Por Claudio VergaraJosé Luís Peixoto, autor portugués: “La literatura siempre es política, pero no necesita de ser siempre panfletaria”
Una de las voces más aclamadas y premiadas de las letras portuguesas contemporáneas está en Chile y habla con Culto de su obra, de su relación cercana con el Nobel José Saramago y de cuando los intelectuales deben adoptar un compromiso vinculado a los hechos políticos de la actualidad: "Lo que me parece discutible es exigir a todos los escritores una misma forma de compromiso", argumenta.

Volver sobre la muerte. Así ha sido el viaje de retorno capturado por A montanha (2025), la última novela de José Luís Peixoto (52), una de las voces más reputadas y premiadas de las letras portuguesas contemporáneas.
Pero en su caso, no sólo se trata de regresar a uno de los grandes tópicos en la historia del arte, el gran tema que mueve e inquieta al mundo y a la propia existencia; en su caso, se trata de concluir un ciclo. Su debut literario, Te me moriste, de 2004, retrata el derrotero que siguió tras el fallecimiento de su padre, cuando el autor aún se empinaba por los veintipocos años.
Hoy, su nuevo título observa el deceso en condiciones más ajenas, al extraer las experiencias de pacientes con cáncer del Instituto Portugués de Oncología de Oporto.
“Sí, existe una relación entre los dos libros, aunque fueron escritos en momentos muy diferentes de mi vida. Cuando escribí Te me moriste, tenía entre veinte y uno y veinte dos años. La muerte de mi padre era todavía una experiencia reciente. Hoy tengo cincuenta y dos años y, naturalmente, mi perspectiva es otra. Con el tiempo, cambia nuestra relación con las pérdidas. La memoria no permanece inmóvil. Los recuerdos adquieren nuevos significados a medida que nosotros mismos cambiamos. No sé si hoy comprendo mejor la muerte, pero es cierto que tengo una experiencia más amplia de lo que significa vivir con una ausencia”, explica en conversación con Culto.

Pero la obra de Peixoto es amplia y no se reduce al último tramo de una vida. Sus libros exploran la memoria, los vínculos familiares, hay pinceladas de conflictos políticos, y sobre todo, existe un acento en torno a la identidad portuguesa de las últimas décadas. El mismo escritor -traducido a 30 idiomas- es en parte resultado del desarrollo político de su tierra: nació en 1974, el año de la Revolución de los Claveles, el levantamiento que puso fin a casi medio siglo de dictadura.
¿Otro pasaje más de una ruta cruzada por la historia de Portugal? Peixoto fortaleció un vínculo personal e intelectual con José Saramago, el mayor escritor de su nación y su primer premio Nobel de Literatura. Un hombre de opinión provocadora que dividió aguas en la cultura portuguesa y europea, sobre todo a partir de contingencias políticas (estaba afiliado al Partido Comunista). A él, a su larga sombra, Peixoto le convirtió en personaje en su libro Autobiografía. Además, en 2001 ganó el premio José Saramago, por su título Nadie nos mira.
De todos esos ángulos, el portugués -esta semana de paso por Chile- se hace cargo en esta conversación con Culto.
-Su última novela, A Montanha, vuelve a abordar dos de los grandes temas de su literatura: la muerte y la fragilidad humana. ¿Por qué siente la necesidad de regresar una y otra vez a esos territorios?
Es verdad que la muerte está presente en varios de mis libros, desde el principio. Me parece un tema que ofrece muchas posibilidades literarias, porque nos obliga a considerar aspectos de la vida que normalmente preferimos ignorar. Y la literatura siempre rechaza el tabú. Pero no siento que esté regresando siempre al mismo tema. En cada libro, las circunstancias son distintas, como también lo son las preguntas que se plantean. De una manera natural, la perspectiva siempre cambia con la edad y con la experiencia. Hay temas que permanecen, pero nuestra manera de abordarlos siempre evoluciona.
-El libro surgió de sus encuentros con personas que enfrentaban el cáncer. ¿Qué descubrió de la condición humana al escuchar esas historias? ¿Hubo algún testimonio que cambiara particularmente su manera de entender la vida?
Una de las cosas más importantes fue conocer experiencias muy diferentes entre sí. Aunque todas esas personas compartían una situación relacionada con el cáncer, sus circunstancias personales y sus maneras de vivirla eran muy distintas. La enfermedad tiene una dimensión médica, naturalmente, pero también afecta a las relaciones familiares, a los proyectos y a muchos otros aspectos de la vida. Me interesaba comprender esa complejidad, sin reducir las personas a su enfermedad.
-¿Escribir sobre la muerte es una manera de comprenderla, de combatirla o de aprender a convivir con ella?
Creo que puede ser una manera de organizar algunas ideas sobre ese tema y, de esa manera, comprender algunos de sus efectos. La muerte en sí misma continúa siendo un misterio, pero las reacciones humanas ante ella son concretas, a pesar de tan diversas. La literatura permite observarlas, darles forma. No diría que escribir sea una manera de combatir la muerte. No creo que la inmortalidad sea una posibilidad. Igualmente, tampoco creo que todos los libros que abordan este tema tengan necesariamente una intención de consuelo. Para mí, lo más importante es lo que la escritura permite descubrir durante su proceso.

-En A Montanha conviven experiencias reales y elementos de ficción. ¿Dónde establece el límite ético cuando transforma el sufrimiento de personas reales en literatura?
Esa es una cuestión muy importante, especialmente en un libro con estas características. Hay una diferencia entre utilizar una experiencia real como punto de partida y reproducir literalmente la vida de una persona. Hay que mantener siempre presente la presencia de la ficción en textos literários como este. O sea, no son absolutamente biográficos. Sin embargo, el elemento biográfico, mismo que no sea absoluto, implica una importante responsabilidad. Es necesario respetar la intimidad y la dignidad de quienes comparten sus experiencias. En este caso específico, también me parece fundamental evitar una representación simplificada de la enfermedad o del sufrimiento. Las personas son mucho más que aquello que les ha sucedido.
-Usted ha señalado que este libro cierra un ciclo en su trayectoria. ¿Siente que está entrando en una nueva etapa como escritor? ¿Qué temas comienzan a interesarle ahora?
Sí, creo que A montanha puede entenderse como el cierre de un ciclo, sobre todo si consideramos su relación con algunos de mis libros más recientes. En más de veinticinco años de trayectoria, es natural que lleguen momentos en los que existen cambios. Al mismo tiempo, no me gustaría definir demasiado pronto lo que vendrá después. Cada proyecto tiene sus propias exigencias y muchas veces los temas se van revelando durante el trabajo. Me interesa continuar explorando posibilidades narrativas distintas y evitar que la experiencia acumulada se convierta en una forma de repetición, pero, hay momentos en que es difícil evitar ciertos retornos. Cuando ocurren eses regresos a ciertos temas, es porque hay preguntas que siguen sin una respuesta definitiva.

Saramago, Europa y la política
-Usted conoció personalmente a José Saramago y tuvo una relación muy especial con él. ¿Cuál es el recuerdo más íntimo o significativo que conserva de esos encuentros?
Tuve la suerte de conocer a José Saramago y de compartir con él diferentes momentos. Naturalmente, su importancia como escritor era enorme para mí, pero el trato personal me permitó conocer aspectos que no siempre eran evidentes en su imagen pública. Recuerdo especialmente su atención a las personas y su manera de conversar. Era alguien con opiniones muy firmes, pero que mantenía la curiosidad y el sentido de humor. Más que elegir un episodio concreto, valoro el conjunto de esos encuentros y el privilegio de haberle conocido.
-¿Qué le enseñó Saramago sobre la literatura y qué le enseñó sobre la vida? ¿Son dos enseñanzas diferentes?
Creo que, en su caso, es difícil separar completamente ambas cosas. Saramago tenía una concepción muy exigente de la literatura, pero también de la responsabilidad individual. Su trayectoria demuestra que un escritor puede construir una obra profundamente personal sin renunciar a participar en la sociedad. Desde el punto de vista literario, me parece especialmente importante su independencia, la manera en que desarrolló una voz propia. Igualmente me marcó la manera como escribía desde convicciones muy fortes. Esa fue igualmente una lección de vida: la importancia de fortalecer las convicciones y de seguirlas.
-En Autobiografía decidió convertirlo en un personaje de ficción. ¿Fue difícil escribir sobre alguien a quien admiraba y conocía personalmente, sin caer en una idealización?
Sí, era un riesgo que tenía que considerar. Cuando se escribe sobre una figura tan conocida, el lector ya tiene una imagen de esa persona, formada por sus libros, sus declaraciones y su presencia pública. En mi caso, existía además el conocimiento personal. Pero Autobiografía es una novela, no una biografía de Saramago. Por eso, lo fundamental era encontrar el lugar que ese personaje debía ocupar dentro de la ficción. La admiración no puede sustituir al trabajo literario. Un personaje idealizado, sin contradicciones ni complejidad, difícilmente resulta interesante. El mismo Saramago escribió El Año de la Muerte de Ricardo Reis, en donde incluyó un heterónimo de Fernando Pessoa como personaje. Aquí, de cierto modo, se trataba de hacer algo semejante con el próprio Saramago.
-Saramago fue un intelectual muy comprometido políticamente, con posiciones que provocaron controversias en Portugal. ¿Cree que hoy hacen falta escritores con esa disposición a intervenir en los debates públicos?
Sí, creo que es importante que los escritores participen en los debates públicos, si sienten que tienen algo que aportar. Saramago nunca separó completamente su actividad literaria de su intervención cívica y política. Sin embargo, no creo que exista un modelo único de escritor. Hay autores que intervienen constantemente en la actualidad y otros que prefieren hacerlo a través de sus libros. Ambas posiciones son legítimas. Lo importante es que cada uno tenga libertad para expresar sus opiniones, sin que se espere de los escritores una unanimidad que tampoco existe en el resto de la sociedad. Además, me parece que con frecuencia hay una visión limitada de lo que es la intervención política. La literatura siempre es política, pero no necesita de ser siempre panfletaria.

-Si Saramago estuviera vivo y pudiera observar la Europa de 2026, sus tensiones políticas, las guerras y el auge de los nacionalismos, ¿qué cree que le preocuparía especialmente?
Es difícil responder por alguien que ya no está entre nosotros. Sin embargo, conocemos bastante bien sus posiciones sobre muchas cuestiones políticas y sociales. Saramago fue un crítico persistente de las desigualdades, de los abusos del poder y de las contradicciones de las democracias contemporáneas. Es razonable pensar que encontraría motivos de preocupación en la situación actual de Europa. Seguramente también tendría opiniones muy claras sobre las guerras y sobre el crecimiento de los movimientos nacionalistas. Pero prefiero no atribuirle palabras o posiciones concretas sobre acontecimientos que no llegó a conocer. Sus libros y sus intervenciones públicas ya nos ofrecen muchos elementos para reflexionar sobre el presente.
-Usted ha dicho que Saramago nunca generó consenso en Portugal. ¿Por qué cree que una figura que alcanzó semejante reconocimiento internacional también despertó tanta resistencia en su propio país?
Es verdad que Saramago fue una figura polémica en Portugal, incluso después de recibir el Premio Nobel. Una parte de esa resistencia estuvo relacionada con sus posiciones políticas, particularmente con su vinculación al Partido Comunista Portugués. También hubo conflictos en torno a la religión, como sucedió con El Evangelio según Jesucristo y la decisión del Gobierno portugués de impedir que la novela fuera candidata a un premio literario europeo. Son episodios que muestran hasta qué punto su figura trascendía el ámbito estrictamente literario. Saramago tenía convicciones fuertes, las expresaba públicamente y no evitaba la confrontación. Sería extraño que una figura con esas características no provocara también desacuerdos.
-¿Qué le preocupa más del presente europeo: el auge de los nacionalismos, la polarización política, las guerras o el debilitamiento de ciertos valores democráticos?
Esas son cuestiones que están relacionadas entre sí. La polarización política, por ejemplo, puede dificultar el diálogo y favorecer posiciones cada vez más extremas. Con vínculos directos a ese problema hay la facilidad con la que ciertos discursos simplifican problemas complejos y presentan a determinados grupos como responsables de todos los males de una sociedad. La historia de Europa debería ayudarnos a reconocer los peligros de esos mecanismos.
-¿Considera que los escritores europeos están suficientemente comprometidos con los problemas políticos y sociales de su tiempo? ¿O la literatura se ha vuelto demasiado autorreferente?
No creo que sea justo hablar de los escritores europeos como si formaran un grupo homogéneo. Hay autores muy comprometidos con cuestiones políticas y sociales, y otros cuyos intereses literarios se orientan en direcciones diferentes. Tampoco considero que una novela tenga más valor por abordar directamente un problema de actualidad. La literatura puede ser profundamente crítica sin mencionar acontecimientos políticos concretos. Por otra parte, siempre ha existido una literatura que reflexiona sobre sí misma, y eso también puede ser interesante. Lo que me parece discutible es exigir a todos los escritores una misma forma de compromiso.
-En tiempos en que estamos expuestos diariamente a imágenes de guerras y tragedias, ¿la literatura puede devolvernos una sensibilidad que el exceso de información parece estar erosionando?
Sí, creo que la literatura puede contribuir a eso. Una de las diferencias entre leer una novela y consumir información es el tiempo que dedicamos a cada experiencia. Las noticias nos presentan acontecimientos que se suceden rápidamente, mientras que una novela puede detenerse durante cientos de páginas en la vida de unas pocas personas. Esa diferencia de escala y de atención es importante. La literatura también permite conocer la perspectiva de alguien muy distinto de nosotros, sin reducirlo a una imagen o a una cifra. Esto no significa que leer nos convierta automáticamente en personas más sensibles, pero puede ser una ayuda a prestar atención a realidades que de otro modo conoceríamos de una manera superficial.
-Después de Saramago, ¿qué lugar ocupa la literatura portuguesa en el panorama internacional? ¿Siente que sigue existiendo una barrera para los escritores que publican en portugués?
El Premio Nobel de Saramago tuvo una importancia enorme para la visibilidad internacional de la literatura portuguesa. Sin embargo, sería un error pensar que nuestra literatura se reduce a un solo nombre. Portugal tiene una tradición literaria muy rica y, en las últimas décadas, diferentes autores han conseguido llegar a lectores de numerosos países. Sin embargo, mismo que la lengua portuguesa disponga de un ámbito amplio, la circulación internacional depende del interés de editores, traductores y otros mediadores culturales. Además, existe una diferencia entre ser traducido y conseguir una presencia continuada en un mercado extranjero. Aun así, creo que hoy existen más oportunidades de circulación internacional que en el pasado.
-La inteligencia artificial ya es capaz de producir relatos, poemas y novelas. ¿Qué puede ofrecer un escritor humano que una máquina nunca podrá reproducir?
Escribir literatura no consiste solamente en producir un conjunto de frases. La literatura es hecha por personas, utiliza el lenguaje que es una materia absolutamente humana, y se destina a personas. Un escritor tiene una biografía, una experiencia del mundo, una relación con su tiempo y con la sociedad en la que vive. Igualmente, existe una responsabilidad sobre lo que se escribe. Creo que el desarrollo de la inteligencia artificial nos obligará a pensar con más precisión en estas cuestiones, y no necesariamente a repetir definiciones tradicionales de lo que es la literatura. Sin embargo, no tengo certezas sobre el futuro. Los cambios que se acercan me parecen demasiado grandes para que puedan ser previstos.

-¿Qué significa para usted venir a Chile y encontrarse con lectores tan lejos de Portugal? ¿Qué imagen tiene de nuestro país y de su literatura?
Para un escritor portugués, encontrarse con lectores en Chile es una oportunidad muy especial. Me interesa especialmente descubrir cómo se leen mis libros en contextos distintos de aquel en el que fueron escritos. Los lectores pueden encontrar en una obra aspectos que el propio autor no había previsto. En cuanto a Chile, es un país con una tradición literaria de enorme importancia. Me interesa conocer mejor su realidad contemporánea y no limitarme a las imágenes que llegan hasta nosotros desde la distancia.
-Portugal y Chile comparten experiencias históricas relacionadas con dictaduras, transiciones democráticas y memoria política. ¿Cree que esas experiencias pueden establecer un diálogo entre nuestras literaturas?
Sí, creo que existen puntos de contacto importantes. Portugal y Chile vivieron dictaduras durante el siglo XX. En ambos países, esas experiencias dejaron consecuencias que continúan presentes en la sociedad y en la literatura. La memoria de la represión, el exilio, la censura y las transformaciones que acompañaron la democratización son cuestiones que permiten establecer comparaciones. Pero también es fundamental reconocer las grandes diferencias.
-¿Qué escritores chilenos conoce o admira?
Tengo algunas referencias de la literatura chilena, pero tengo muchísimo para descubrir. Gabriela Mistral o Neruda, por ejemplo, son nombres fundamentales de la poesía universal del siglo XX. Roberto Bolaño es igualmente uno de los primeros nombres en los que pienso, su obra alcanzó una dimensión internacional extraordinaria. Otra figura esencial es Nicanor Parra. Y hay muchos otros nombres relevantes, de distintas generaciones, como José Donoso, Alejandro Zambra o Lina Meruane. Pero, para mí, estar en Chile, es una evidente oportunidad para conocer más, para llevar conmigo obras que tengo más dificultad de encontrar.
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