
Carta desde Washington: cuando Chile calla está como ausente

En la actual campaña presidencial chilena, sorprende el silencio de los candidatos en materia de política exterior. Esa ambigüedad puede servir como estrategia electoral -evitar comprometerse demasiado frente al electorado o a futuros socios de coalición-, pero tiene un costo alto: priva a los votantes de un debate necesario sobre cómo Chile se ubicará en un mundo en plena transformación.
Desde Washington, este vacío no pasa inadvertido. El ambiente político en la capital está marcado por tensiones que combinan factores internos y externos. El caso Epstein continúa ocupando espacio en la agenda; a la vez, el uso de la Guardia Nacional para enfrentar la criminalidad en el Capitolio y la amenaza de desplegarla en otras ciudades, la cumbre en Anchorage con Vladimir Putin para abordar Ucrania, la reunión con líderes europeos en la Casa Blanca e incluso el intento de remover a la gobernadora de la Reserva Federal, Lisa Cook, ilustran un patrón. Lo que se proyecta desde Washington es un estilo de gobierno transaccional y altamente ideológico, en el que los temas de política interna se entrelazan con los de política exterior.
En este contexto, la política hacia el hemisferio occidental se ha vuelto prioritaria y seria. Washington ha profundizado su relación con Argentina, vista como aliada ideológica cercana, y mantiene un vínculo friccionado con Brasil, con repercusiones para Chile y otros países de la región. La movilización de la Marina estadounidense hacia aguas venezolanas refuerza la señal de que la seguridad regional está en el centro de la agenda. Todos estos temas son relevantes para la seguridad de Chile, pero están ausentes de la conversación electoral.
El patrón es claro: Washington premia o castiga en función de afinidades ideológicas. La cercanía con Nayib Bukele en El Salvador, la afinidad con el presidente argentino y, en contraste, los castigos a Brasil con aranceles del 50% por decisiones políticas internas muestran hasta qué punto la relación con Estados Unidos puede redefinirse de manera abrupta. La pregunta es si Chile está preparado para navegar en ese terreno. Y no se trata solo de Washington: en Bolivia, tanto Paz Pereira como Tuto Quiroga -ambos en carrera presidencial- han planteado la posibilidad de retomar relaciones diplomáticas con Chile. Sorprende que ninguno de los candidatos chilenos haya respondido, a pesar de tratarse de un vecino fronterizo clave. El silencio frente a una señal tan directa de La Paz refuerza la impresión de una política exterior ausente.
No debería sorprender el interés. Aunque Chile mantiene un tratado de libre comercio con Estados Unidos, su creciente relación con China lo convierte en un país estratégico. A ello se suma que el comercio global vive una fluidez constante en materia de aranceles y acuerdos: lo que hoy se concede mañana puede revertirse. Para Chile, altamente dependiente de la exportación de cobre refinado, esta volatilidad es crucial. Un cambio súbito en las reglas comerciales podría afectar directamente su principal fuente de ingresos, algo que debería ser parte central del debate presidencial.
Para Washington, el dilema es claro: Jeannette Jara genera ruido inmediato por su militancia comunista, sus gestos hacia los BRICS y su postura frente a Israel; José Antonio Kast es visto como un “mal menor”, pero sin claridad sobre un alineamiento firme con Washington; y Evelyn Matthei transmite previsibilidad institucional.
Lo desconcertante para quienes observan desde Washington es que Chile, históricamente, ha contado con un servicio exterior de alta calidad y una política comercial reconocida por su claridad y profesionalismo. Hoy, en cambio, parece dispuesto a dejar que los acontecimientos externos definan su posición.
La pregunta de fondo es si Chile quiere trazar su propio rumbo o permitir que sean las potencias -y los vecinos- los que determinen su destino. Como escribió Pablo Neruda: “Me gustas cuando callas porque estás como ausente.” El problema es que cuando Chile calla, está como ausente, y otros deciden por él.
Por Carl Meachman, exasesor del Comité de Relaciones Exteriores del Senado de EE.UU..
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