Kent Nagano, director de orquesta estadounidense: "La gran responsabilidad de un conductor es presentar sólo música de la más alta calidad"
El titular de la Orquesta Filarmónica de Hamburgo, una de las más mejores de Alemania, se refiere a los creadores clásicos y contemporáneos.

En su juventud escuchó viejas historias sobre un largo país que, al igual que su natal estado de California, también tenía una extensa costa oeste. Se las contaba su tío, profesor por cinco años en una universidad chilena de cuyo nombre no se acuerda. Desde entonces le intriga esta zona del planeta de la que no sabe demasiado, pero que según él es conocida por algunos estadounidenses como “la California de Sudamérica”. “Me contaban historias extraordinarias. Mi tío, mi tía y mis primos vivieron cinco años allá a partir de 1961. Chile vivía una especie de transformación en la agricultura y necesitaban de la ayuda de mi tío, que era botánico y especialista en algún tipo de planta”, explica el director de orquesta estadounidense Kent Nagano (1951) al teléfono desde Montreal, ciudad en la que dirige a la reputada Orquesta Sinfónica de la ciudad.
Nacido en Berkeley en una familia de origen japonés, Nagano es un hombre cosmopolita casi por definición. De joven se hizo cargo de la Opera de Lyon (1988-1998), optando por los compositores del siglo XX. Sus interpretación de óperas de Poulenc, Richard Strauss o Stravinsky lo pusieron en el primer lugar de la escena mundial.
Luego pasó a la Deutsches Symphonie-Orchester de Berlín y desde el año 2016 está al mismo tiempo a cargo de la Sinfónica de Montreal y la Opera de Munich. Ahora, tras dejar la casa bávara, sigue al mando de la agrupación canadiense, pero además es el titular de la Filarmónica de Hamburgo, una de las orquestas más venerables y antiguas de Alemania. Con ella, estará en Chile el próximo sábado 24 de septiembre en un programa que incluye el poema sinfónico Don Quijote de Richard Strauss (con el destacado violinista francés Renaud Capuçon en la parte solista) y la Primera Sinfonía de Brahms.
Ud. se hizo conocido por interpretar mucha música moderna, ¿Qué importancia le da a ese repertorio?
No creo que sea importante sólo tocar música moderna. Lo que importa es tocar buena música. Y esto es aplicable a los modernos y a los antiguos. De cierta manera simpatizo con la audiencia en el sentido de que no es agradable escuchar mala música. La gente es muy infeliz al escuchar algo de baja calidad y lamentablemente muchas veces las obras de compositores contemporáneos no son lo suficientemente buenas. Por eso la gran responsabilidad de un intérprete es discernir correctamente y ofrecer al público sólo la música extraordinaria, lograr la mejor de las experiencias en la sala de conciertos. Nunca hay que perder de vista que el público, en términos generales, va a un concierto porque quiso, de manera voluntaria. Nadie lo forzó ni obligó. ¿Se puede imaginar a un director conduciendo un ensayo o interpretando una composición en la que no cree? ¿Cómo le va a traspasar al público o a sus músicos la fe y la convicción en lo que dirige? Por lo tanto, para mí no es importante si una obra tiene 200 años o cinco días, sino que el público realmente asista a un concierto donde esté en presencia de música de la más altísima calidad.
¿Qué diferencias y similitudes hay entre la Sinfónica de Montreal y la Filarmónica de Hamburgo?
Creo que las dos orquestas tienen un sonido muy europeo, oscuro, de tonos fuertes y con personalidad. Nada muy brillante ni moderno. Creo que de alguna manera escuchas siempre el pasado en ambas orquestas, aunque sea en obras del futuro. Por otro lado, la tradición de la Orquesta Filarmónica de Hamburgo es una de las más antiguas en el mundo. Es una agrupación que pertenece a la Opera de Hamburgo, que fue creada en 1678. Es de las más centenarias junto a la Orquesta Filarmónica de Viena y la del Estado de Dresde. Por el contrario, la Orquesta Sinfónica de Montreal sólo tiene 80 años. Hablando en términos relativos es una agrupación joven. Pero en Canadá es la más antigua. Creo Montreal y Hamburgo son ciudades bastantes parecidas. En Montreal tenemos una cultura muy cosmopolita; eso la define. Acá se habla francés, inglés, español, italiano y alemán todos los días. Lo mismo se puede decir de Hamburgo, una ciudad milenaria que siempre estuvo abierta al mundo, dada su condición de puerto. Fue la vía de entrada de muchas modas y culturas a Alemania. Si caminas por Hamburgo, también escucharás alemán, inglés, francés e italiano.
¿Qué puede decir del programa que dirigirá?
Richard Strauss escribió su poema sinfónico Don Quijote en una manera bastante clara y precisa. Se basa en la novela de Miguel de Cervantes, pero al mismo tiempo puede ser interpretada a voluntad del propio público. En ese sentido, no es sólo un poema sinfónico. Puede ser una sinfonía, muy libre. La orquesta debe tener absoluta claridad de cómo caracterizar los diferentes temas. Puede ser un tema heroico. O muy ligero, de una forma humorística y suave. Y también puede ser muy dramático, romántico y peligroso. En el concierto tocaremos además la Primera Sinfonía de Johannes Brahms, un compositor que nació en Hamburgo y que fue uno de los primeros directores generales de nuestra orquesta. En resumen, tenemos a Don Quijote, que es una manera de honrar a la cultura española y en forma indirecta a Latinoamérica, y tenemos la Primera de Brahms, que está ligado a la cultura de Hamburgo.
¿Grabará nuevos discos?
Tenemos un contrato de cinco años con el sello Decca junto a la Sinfónica de Montreal, lo que es muy raro en estos tiempos de crisis discográfica. Acabamos de registrar la ópera L’Aiglon, de Arthur Honegger y Jacques Ibert, que ganó muchos premios. El próximo año grabaremos un álbum con obras de Leonard Bernstein, por el centenario en el 2018. Y ahora acaba de salir el disco Danse macabre, que es una producción que tiene en mente Halloween, los fantasmas, el diablo y la magia. Son varias obras que tienen que ver con otra dimensión de la vida. Con la Orquesta de Hamburgo recién estamos empezando los planes. Grabar no es una prioridad para mí: prácticamente todo se ha grabado y el mercado está saturado. Pero no es todo un desastre. Lo bueno de la crisis del disco es que las orquestas deben mejorar en sus interpretaciones en vivo, hacer giras y no solamente restringirse a los estudios, una práctica que puede ser muy artificial.
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