Por Claudio Alvarado Rojas¿Existe la centroizquierda?

“La estrategia que uno ve ahora es ‘quiero ser de oposición, pero no tengo nada realmente que ofrecerle al país’. No hay un proyecto”. Con estas duras palabras describía Óscar Landerretche a su mundo político de origen en una entrevista radial. El economista socialista se cuida de aclarar que no se refiere a los sectores “más extremos” de izquierda, pues sabe que ellos “van a rechazar todo”. Con sus dichos, el expresidente de Codelco apunta de modo explícito al denominado socialismo democrático. Y considerando las declaraciones de diversos exponentes opositores, lo menos que puede decirse es que el diagnóstico de Landerretche tiene fundamento.
Veamos algunos ejemplos. El lunes el diputado del PS Daniel Manouchehri insistió en la petición de renuncia del ministro de Hacienda, Jorge Quiroz: “estoy de acuerdo”, dijo al ser interrogado en una entrevista televisiva, reivindicando tanto esa petición como la “línea política” que encarnan él y la parlamentaria Daniela Cicardini. Es irrelevante que el ministro Quiroz lleve poco más de un mes en el cargo y, por supuesto, Manouchehri ni siquiera se abre a la posibilidad de que un gobierno de signo distinto al suyo pueda empujar su agenda y discutirla en el Congreso. Ni hablar de la tolerancia al disenso inherente al régimen democrático. Eso sería pedir demasiado.
Para no ser menos, el senador Vlado Mirosevic ayer posteaba en sus redes sociales que mientras el “gobierno de Boric hizo un intento genuino de no polarizar el país y normalizar el debate con sentido cívico”, el “nuevo gobierno —en cambio— en sus primeros días echó por la borda ese esfuerzo”. Al parecer el senador del Partido Liberal olvidó con una rapidez digna de mejor causa que aquel “intento de no polarizar” consistió en el impulso de un proyecto constitucional proto-chavista (ahí las izquierdas no se preguntaron “cómo mueren las democracias”); en un involucramiento tal del expresidente Boric en la campaña del Apruebo que Belisario Velasco denunció la mayor intervención electoral desde la restauración democrática; y en un largo etcétera que incluso contempló la peregrina idea de “marcar casas” en esa campaña (dirigida por Mirosevic).
La guinda de la torta —no hay otra expresión— la ofreció hace pocos días el académico, exconvencional y exmilitante socialista Fernando Atria, hoy en el Frente Amplio. Al ser interpelado en una conversación con Felipe Kast respecto de una serie de afirmaciones temerarias acerca del gobierno actual (que “empieza a caer la noche sobre Chile”, que la nueva administración “no tiene mayor sensibilidad por la mantención de las condiciones democráticas”, y así), Atria reconoce que “uno no necesita tener argumentos para sentir cosas”.
Y de eso se trata todo esto: no de evidencia, racionalidad o argumentos, sino que de un sentimiento; de un afecto desordenado advertido tempranamente por Max Colodro, y recordado en días recientes por Pepe Auth: “hay una izquierda que no acepta que gobiernen otros”. Si esto ya es problemático, peor aún resulta que esa intolerancia cunda en los cuadros del ala supuestamente moderada o ilustrada de las izquierdas. Mal que le pese a la oposición y a Chile, Landerretche tiene razón.
Por Claudio Alvarado Rojas, director ejecutivo del IES.
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