Fidocs estrena El Mocito, el complejo retrato de un sirviente de la Dina
Jorgelino Vergara servía cafés y sándwichs a los agentes en plenas sesiones de tortura.

"Soy el tipo más honesto que pisa la tierra, aunque tú no lo creas. Fui partícipe involuntario de secuestros y asesinatos, pero no podrías acusarme de asesino. Mataron tanta gente, comadre. Ese es mi cuento. Qué más quieres".
En un tono que oscila entre la inconsciencia y el arrepentimiento, Jorgelino Vergara habla fuerte a cámara. Su semblante es duro y frío, pero tras su coraza se advierte un tipo cuya alma presenta grietas profundas. El Mocito, el esperado documental de Marcela Said y Jean De Certeau que hoy se estrena en Fidocs (Centro Arte Alameda, 19.00), es un retrato íntimo aunque áspero y complejo de Vergara, un tipo que a los 16 años servía café a los agentes de la Dina mientras torturaban a sus víctimas, y que hoy, desde un precario presente, trata de lidiar con sus fantasmas personales.
Estrenada en la Berlinale durante febrero y con pasadas en Bafici y Munich, la cinta se exhibe en el encuentro de documentales antes de su estreno comercial de septiembre. Pero pese a su contenido, no es un filme "político" de esos que exponen el horror con la subjetividad "autoral". Lo suyo es una larga observación al día a día de Vergara, su asfixiante soledad, su sobrevivencia que incluye cazar animales para comer, su deambular por tugurios de pueblo y sus crudas confesiones al calor del alcohol.
A los 15 años Vergara llegó a Santiago a trabajar en la casa de Manuel Contreras, ex jerarca de la Dina. Luego, el mismo Contreras lo ingresó al organismo, donde fue destinado a la Brigada Lautaro, que operó en la casa de Simón Bolívar 8630, donde como dice, "no salió vivo ninguno de los que ahí entraron". Se refiere a la cúpula del PC detenida en 1976. Vergara servía el café y los sándwichs a los torturadores, y se encargaba de darles comida a los detenidos. Y luego, de sacar los cuerpos de la casa.
Perfil contradictorio
La película de Said y De Certeau encuentra a Vergara en una cabaña perdida en un pueblo del sur de Chile, después de haber dado a la justicia 74 nombres de agentes de la Dina. No tiene agua potable y apenas habla con sus vecinos, pero su anonimato tiene que ver con supervivencia: en esos momentos había recibido amenazas de muerte y lo mejor era estar lejos.
La cámara impasible de los realizadores lo muestra en su cotidianidad más íntima, practicando con el linchaco, bañándose en una laguna y escrutando en su interior. Su silencio es complementado por sus vecinos, quienes explican que llegó contando que era "un capitán del Ejército, de repente pintando el mono diciendo que si él quería, dejaba la cagada en la población".
La contradictoria personalidad de Vergara se muestra en la fría descripción de las torturas que vio, en su entrevista con el abogado Nelson Caucoto (al que le pregunta si puede ser indemnizado por el Estado, ya que se considera una víctima) y en el encuentro con un pariente, el que dice a cámara que "quedó con lagunas en su mente que las sabe él no más. El tema se toca muy poco en la familia. Es una vergüenza para nosotros", confiesa. Mientras, Jorgelino Vergara toma mate y baja la vista.
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