Diario Impreso

El mariscador que salva vidas en Reñaca

<P>A los 16 años aprendió a rescatar personas de un océano que no tiene nada de pacífico. Hoy, casi con 60 años, es el salvavidas más antiguo de la playa más popular de Reñaca. El, sin embargo, también es un experto buzo, que se pasa hasta tres horas mariscando, el mejor entrenamiento antes de cada verano. Esta, anuncia, será su última temporada. </P>

El 13 de enero Miguel Angel Salas Ovando cumplirá 60 y, seguramente, como hace ya 44 años, su día partirá en el mar. Es que del mar como buzo y pescador crió a sus cuatro hijos, y del mar hace más de cuarenta temporadas que salva vidas. Cada verano este buzo mariscador se convierte en el salvavidas más experimentado del Quinto Sector de Reñaca, en la V Región, donde su trayectoria es respetada por igual entre turistas chilenos y argentinos, surfistas y otros que, como él, vigilan esta playa siempre de moda.

"Este verano es el último", asegura mientras conversa frente al área a la que llegó en 1970, después de pasar por los cuatro sectores del balneario. "Con la pesca me va mejor y ya tengo mis años. En esto es harta pega y responsabilidad. No es bien reconocido el salvavidas. Yo aquí recibo 15 mil por día y soy de los que gano más", cuenta.

Mientras habla, no quita sus ojos de la orilla y va indicando, como la palma de su mano, las corrientes y los hoyos de este fondo de mar que tan bien conoce. "Ahí hay hoyos de cuatro metros a menos de 15 metros de la orilla y se juntan las corrientes. La gente se ahoga porque se mete confiada y el agua los tira al hoyo, no los deja salir. Uno tiene que nadar afuera (mar adentro) y salir por el cuarto sector", recomienda.

Hasta 80 bañistas recuerda haber sacado el verano del '72 con sus compañeros. "En un día se estaban ahogando 13 personas. La corriente había socavado la playa y se hizo un tremendo hoyo. Con cordeles, un helicóptero y todos los salvavidas, incluido mi hermano Rolando, del sector dos, los sacamos".

Tan vital fue ese rescate para una familia argentina, que volvieron a invitarlos a él y su hermano a la hacienda familiar que tenían en Mendoza y también a Buenos Aires. "Fue mi hermano, yo no quise", dice Miguel Angel.

Sí recuerda con afecto a una turista capitalina que cada Navidad les preparaba y llevaba pan de pascua: "Habíamos salvado a su único hijo en Navidad. Y hasta que murió nos vino a ver".

"Ahora, la gente ha tomado más conciencia del mar; antes no hacían caso y se metían no más", reflexiona. Y no deja de comentar cómo ha cambiado el tipo de turista en Reñaca: "Yo llegué aquí cuando había carpas y venían familias bien acomodadas. Ahora no hay mucho de eso, y mucha gente viene a aparentar roce social, que se nota a la legua que no tiene", se ríe.

Ni idea tiene de cuántas personas ha sacado del mar, pero no olvida de quién aprendió. Doce años tenía cuando buceó por primera vez "por las mías no más", dice, porque su padre iquiqueño le había enseñado a nadar muy bien. "De la escuela me arrancaba a la playa en Recreo, donde vivíamos" y, por eso, a los 16 años, ahí mismo quiso aprender a salvar vidas con los antiguos salvavidas, liderados por Carlos Soto, en playa Poca Ola, hoy desaparecida. "Lo primero que me enseñaron fue a remolcar, a no tenerle miedo al mar y reconocerlo: ver por dónde chupa, por dónde bota, por dónde corre la corriente. Uno siempre tiene que estar con la vista en el mar", afirma. Y agrega: "Un salvavidas aunque no sepa nadar bien, tiene que tener corazón y no tenerles miedo a las personas, porque una persona ahogándose se tira encima. Hay que calmarla, saber zafarse y remolcarla".

Lejos del rudimentario equipo con el que comenzó, hoy, al estilo Baywatch, los 16 salvavidas de Reñaca tienen caseta, tenida con filtro UV y un práctico flotador que estrenarán este verano, que facilita el remolque de bañistas. Eso, sumado a las motos de agua y mayores unidades navales y aéreas que apoyan la tarea.

"Los salvavidas de ahora tienen todos los elementos de seguridad para trabajar. Yo empecé a los 16 a puro amarre, a pulso, con un flotador y el cordel con el que tirábamos a la gente de la orilla", recuerda.

Buzo mariscador y pescador artesanal desde los 18, cuando fue visado por la Armada, trabajó en la caleta El Membrillo, y hoy lo hace en la Montemar, vecina a Cochoa. Si no es en bote, es bajo el agua, pero a diario Miguel Angel sale al mar. "Me gusta. Siempre me gustó tener una vida compatible con el mar. Estoy en mi casa y me ahogo. Tengo que estar al lado del mar, de la brisa marina, debajo del agua. Es otro mundo, me entiende", afirma.

Hasta tres horas diarias puede bucear, sacando jaibas, lapas y locos -cuando no hay veda- y con casi 60 años puede nadar 400 metros en siete minutos, ayudado con aletas. "No es la velocidad la clave; es no perder de vista a la persona que se ahoga", asegura. Y dice, sin humildad: "Un par de resfríos al año es de lo que me tengo que cuidar, nada grave".

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