Opinión

La involución de las especies

Valparaiso, 21 de abril 2026 Sesion de la Camara de Diputados Sebastian Cisternas/Aton Chile

La autodestrucción en política está vinculada a la glotonería, y esta, al sacrilegio. Razones míticas, de esas que autoriza el psicoanálisis, lo sugieren.

Por ejemplo, la historia de Erisictón de Tesalia. El poeta Ovidio, en sus Metamorfosis, relata que este personaje taló indiscriminadamente un bosque sagrado e hirió de muerte, como a un toro en el altar, a una inmensa encina que palideció y comenzó a sangrar, pues en ese árbol se ocultaba una connotada ninfa.

Escandalizadas, las dríades exigieron justicia ante Ceres, quien mandó a buscar a una criatura repugnante, una especie de antropomorfo insecto palote llamado Hambre, para que palpara el vientre de Erisictón. A partir de ese momento, el sacrílego comenzó a padecer una apetencia extraordinaria, comiéndose todo lo que encontraba a su paso sin lograr nunca saciarse. Erisictón se consumió la fortuna de su padre y continuó devastando al mundo, escarbando también en la basura. Cuando no halló más qué comer, devoró su propio cuerpo, como hace el náufrago en ese vulgar y desagradable cuento de Stephen King (que ni siquiera sé por qué menciono en esta columna).

Ovidio recuerda otros casos ligeramente contrarios: el de Aglauros. Ella se quedó bloqueando el paso de Mercurio, que venía al palacio en busca de su hermana Herse. El veloz dios de los comerciantes y mensajeros la transformó en piedra oscura, una que nada tenía de preciosa. Su falta fue ese solapado hacer que es el no hacer, haciendo de su inacción un perjuicio para el mundo. Antes de eso, Palas había llamado a la Envidia —una comedora de serpientes a la que torturaban el bien y la belleza ajenos— para que observara a Aglauros.

Las Metamorfosis de Ovidio parecen sugerir que, a veces, la transformación no es la consecuencia de una transgresión o una terrible tragedia (que es la regla general), sino de un cambio necesario. La gran cuestión a resolver será, entonces, cuál es el punto de equilibrio, la medida justa de toda flexibilidad en un mundo que transcurre por sí solo. El riesgo es quedarse demasiado estático o excederse, en un universo donde las metamorfosis son inevitables.

Porque mientras Erisictón se autofagocita, Aglauros se petrifica. Y ambos son, en cierto sentido, incrédulos de los poderes que operan en el mundo de las transformaciones, creyendo absoluta y permanente su naturaleza inicial; una que es, a decir verdad, tan pasajera como el todo.

Como sucede con esos tontos que juran que el poder puede andar desnudo y que exigen proclamar ese supuesto hallazgo —insistiendo que hay en desnudarlo aún más algún mérito y suponiendo erróneamente que sus formas son aparentes y decorativas, cuando en realidad son su cauce necesario—, los excedidos son incapaces de entender que cada cosa tiene su propia medida y, si se colma, se convierte en una distinta, a veces irreconocible.

Las Metamorfosis de Ovidio están repletas de perros, gatos, pájaros, plantas, piedras y vientos que alguna vez fueron gente importante que tomó malas decisiones. Es como si, precaviendo a Darwin, el poeta hubiera advertido una involución de las especies.

Por Joaquín Trujillo, investigador CEP

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