Crítica de teatro: Un clásico de la marginalidad
Como en otros personajes de la producción de Rivano, predomina aquí una marca primitiva que les impide acceder a una existencia que ellos vislumbran como más solidaria y piadosa.
El rucio de los cuchillos se estrenó hace casi 30 años, cuando ya Luis Rivano se había hecho conocido, sobre todo gracias a Te llamabas Rosicler (1976) y ¿Dónde estará la Jeannette? (1984). A pesar del éxito de crítica, la obra pasó casi inadvertida para el público de entonces y durante años debió peregrinar por varias ciudades, montada por elencos de aficionados, antes de convertirse en una de las creaciones más conocidas del autor. Verla hoy confirma su carácter de pequeño "clásico" en el panorama de la dramaturgia nacional: la fuerza de los personajes, la coherencia de su rústico lenguaje, el retrato de un universo de doble marginalidad (pobreza y delincuencia) y la condensada intensidad de su argumento explican el renovado éxito con que se exhibe ahora.
En una notable opción, el director Rodrigo Achondo y el escenógrafo Guillermo Ganga redujeron el amplio escenario de la sala Antonio Varas y dejaron en su centro el pequeño lugar de acción, la estrecha habitación de un empobrecido hotel santiaguino. Y es que El rucio de los cuchillos es una obra espacialmente clausurada, una metáfora de la condición de su protagonista, Vinicio (Nicolás Pavez), un ex presidiario aterrorizado de salir nuevamente a la calle y ser detenido por cualquier nimiedad. Sus tediosos días transcurren en la habitación contigua de La Guille (M. Paz Grandjean), una prostituta, y El Tolo (Daniel Alcaíno), su cafiche. Progresivamente, El Tolo se va enervando con la insistente presencia de Vinicio, hasta conducir los acontecimientos a un final trágico. Este desenlace sella una impronta definitiva: sus personajes jamás podrán escapar del círculo de criminalidad que los atrapa, aunque se resistan. Como en otros personajes de la producción de Rivano, predomina aquí una marca primitiva que les impide acceder a una existencia que ellos vislumbran como más solidaria y piadosa.
Aunque la acción se desarrolla en la década del 70, este montaje consigue exhibir la vigencia del original gracias a las sólidas actuaciones y a la reproducción naturalista del espacio escénico, no obstante ciertos pasajes podrían haberse abreviado para conseguir mayor concentración dramática.
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