuerza en el hombro y luego en la cabeza. Aspero y pegajoso, el objeto huele a carne quemada. La noche del 13 de febrero de 1945, Dresde es bombardeada por las fuerzas aliadas y un niño de 11 años ve llover, desde el cielo, bandadas enteras de pájaros calcinados. Durante toda la noche, los pequeños proyectiles no cesarán de golpearse contra el suelo.

El macabro episodio será clave en la vocación de Hermann Funk, ornitólogo residente en Alemania Oriental y narrador de Kaltenburg (Edhasa), la cuarta novela del escritor, traductor y poeta alemán Marcel Beyer (1965). Miembro de la generación de narradores que comenzó a publicar tras la caída del Muro, revisita el pasado de una nación marcada por la guerra y el genocidio. Esta vez desde una perspectiva poco convencional: la ciencia de los pájaros y la misteriosa figura de un zoólogo austríaco.

Su nombre es Ludwig Kaltenburg y su máxima: "Vivir significa observar". Maestro del joven Hermann Funk -quien queda huérfano tras el bombardeo-, el científico lleva una vida excéntrica, rodeado de sus animales en el Instituto de Dresde. "¿Qué animales? Yo los estudio a ustedes", suele decir a los impertinentes.

El discípulo, ya convertido en un veterano, recuerda a quien fuera su maestro y también un padre sustituto, dando origen a un relato que ilumina la misteriosa figura de Kaltenburg, desaparecido en Viena con la caída del Muro. A modo de puzzle, los cuadros incomprensibles de la infancia y las disputas escuchadas a medias detrás de la puerta van adquiriendo sentido. Como aquella vez en que su verdadero padre discute con el profesor a propósito de un ave herida. O como cuando éste decide borrar de su biografía su paso por la ciudad de Posnania. A medida en que el narrador recuerda, el hombre que le enseñó a disecar pájaros toma ribetes macabros.

Y si bien el mutismo tan propio del profesor lo acompaña prácticamente hasta la tumba, sólo bastan unas copas de más -o quizás el peso de la conciencia- para que sus más cercanos se enteren de que ha mirado a los ojos al mismísimo líder de la URSS. "Trabajé mucho tiempo bajo la mirada atenta de Stalin, lo suficiente como para memorizar ese rostro para siempre. Supongo que debe ser casi imposible saber a qué me refiero si uno no vivió durante un tiempo largo con la sensación ininterrumpida de tener sus ojos clavados en la nuca, mirándote constantemente las manos", relata al enterarse de su muerte.

La historia de Alemania Oriental, la muerte de Stalin, un nuevo antisemitismo y el ojo observador de la RDA, conviven en la narración como telón de fondo del Instituto de Dresde. Incluso el mismo personaje de Kaltenburg encuentra su símil en la realidad: para construir el personaje, el autor se habría inspirado en el zoólogo austriáco Konrad Lorenz, Nobel de Medicina en 1973 y en cuyos postulados es posible leer una adhesión a la ideología nazi.

En la vieja casona, los científicos se pierden entre las innumerables especies que allí coexisten. Patos, hámsteres, peces, vencejos, grajillas y cuervos; todos son estudiados detenidamente por Kaltenburg y sus colaboradores. La ironía es que ellos mismos también son observados por la RDA como aves antes de la disección.

Esta es una novela con múltiples niveles de lectura, casi tan compleja como la ciencia de la que el autor se vale para levantarla. La ambigüedad de la historia, a veces abrumadora, sólo se debe a la confusión que siempre trae consigo el recuerdo.

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