Histórico

Ricardo Darín: "El escenario es mi reino"

De paso por Chile con Escenas de la vida conyugal, de Ingmar Bergman, la obra que presenta en el Nescafé de las Artes, el actor argentino y ganador del Goya hace un alto para hablar de su vida y carrera, del oficio heredado de sus padres, la fama prematura, sus polémicos dichos y hasta de la esquiva relación con Hollywood.

EL 6 de febrero pasado, cuando su nombre retumbó por el altoparlante, dos imágenes se estrellaron frente a Ricardo Darín. Primero recordó, entre flashes y aplausos, que tres veces antes había competido para quedarse con el Goya al Mejor Actor. Recién al cuarto intento, cuando al fin sostuvo entre sus manos el busto de Francisco de Goya, la estatuilla de bronce española homóloga del Oscar hollywoodense que ahora era suya por su protagónico en Truman, la cinta del catalán Cest Gay, supo que era hora de afrontar antiguos dolores.

Impecable en un frac de humita negra, el actor de 59 años agradeció a sus colegas, lanzó dardos a las autoridades culturales y, antes de esfumarse con su Goya bajo el brazo, echó afuera ese otro recuerdo suyo que aún ardía. “Quiero hacer extensivo esto, y es lo último -dijo, alzando la estatuilla-, a mi padre”.

La segunda semana de enero de 1989, recuerda hoy, fue particularmente calurosa en Buenos Aires, la ciudad donde nació el 16 de enero de 1957. Dos días antes de celebrar sus 32 años, Darín se convirtió en padre por primera vez. Solo dos después, su padre murió.

En Truman, la vida de dos amigos vuelven a cruzarse cuando uno de ellos decide visitar al otro, Julián (Darín), quien pasa sus últimos días junto a su perro antes de que el cáncer acabe con él. Fue también la historia de Ricardo Darín padre, su “viejo”, un ex aviador nacido en 1925 y quien se dedicó a escribir poesía y a actuar hasta su muerte, el 18 de enero de 1989, a los 63 años. “De él y mi madre -Renée Roxana, también actriz- heredé el amor por la actuación, y junto a ellos debuté cuando tenía menos de 10 años, en radio, teatro y televisión. Era mi camino más natural, si no el único. Desde entonces dediqué mi vida a esto, pero nunca estudié formalmente. Gracias a ellos soy y seré un impostor de este oficio, y fue él en quien me inspiré para construir ese personaje”, cuenta. La casta artística de los Darín es conocida en Argentina: su hermana Alejandra; Chino, su hijo, y hasta su esposa desde hace más de 20 años, Florencia Bas, son también actores.

Hablar de Truman, por tanto, no es fácil para él. Se le nota. Aun cuando solo ha recibido elogios y premios, incluida la Concha de Plata al Mejor Actor en el Festival de San Sebastián, le cuesta. Lo delatan sus gestos forzados, como los de una lechuza de diminutos y profundos ojos azules, acechando a su presa. Es igual con su vida privada y, desde hace poco, al hablar de política. “Aprendí a cuidar mis palabras. Ya no concedo tantas entrevistas como antes, al menos no con gusto”, dice.

En Argentina lo saben bravo, y así lo admiran la mayoría del tiempo. Bien lo sabe la ex presidenta Cristina Fernández, a quien Darín emplazó en una entrevista en enero de 2013: “Quisiera que alguien me explicara el crecimiento patrimonial de los Kirchner”, declaró. En pocas horas, la viuda de Néstor Kirchner emitió una carta en su defensa, pero esa es otra historia. Como haya sido, parecía una locura que una Presidenta de la República saliera en mitad de su mandato a dar explicaciones por las acusaciones de un actor. Pero Darín es más que eso.

Se presenta y habla con la seguridad de quien sabe lo que lleva en sus bolsillos: 12 nominaciones a los Cóndor de Plata, cuatro a los Goya y tres películas protagonizadas por él -El hijo de la novia (2001), El secreto de sus ojos (2010), ambas de Juan José Campanella, y Relatos salvajes (2014), el filme de Damián Szifron que se convirtió en el más visto en la historia del cine argentino- que disputaron la estatuilla dorada de la Academia. En 2010, la segunda se quedó con el Oscar a Mejor Película Extranjera. Así y todo, dice: “No sé si me considero un gran actor. Me cuesta mucho echarme flores encima. Quizá por eso no he decidido poner aún un pie en Hollywood, y eso que he tenido oportunidades. Aún me siento inseguro de hacerlo”.

Admira a Anthony Hopkins, a Robert de Niro y Al Pacino, pero no cree en las vacas sagradas. “Desprecio ese mundillo. No me va”, opina. Es sabido: cuando a mediados de 2002, el director Tony Scott (Top Gun) lo contactó personalmente para integrarse al elenco de Hombre en llamas (2004) junto a Denzel Washington, Dakota Fanning y Christopher Walken, rechazó el papel porque le “jodía que el director dijera que no aceptaba un no como respuesta”, recuerda. En su lugar, el papel recayó en Marc Anthony.

Llevaba poco menos de dos horas en Chile, y Darín apareció el martes en su primer reencuentro con prensa chilena en un hotel en Vitacura, sonriente y sin protocolos. Los detesta. Venía directo desde Buenos Aires, donde terminó de rodar Nieve negra, de Martín Hodara, donde encarnará a un hombre que vive en un lugar aislado desde que fue acusado de matar accidentalmente a su hermano de un disparo durante una jornada de caza, junto a Leonardo Sbaraglia y Federico Luppi. “Es un thriller sicológico que muero por ver”, declara. Este año, además, estrenará Kóblic, otro thriller, escrito y dirigido por Sebastián Borensztein.

Le sigue los pasos Erica Rivas (Relatos salvajes), la actriz y coprotagonista de Escenas de la vida conyugal, de Ingmar Bergman, un texto pensado para una miniserie, y que ese mismo año fue llevada al cine por el autor sueco. La obra, dirigida por Norma Aleandro, debutó el miércoles en el Teatro Nescafé de las Artes, donde se presentará hasta el lunes 16. En cuanto se anunció la venida del actor argentino, las entradas se agotaron como si se tratara del concierto de rock más esperado de la década.

Estrenada en 2013 en Argentina, ha sido vista por más de 150 mil personas, incluidas otras pocas funciones en España y Uruguay. Darín y Rivas interpretan a Juan y María, un ex matrimonio que, contra todo pronóstico, lima sus asperezas de más de 25 años tras su separación. “Norma me había hablado mucho de esta obra, que defiende el amor entre dos personas más allá de la estructura de la institución matrimonial. Casi diría que es bastante crítico con el matrimonio, pero pone por encima el valor supremo del amor”, dice.

En siete episodios, la dupla muestra lo que Darín llama “una serie de ejercicios teatrales a partir de la improvisación. El fin era acercar el texto hasta nuestros días, ponerlo a prueba, pues aunque fue escrito hace más de 40 años, su tema central, que son las relaciones humanas, no ha variado: siguen siendo complejas y complicadas. Creo que las relaciones más abiertas son las menos complicadas y más transparentes”, opina.

La delirante venta de entradas hizo que ambos actores se quejaran por el alto valor de los tickets, que iban entre $ 30 mil hasta los $ 90 mil: “Propusimos una última función a precio popular, para estudiantes y público de la tercera edad, porque mucha gente no podía acceder a pagar el precio real. Afortunadamente, fuimos apoyados en esta moción”, cuenta Darín.

Poner ambos pies sobre las tablas, dice, es como sentirse en casa: “Siempre fui más de actuar que de ver teatro, pero me interesa retornar a él cada vez que puedo”. Sus últimas apariciones en escena incluyen La extraña pareja (1984), Taxi (1985), Sugar (1986-1987), Rumores (1990), Algo en común (1995) y Art (1997-1999). “El teatro es muchas cosas: una defensa, un derecho a réplica. Y el escenario es mi reino, allí puedo decirlo todo, sin pelos. Con el cine me pasa que sigue un método que no es el mío, de memorizar, aún cuando tengo muy buena memoria. El teatro es más orgánico, y los actores convivimos con la sombra de lo incierto”. Admirador de William Shakespeare y Arthur Miller, “dos clásicos esparcidos en la historia”, según él, nunca se ha dejado seducir por tomar un texto suyo y apropiárselo: “Dicen que estoy en edad de pensar en hacerlo, pero aún nadie ha logrado convencerme”.

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