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Lulwa Al-Marri: la lección de la atleta de alto rendimiento cruzando la Cordillera

Acostumbrada a medir su vida en tiempos y marcas, la seleccionada nacional de Qatar atravesó la Cordillera en el marco de CultuHike, iniciativa de Years of Culture Argentina-Chile 2025, y enfrentó un desafío distinto. Pasó de entrenamientos milimétricos del alto rendimiento a una caminata en medio de las montañas. La deportista cruzó los Andes y encontró en la colaboración una inesperada forma altruismo.

No había reloj ni línea de término. Tampoco tiempos que batir ni marcas personales que mejorar. El único ritmo lo marcó la montaña. Durante febrero, en una travesía cordillerana que se extendió desde Argentina hacia Chile y culminó en la costa del océano Pacífico, Lulwa Al-Marri, triatlonista del equipo nacional de Qatar, cruzó los Andes como parte de CultuHike, una expedición de senderismo de larga distancia organizada por Years of Culture Argentina–Chile 2025, que reunió a participantes de tres países.

Para Al-Marri, quien en 2021 se convirtió en la primera mujer qatarí en completar el Campeonato Europeo IRONMAN de Hamburgo, implicó suspender, aunque fuera por algunos días, ese sentido de competencia que normalmente estructura su vida deportiva.

“Vengo de un deporte donde todo está medido: horas, ritmos, calendarios, objetivos... Acá no había nada de eso”.

La ausencia de cronómetro no fue un detalle menor. “No se trataba de demostrar nada: no había nadie a quien impresionar... Era estar presente, moverse, observar, compartir”, propone.

La triatleta ha representado a Qatar en distintas ocasiones, e incluso fue la primera mujer del país en terminar un IRONMAN.

La deportista se formó en una disciplina que exige control y planificación constante, pero reconoce que el mayor desafío no fue físico, sino mental. “En una competencia sabes exactamente qué se espera de ti, pero aquí no: caminas, te cansas, sigues caminando y eso cambia mucho la relación con el cuerpo”, plantea.

Aunque debido a su entrenamiento está preparada para la resistencia, la montaña es de otra naturaleza. “La exigencia no era acelerar, sino sostener”, señala. Escuchar al cuerpo, leer el terreno y adaptarse al grupo se volvió central. “No había un ‘yo’ separado del resto, porque si alguien iba más lento, todos bajábamos el ritmo: el avance era común”, apunta.

Ese cambio de lógica, dice, terminó por redefinir su propia noción de resistencia. “En el triatlón, resistir es empujar el cuerpo para rendir mejor, pero acá resistir fue aprender a bajar el ritmo, aceptar la incomodidad y seguir igual”, afirma, y luego agrega:

“Entendí que la resistencia no es solo física, sino también emocional, porque tiene que ver con la paciencia y con aceptar que no todo está bajo tu control”

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A lo largo del recorrido, en el que participaron seis qataríes, cuatro chilenos y un argentino, se fueron construyendo vínculos sin necesidad de grandes discursos. Para Al-Marri, algunos de los momentos más importantes sucedieron no en los trayectos más duros, sino al final de las jornadas.

“Después de caminar todo el día, todos bajaban las defensas”, recuerda. Las fogatas nocturnas se volvieron instancias de diálogo y silencio compartido. “Aunque no habláramos el mismo idioma perfectamente, nos comprendíamos, porque la conexión no nace de las palabras, sino de lo que estás viviendo con el otro”, dice.

El contacto con guías y participantes de Chile y Argentina fue acortando esas distancias culturales que al principio parecían obvias. Durante el cruce cordillerano, las conversaciones derivaron en temas cotidianos, así como familia, paisajes o vida en comunidad, y también en reflexiones más profundas.

El cuidado de la tierra fue una de las ideas que más le quedó resonando y que pudo notar entre los intereses de los locales. “La forma en que los guías hablaban de la montaña, con respeto y sentido de pertenencia, me resultó muy familiar, porque en Qatar también crecimos con valores fuertes de respeto, hospitalidad y comunidad”, señala.

Durante su paso por Chile, hubo otro detalle que le llamó particular atención.

“Me impresionó mucho la empatía y la solidaridad que vi hacia Palestina, porque no era algo que esperara encontrar, pero que sí estaba presente”

Para Al-Marri, ese apoyo generó un vínculo inmediato. “Me recordó mucho a Qatar: nosotros también acogemos y apoyamos a nuestros hermanos palestinos con convicción... No como algo simbólico, sino como una responsabilidad humana”, sincera.

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Desde su perspectiva, el deporte facilita estos cruces cuando no tratan de rendimiento puro. “No necesitas hablar el mismo idioma para entender el esfuerzo, porque el cansancio es igual para todos”, sostiene. Para retratar esto, Al-Marri recuerda una frase que se dijo durante la travesía: “Cualquiera puede invitarte a tomar café, pero no eliges sufrir con cualquiera. Eso explica muy bien el tipo de vínculos que se generan”, dice.

Ser mujer y atleta le da otra dimensión a la experiencia. La triatleta es consciente de que su presencia en una actividad como esta no pasa desapercibida. “La representación importa, porque cuando una mujer ve a alguien de un contexto parecido enfrentando desafíos nuevos, esas posibilidades se vuelven reales”, afirma.

El hiking, reconoce, no formaba parte de su cultura y mucho menos de su rutina. “Al principio fue incómodo, física y mentalmente... Pero ahí es donde aprendes”, admite. Los límites, dice, no desaparecen, sino que se mueven: “Cada día te das cuenta de que puedes un poco más”.

Al terminar la travesía, Al-Marri no habla de resultados ni de aprendizajes finales, sino quizás de una experiencia o camino que continúa, más allá de la actividad en sí. La caminata terminó en la costa chilena del Pacífico, pero para ella no hubo un cierre simbólico. “No hubo cierre, simplemente se acabó el camino”, dice.

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