El estudio masivo que reveló si el ayuno intermitente puede provocar cansancio mental y otros perjuicios
En medio del auge del ayuno intermitente como estrategia de bienestar, una revisión que reunió 71 estudios evaluó si saltarse comidas afecta realmente la concentración y el rendimiento mental.
Durante años, la idea de que “no eres tú cuando tienes hambre” ha reforzado una creencia ampliamente extendida: que saltarse comidas puede afectar el rendimiento mental, generar irritabilidad y disminuir la productividad.
En paralelo, el ayuno intermitente y la alimentación con restricción horaria se han convertido en prácticas cada vez más populares por sus posibles beneficios metabólicos y de salud a largo plazo.
Pero ¿realmente el ayuno afecta la capacidad cognitiva? Un amplio análisis publicado en The Conversation por David Moreau, profesor de Psicología de la Universidad de Auckland, abordó precisamente esta pregunta.
El investigador y su equipo llevaron a cabo un metanálisis (un “estudio de estudios”) que examinó todas las investigaciones experimentales disponibles que comparaban el desempeño cognitivo de personas en ayunas frente a personas alimentadas.
La búsqueda identificó 63 artículos científicos, que incluían 71 estudios independientes, con un total combinado de 3.484 participantes y 222 medidas cognitivas distintas. El periodo analizado abarcó casi siete décadas, entre 1958 y 2025.
Los resultados del estudio
La conclusión general fue clara: en adultos sanos no hubo diferencias significativas en el rendimiento cognitivo entre quienes ayunaban y quienes habían comido recientemente.
Las pruebas evaluaron funciones como atención, memoria y función ejecutiva, y los resultados fueron equivalentes en ambos grupos.
El estudio también explica por qué el ayuno podría no afectar la agudeza mental como se suele pensar.
Tras aproximadamente 12 horas sin ingerir alimentos, las reservas de glucógeno disminuyen y el cuerpo cambia de fuente de energía.
En este punto de ayuno comienza a descomponer grasa y a producir cuerpos cetónicos, como el acetoacetato y el beta-hidroxibutirato, que sirven como combustible alternativo para el cerebro.
Este cambio metabólico permitiría mantener un suministro energético estable.
¿Qué ocurre en otras circunstancias?
Sin embargo, el análisis detectó matices relevantes.
El primero tiene que ver con la edad. Mientras que los adultos no mostraron deterioro medible, los niños y adolescentes sí obtuvieron peores resultados en pruebas cognitivas cuando se saltaban comidas.
Sus cerebros en desarrollo parecen ser más sensibles a las fluctuaciones energéticas, lo que respalda la recomendación tradicional de que los escolares desayunen adecuadamente.
El momento del día también influye. Las pruebas realizadas más tarde tendieron a mostrar un peor desempeño en personas en ayunas.
Esto quiere decir que el ayuno podría amplificar las caídas naturales de energía, que están asociadas a los ritmos circadianos.
Además, el tipo de tarea fue determinante. En pruebas con símbolos o formas neutrales, el rendimiento fue similar, e incluso en algunos casos ligeramente mejor, en quienes ayunaban.
En cambio, cuando las tareas incluían señales relacionadas con comida, los participantes en ayunas mostraron más errores.
Es decir, el hambre no genera un deterioro mental generalizado, pero sí puede aumentar la distracción ante estímulos alimentarios.
En síntesis, para la mayoría de los adultos sanos, el estudio ofrece tranquilidad: explorar el ayuno intermitente no implica necesariamente sacrificar claridad mental.
No obstante, los autores advierten que no se trata de una receta universal y que en menores de edad o personas con condiciones médicas específicas se recomienda precaución y orientación profesional.
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