La historia del siglo XX a través de Bertrand Russell
<P>Llega la<I> <B>Autobiografía</B></I><B> del Nobel inglés</B>. Memorias que incluyen sus cartas con Einstein y Wittgenstein.</P>
"El niño ha pesado cuatro kilos y mide 53 centímetros. Es muy gordo y muy feo. Si no se le da leche enseguida, se enfurece y chilla, y patalea y tiembla". Las palabras, escritas en 1872, pertenecen a Katrine Stanley, madre del escritor, matemático y filósofo inglés Bertrand Russell (1872-1970) y están en su Autobiografía.
En el libro, de 1.017 páginas, Russell reproduce las palabras maternas a través de un diario que encontró entre sus cosas, pues ella murió cuando él tenía dos años. La muerte de su padre, Lord John Russell, se produjo un año y medio después, quedando el niño y su hermano Frank al cuidado de sus abuelos, en la localidad de Pembroke Lodge, en Richmond Park, Londres.
En este libro, que el Daily Express catalogó como "quizás la mayor y más franca autobiografía del siglo", Russell construye al menos tres niveles de contenido: el propiamente autobiográfico, sus intervenciones públicas y la correspondencia que mantuvo con intelectuales de su época.
En el primer apartado, el autor de Elogio de la ociosidad revela amores, filiaciones literarias, sus primeros encuentros con la naturaleza, el descubrimiento del deseo o la experiencia de la muerte. En el ámbito público, se reproducen los lúcidos y polémicos manifiestos de Russell, sus conferencias y ensayos publicados en diversos diarios del mundo sobre las guerras mundiales, la objeción de conciencia o la crisis de los misiles en Cuba.
En el tercer plano, Autobiografía contiene el intercambio epistolar que mantuvo con algunos de los más brillantes intelectuales y científicos de su era. En esas cartas, Albert Einstein lo considera el hombre más sabio del siglo XX, D.H. Lawrence lo acusa de tener "sangre cobarde y muerta" y un anónimo remitente estadounidense le escupe un "pobre viejo idiota".
Idiota o astronauta
"Las horas más importantes de mis días fueron aquellas que pasé a solas en el jardín", dice sobre su infancia en Pembroke Lodge. En medio de la naturaleza, los libros y las matemáticas, desde pequeño, Bertie, como lo llamó siempre su abuela, buscó en los números y las estrellas lo que los seres humanos parecían negarle. En su adolescencia imaginaba el cuerpo femenino y contemplaba las puestas de sol pensando en el suicidio.
"No me suicidé porque pensaba aprender más de matemáticas", escribe antes de narrar su vida en Cambridge, donde llegó por su interés en la geometría. En el Trinity College descubrió la amistad y vive una de sus primeras conmociones estéticas con William Blake: "Tigre, tigre, luminosamente ardiendo", fueron las palabras que lo aturdieron.
Fue en Cambridge, precisamente, donde conoció a uno de los pensadores que más aparece entre sus cartas. Se trata del austríaco Ludwig Wittgenstein, a quien Russell describe como un hombre que sólo se alimentaba de leche y vegetales. Un ser extraño que lo visitaba a la medianoche y se quedaba paseando en la habitación en agitado silencio.
"¿Cree usted que soy un perfecto idiota?", le preguntó Wittgenstein una vez. "Por que si lo soy, me haré astronauta, pero si no lo soy, me convertiré en filósofo", agregó antes de que Russell le dijera que las estrellas podían esperar.
Sabio y divertido
La correspondencia es ardua. Rabindranath Tagore invita al autor de Por qué no soy cristiano "a percibir el Brahma con la comprensión absoluta del Infinito". En tanto, Joseph Conrad le dice: "Por lo general, no sé qué decir a la gente. Pero su personalidad me arrastró, uno puede aceptar su obra silenciosamente como un regalo de los dioses".
D.H. Lawrence, odioso, le grita, borracho, luego de conocer a John Maynard Keynes en una recepción en Cambridge: "¡Están todos muertos, muertos, muertos!". Y Einstein lo elogia y le promete muchos encuentros que luego se concretaron de manera activa en una oposición conjunta contra las armas nucleares.
"Considero una fortuna que nuestra generación tan árida y tan brutal haya dejado surgir a un hombre tan sabio y honorable, audaz y divertido a la vez", escribe el autor de la Teoría de la Relatividad.
Hay más en Autobiografía. Las dos guerras con sus soldados borrachos, un amanecer frente al Volga, el magnicidio de J. F. Kennedy, las dos veces que estuvo en la cárcel por oponerse a los conflictos bélicos. "Comunistas, fascistas y nazis, sucesivamente, han desafiado todo lo que considero bueno", apunta el viejo cuervo blanco, dejando un testimonio literario del amor y el horror del siglo XX.
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