Un fenómeno llamado Odd
<P>Jirawat Nantalakha, conocido como Míster Odd, es un chef tailandés que convirtió un pequeño boliche de calle Franklin en un sitio de peregrinación. Los fines de semana, la gente hace cola para comprar uno de los siete platos del Laid Thai. Un sábado pueden vender 300. No es raro que hasta aquí, en pleno Persa Bío Bío, lleguen personas de La Dehesa o Las Condes. El boca a boca funciona.</P>
En el inicio de la historia hay un libro. Y veintitantos años antes, un niño que nace medio muerto; el cordón umbilical lo ahorca. Pero la escena en la que una larga fila de personas aguarda por una mesa en un pequeño boliche de la calle Franklin ocurre ahora. Es domingo y la columna humana serpentea en medio de la marea de gente que llega al Persa Bío Bío. Algunos han bajado incluso desde La Dehesa, Las Condes o Vitacura. No han venido a buscar una radio antigua o los últimos números de la revista Estadio. En la fila se ve a un cincuentón peinado a la gomina, pañuelo al cuello, junto a sus hijas; un grupo de suecos, con ropa de montaña; un trío de muchachos con pinta de universitarios; tres punkies; un anciano, al que le han puesto una silla para que no desfallezca. La escena se viene repitiendo desde hace unos meses, todos los fines de semana. Antes no sucedía. Antes hubo una churrasquería, un local de pollos asados, una marisquería, un carrito con completos. Todos quebraron. La gente decía que el local era yeta. Ya no. En esa misma vereda donde la concurrencia hace la cola hay un puesto que vende shawarmas, dos de lomitos, uno de jugos naturales, uno de pizzas, otro de empanadas. Ninguno convoca a las hordas. Es el otro, el que tiene siete mesitas en la calle con manteles verdes y unos pisos de plástico; el que en la cortina de metal tiene dibujado un Buda; el de comida tailandesa. El Lai Thai. Ese por donde, desde el interior, se asoma un individuo pequeño, de tez oscura, que parece ser el vivo retrato del profesor Miyagi, el maestro que iniciaba en las artes marciales a Karate Kid. "Busco a Míster Odd", le digo. "Yo Míster Odd", me contesta.
En la lengua thai, Odd significa renacuajo, en el sentido de aquella larva que está en proceso de convertirse en sapo. Algo hay en su tamaño pequeño, no más de un metro 60, que permite entender el apodo. Sin embargo, la vida de Jirawat Nantalakha (54) está más en consonancia, durante los últimos meses, con aquello que su nombre significa. "En Tailandia, tú no puedes poner a un niño un nombre que no tenga un sentido específico. Por eso mis padres me bautizaron como Jirawat, que significa el que está creciendo permanentemente". Lo dice en inglés, porque de español no maneja más de 30 palabras. Dice hola, glacias, permiso, dipende, complal. Así y todo, se las ha arreglado para que su nombre (o mejor dicho, el nombre de su local: Lai Thai) corra de boca en boca desde que abrieron, a fines de enero.
Míster Odd nació y creció en Bangkok. Su padre trabajaba para una compañía ferroviaria y su madre se ocupaba de criar a los cinco hijos. Educó el paladar como buen tailandés: comió grillos, larvas, alacranes, serpientes, sesos de mono. Pero fue en su casa donde aprendió los secretos de la cocina con su madre. "Todos la ayudábamos a cocinar, desde muy niños. Aprendí a hacer el arroz, las sopas, el curry, conocí las variedades de hierbas y raíces. Y parece que lo hice bien, porque mi madre me pedía que yo catara sus platos para saber si estaban a punto".
Hubiera querido ser artista, pero terminó estudiando economía y administración pública. Cuando se puso a trabajar, lo hizo en el departamento de marketing de una fábrica de alimentos. Se casó, tuvo un hijo y, luego de unos años, se separó. A mediados de los 90 su familia reflotó un viejo sueño: emigrar a Estados Unidos para instalar un restaurante de comida thai. Partieron todos a San Francisco y levantaron su negocio. Sin embargo, a Míster Odd no le gustaron los norteamericanos, "eran muy arrogantes".
Rehízo sus maletas y volvió a Bangkok, con tan mala fortuna que el Bath (la moneda tailandesa) se desplomó e hizo estallar la crisis asiática. "Tuve que liquidar todo lo que tenía e irme al sur para rehacerme. Me instalé con un centro de copiado e internet que me dio para vivir". No todo fue tan malo, porque en el restaurante de un amigo conoció a una estudiante que trabajaba como mesera. Fue un flechazo, a pesar de que los separaban 22 años.
Ya tenía dos hijos cuando, hace unos seis años, recibió la llamada de su hermana. Ella había llegado a Chile acompañando a su marido que trabajaba como técnico de Airbus. Una cosa le llamó la atención: la inexistencia de restaurantes de comida tailandesa. A través de la línea telefónica, le dijo a su hermano que era una oportunidad y había que aprovecharla. En ese momento, Míster Odd no tenía idea de Chile, no imaginaba que su futuro iba a estar relacionado con un libro y mucho menos sabía de la historia del niño que nació medio muerto, ahorcado por el cordón umbilical.
El niño que nació medio muerto fue bautizado como Cristóbal Cox. Veinticinco años después tiene el tamaño de un ropero. Lleva una chaqueta que él mismo diseñó con material reciclado y que en vez de tirador luce en el cierre una medalla de la Virgen de Los Rayos. En el éxito del Lai Thai a él le corresponde el 50% del crédito, quizá más. Le da una calada al cigarrillo artesanal que acaba de encender y comienza a desovillar un discurso que suena más propio de un seguidor de Bhagavan Nityananda que de un empresario gastronómico.
"La materia no es otra cosa que distintas manifestaciones energéticas en diferente vibraciones. Está comprobado científicamente. Tu pensamiento genera energía y esa energía afecta lo que se encuentra alrededor, situaciones, personas. Cuando te enfocas en un objetivo claro, tu mente filtra la información que flota en el éter y te conecta con aquella gente que tiene un propósito que se relaciona con el tuyo. Esa es la explicación de por qué conocí a Odd. Yo lo pedí al universo", dice.
Lo dice en serio. Con la misma seriedad que afirma que todo lo ocurrido "se lo debemos a Napoleón Hill". Hill no es el tercer socio del Lai Thai. Hill nació en Estados Unidos, en 1883, y fue el precursor de los textos de autoayuda con su libro Piense y hágase rico (escrito a petición del archimillonario Andrew Carnegie). "Rico, pero no de plata; de amor, de felicidad", aclara Cox.
A Cox le bastó descargar de internet unas grabaciones en las que Hill hablaba con su acento texano para convertirlo en una suerte de gurú personal. "Me escuché el libro entero. Desde entonces comenzaron a pasar cosas".
Lo primero que pasó fue que un amigo radicado en Estados Unidos, que tenía el knowhow culinario, le propuso abrir un restaurante. En un principio querían replicar el modelo de los Wok to walk que habían visto en Amsterdam: pequeños expendios de comida japonesa que te sirven tu pedido en cinco minutos y puedes llevarte en una cajita de cartón con palitos. A los pocos días, Cox conseguía arrendar un pequeño local en el Persa Bío Bío.
"Trabajamos varios meses dejando el local como nuevo. Un día le dije a Diego (Coletti, su amigo artista) que pintara lo que quisiera en el local. Y él pintó la imagen de Buda y una imagen tradicional tailandesa, que era la cara de un león, y una leyenda en sánscrito, también tailandesa, que ocupaban los guerreros para protegerse. Y esto antes de conocer a Odd", cuenta.
A medio camino, se peleó con su socio de Estados Unidos. Se quedó solo con su proyecto de restaurante, sin chef y sin knowhow culinario. "Mis abuelos, con los que vivo, me preguntaban cuándo iba a poner un aviso, cuándo iba a salir a buscar a ese chef. Yo les decía que no, porque sabía que la persona indicada iba a llegar a mí".
Una noche fue a comer a un restaurante tailandés. Se le ocurrió preguntar por el chef. Pensó que él podía recomendarle a alguien. Cuando apuntó sus datos, tuvo que preguntarle dos veces por el nombre: "Odd, Míster Odd", le dijo.
En Chile, los tailandeses no suman más de cien y de ellos sólo tres son chefs. Sin embargo, cuando Míster Odd llegó a Chile, la presencia era todavía más precaria. Como su hermana le había sugerido, a poco de aterrizar hace seis años en Santiago, abrió un puesto de comida thai en el Apumanque. Ocho meses después estaba bajando la cortina. "No era el momento. El chileno no se atrevía a probar otros sabores", dice.
Estuvo a punto de regresar a Bangkok. Sin embargo, por esos días otro proyecto thai comenzaba a dibujarse. El Ky, de Juan Pablo Izquierdo, reclutó a Míster Odd para su cocina y ahí estuvo hasta enero de este año, cuando al restaurante se acercó Cristóbal Cox, quien lo invitó a conocer el local que había arrendado en el barrio Franklin.
"No tenía para pagarle más de lo que él ganaba. Se me ocurrió proponerle que fuéramos socios, cincuenta y cincuenta, pero con un plan. No sacaríamos plata del primer local, sino que la invertiríamos en siete nuevos locales en la zona oriente. ¿Por qué siete? Porque siete es un número importante en mi vida", cuenta Cox, quien dispuso siete mesas en el boliche y siete platos en la carta.
A mediados de febrero, Míster Odd aparecía cocinando dentro de un pequeño cuadrado de tres por tres metros, en Franklin 602, pleno corazón del Persa Bío Bío, mientras los buses del Transantiago pasaban a toda velocidad a pocos metros.
A Míster Odd le gusta el concepto de la comida callejera, porque le recuerda a Bangkok. "Allá te venden comida en la calle las 24 horas del día. Un vendedor te puede ofrecer 50 platos diferentes y a precio muy barato. Eso lo hemos adoptado como parte de nuestra filosofía y vamos a mantenerlo cuando abramos los restaurantes", dice Odd arriba del transporte escolar en el que lo llevan a La Vega para hacer las compras del día, a eso de las 9.30 de la mañana. Recorre los puestos tirando un carrito y tarjando el listado que lleva en la mano. Se las arregla bien. Ya tiene algunos caseros con los que no necesita derrochar palabras. Si le gusta algo dice: "Cuatro kilos esto" o "dame dos ésta".
Huele la albahaca y no evita apuntarme que en Tailandia hay tres tipos diferentes de ésta y que el clima tropical ayuda a tener una variedad de productos muy rica. Luego vuelve a poner la mirada en los puestos para seguir comprando zanahorias, champiñones, dientes de dragón, lechugas hidropónicas. Cuando pasa frente a un puesto de productos peruanos, se detiene para llevar unos plátanos enanos que le recuerdan los que comía en Bangkok.
"La comida tailandesa es única. Usamos ingredientes que son exclusivos, como el jengibre blanco o las hojas de lima kaffir. Hay muchas hierbas, raíces y especias saludables para el organismo. También es una comida sabrosa. En la gastronomía thai hay seis sabores que son esenciales: dulce, agrio, picante, salado, amargo y cremoso. Y eso no lo encuentras en otras comidas", cuenta Odd, ya en Franklin, iniciando un viernes donde la demanda llegará alrededor de los 150 platos, en no más de cuatro horas, lo que prácticamente se duplica los fines de semana, con largas colas de clientes que esperan su turno para comerse un pad thai (fideos de arroz salteados con huevo, pollo, camarones ecuatorianos, tofu, salsa de tamarindo, dientes de dragón, cebollín y maní triturado) o un panang kung (camarones ecuatorianos salteados en wok con curry panang, leche de coco y un toque de maní molido, acompañado de arroz blanco). De más está decir que los números le sonríen: un simple ejercicio matemático eleva a más de medio millón de pesos la venta de 150 raciones diarias, a un valor promedio de $ 3.500 cada una.
Pero ¿cómo llegaron a tener esa demanda?
"Nada es casualidad. En febrero hubo una intoxicación en el barrio, cerca de 150 personas afectadas. Llegó la tele y muchos medios. Entre ellos estaba Carlos Reyes, un periodista que tiene un sitio web con comentarios gastronómicos. Cuando se iba, pasó a nuestro local. Se comió un pad thai. Y habló maravillas de lo que había probado. Poco después, una señora del Persa ganó siete millones en Quién quiere ser millonario, y le regaló una comida exótica a su marido que se la comieron en el Lai Thai. Y así, después volvió a ir la tele, los diarios, las revistas. Un domingo nos encontramos con que la gente ya hacía cola para comer. Se acercó un viejito al que yo le compro libros en el Persa y me preguntó: '¿Cómo lo hiciste, viejo? Llevo 40 años acá y nunca había visto una fila como ésta'. Y yo le dije: 'El librito, Napoleón Hill'. La profecía se había cumplido", dice Cox.
Por estos días, el pequeño boliche de Franklin deja de ser el único Lai Thai. Al 1 de septiembre, Míster Odd y Cox tendrán otros tres restaurantes abiertos en Santiago: uno en Salvador con Irarrázaval, otro en Avenida Ossa con Bilbao y un tercero en una galería de Nueva de Lyon, así hasta completar siete. ¿Y luego? Abrir locales en Argentina, Perú, Brasil, Colombia y Panamá.
Termino de escribir pensando en que mañana volveré a Franklin a comerme un pad thai, aunque tenga que esperar una o dos horas para volver a probar la mano de Míster Odd, y preguntándome dónde diablos podré encontrar una copia del Piensa y hazte rico, el libro de Hill.S
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