Columna de opinión: Anvil, lágrimas de metal
Este viernes se estrena en Chile el documental del grupo en el Festival In-Edit.

Las reseñas hablan de un documental que registra el estrellato desvanecido de una banda metalera. Pero "La historia de Anvil" es, ante todo, uno de los más conmovedores retratos humanos ofrecidos por una cinta de rock.
Una crónica de amor y amistad entre dos músicos cincuentones que batallan con días de gloria que se esfumaron y el hambre por una tardía redención que nunca llega. Memorables son las secuencias de una gira europea que ambiciona el renacimiento, pero que remata en gimnasios con no más de 100 personas, y en clubes pequeños e insalubres dominandos por la desorganización y el vandalismo. Todo impulsado por una productora que apenas habla inglés.
Pocas veces un género tan excluyente como el heavy metal -sumergido en sus reglas infranqueables y en bandas que asumen los vertiginosos cambios en sus filas como un dogma de supervivencia- había logrado un momento tan universal.
"Una historia de amor entre hombres, pero sin sexo", lo definió su realizador, Sacha Gervasi, y acierta: es el rock duro en su faz más frágil.
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