Por Yurii DiudinLa guerra que también se libra en nuestras pantallas

Por Yurii Diudin, embajador de Ucrania
Imaginemos a un habitante de Santiago que lee noticias sobre Ucrania en las redes sociales. Se encuentra con afirmaciones según las cuales Ucrania estaría gobernada por nazis y la invasión rusa tendría como objetivo su “desnazificación”. En otra publicación le dicen que las matanzas de civiles en Bucha fueron un montaje, que las víctimas eran en realidad militares ucranianos o que la propia Ucrania sería responsable de los crímenes cometidos por el ejército ruso.
Estas afirmaciones no son difundidas únicamente por la propaganda oficial rusa. También las reproducen sitios que se presentan como medios independientes, centros de análisis, blogueros y cuentas en redes sociales. Los mensajes pueden aparecer como investigaciones, interpretaciones alternativas de los acontecimientos u opiniones de expertos locales. Cuando las mismas narrativas circulan por distintas plataformas, se crea la ilusión de que están respaldadas por fuentes independientes. Así, la manipulación encubierta se disfraza de intercambio de opiniones y resulta cada vez más difícil saber quién intenta moldear nuestra percepción de los acontecimientos y con qué propósito.
La guerra moderna no se libra únicamente en el campo de batalla. También se desarrolla en el espacio informativo, donde Estados y grupos organizados compiten por la atención y la confianza de las personas. Aunque Chile está geográficamente lejos de Ucrania, no está aislado de estos procesos.
En octubre de 2026, OpenAI publicó un informe sobre la operación rusa de influencia conocida como Dark Clark, vinculada a actividades encubiertas en América Latina. Según la compañía, operadores rusos utilizaron ChatGPT para preparar contenidos, informes internos y otros materiales para campañas informativas. Una parte importante de esta actividad buscaba desacreditar a Ucrania, mientras que otras acciones estaban relacionadas con la política interna de países como Argentina y Bolivia.
Uno de los objetivos de la operación era ocultar el verdadero origen de los mensajes. Según el informe, sus responsables controlaban el Social Research Center (SRC), una plataforma que se presentaba como un centro de investigación independiente. Para gestionar el proyecto se utilizaba una identidad ficticia llamada Mia Clark. Algunas personas involucradas en América Latina posiblemente desconocían quién estaba detrás de la iniciativa. Los investigadores identificaron más de 60 artículos en el sitio web del centro.
Este caso muestra cómo la inteligencia artificial puede utilizarse no solo para producir textos, sino también para ocultar a los responsables de una campaña y difundir mensajes políticos bajo la apariencia de análisis independiente. El lector puede creer que está ante un artículo periodístico o una investigación, sin sospechar que detrás existe una operación organizada de influencia.
Otro aspecto de este problema fue abordado por Digital News Association (DNA) en un estudio presentado en marzo de 2026. El trabajo llamó la atención sobre la infraestructura mediática, mediante la cual se difunden narrativas rusas en América Latina: medios estatales, sitios web que imitan a medios independientes y redes de distribución de contenidos. Estas estructuras permiten adaptar los mensajes al contexto local y difundirlos a través de plataformas que, a primera vista, no parecen tener vínculos evidentes con Rusia.
Una campaña puede desarrollarse en varias etapas: primero se crea un contenido, después aparece en una plataforma que se presenta como independiente y finalmente lo difunden otras páginas y usuarios. Así, una persona puede encontrar las mismas afirmaciones en distintos lugares y tomarlas como confirmaciones independientes, aunque procedan de una misma fuente o formen parte de una campaña coordinada.
En las redes sociales de la Embajada de Ucrania en Chile también observamos un fenómeno que merece atención. Algunas publicaciones reciben oleadas de comentarios que repiten casi exactamente las mismas tesis prorrusas. Parte de las cuentas tienen pocas publicaciones, carecen de un historial de actividad personal claro o presentan patrones de comportamiento similares.
Estas características no demuestran por sí solas que una cuenta sea un bot. Sin embargo, cuando numerosas cuentas repiten los mismos mensajes al mismo tiempo, cabe preguntarse si estamos ante un debate espontáneo o ante un intento de crear artificialmente una determinada impresión.
La repetición constante de un mensaje puede generar la ilusión de que una parte importante de la sociedad comparte esa opinión. La actividad de un grupo reducido puede parecer la voz de muchos ciudadanos. Por eso, la popularidad de un mensaje en las redes sociales no constituye automáticamente una prueba de su veracidad ni de un amplio respaldo social.
La guerra informativa también tiene una dimensión tecnológica. En octubre de 2026, el presidente de Ucrania, Volodymyr Zelensky, afirmó que, tras los ataques contra centros de datos de la empresa rusa Yandex, los usuarios de redes sociales comenzaron a notar menos bots, odio, división y provocaciones. Su declaración llamó la atención sobre el papel de la infraestructura digital en la guerra informativa y sobre cómo las operaciones organizadas de influencia pueden mezclarse con las interacciones cotidianas en internet.
¿Qué significa todo esto para Chile? La distancia geográfica respecto de una guerra no protege a un país de la influencia informativa. Un mensaje creado en otro lugar del mundo puede llegar en minutos a la audiencia local a través de las redes sociales, plataformas de video y sitios en español. La inteligencia artificial, además, permite preparar y adaptar estos materiales con mayor rapidez.
Al mismo tiempo, no toda crítica a Ucrania es propaganda, no toda cuenta anónima es un bot y no todo mensaje falso forma parte de una operación organizada. En una sociedad democrática deben existir opiniones diversas. El problema surge cuando la información se distorsiona deliberadamente, se oculta quién está detrás de los mensajes y se intenta presentar una campaña organizada como una expresión independiente de la opinión pública.
Protegerse de la desinformación comienza con hábitos sencillos: comprobar la fuente de una noticia, buscar confirmación en medios independientes y no reenviar apresuradamente mensajes que provocan indignación o miedo. Si resulta difícil verificar una noticia impactante, conviene consultar a organizaciones de verificación de datos reconocidas, que comprueban información y detectan manipulaciones. No es necesario tener todas las respuestas; lo importante es saber encontrar fuentes fiables y evitar difundir información sin verificarla.
Ucrania ha acumulado una experiencia considerable en la lucha contra los ataques informativos durante la guerra a gran escala. Esa experiencia también puede ser útil para Chile. La cooperación internacional, el periodismo independiente y la alfabetización mediática ayudan a proteger el derecho de los ciudadanos a formar sus propias opiniones.
En la era de la inteligencia artificial, una de las mayores amenazas no consiste únicamente en que podamos creer una mentira. Mucho más peligroso es que alguien moldee silenciosamente nuestra percepción de los acontecimientos, influya en nuestras decisiones y nos haga dudar incluso de los hechos ampliamente documentados.
Combatir la desinformación también significa defender la libertad de pensamiento. La fortaleza de la democracia no reside en que todos piensen igual, sino en que cada persona pueda formar su propia opinión a partir de los hechos y no de manipulaciones encubiertas.
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