La fe del minero
Señor director:
En la carta de Mario Gómez, las frases de fe que sostenían su mensaje se unieron a las misas y a las imágenes de San Lorenzo y de la Virgen de La Candelaria en la superficie. "Dios es grande", decía.
Algunos, dando gracias a Dios, ya hablan de un "milagro" y de la importancia del esfuerzo humano con profesionales de excelencia, organizados, con colaboración de los trabajadores y familiares y con tecnología de punta.
Pero de lo que también se debería hablar es de la fe, de esa que el mundo de hoy parece perder fácilmente. La fe que se llamó del "carbonero" y que desde el domingo debiera llamarse "del minero". Es la fe muchas veces de los pobres, apodíctica, incombustible, que no está sujeta a las abstracciones y reflexiones de alta teología (que siguen siendo necesarias). Es profundamente unida, más bien fundida, con la esperanza, que "percola" la vida completa. Que nace y se fortalece en lo simple, que vive no tanto en el intelecto como en el corazón.
Aquí no cabe pensar sobre los problemas y la falta de poder o credibilidad que afectarían a la Iglesia. El obispo celebra misa, y todos rezan "hágase tu voluntad en la tierra -y bajo de ella- como en el cielo", y no dudan de su plegaria. Algunos dirán que sólo frente a la posibilidad de muerte es fácil pedir ayuda con "fe". Pero, ¿no es acaso legítimo pedir ayuda en medio del dolor, cuando las fuerzas del hombre parecen no poder -y la verdad es que finalmente no pueden- contra las fuerzas de destrucción incontrolables de la naturaleza, ayudadas en este caso por el descuido y la indiferencia humana, la falta de amor por el otro?
Mario Gómez, los mineros y todos los que trabajan con esperanza y fe en su rescate nos dieron un ejemplo y confirmaron que la fe sí "mueve montañas" -y las perfora-, "gracias a Dios". Gracias, muchas veces muchas gracias, por regalarnos su "fe minera".
Sergio Canals
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