Por qué los hombres quieren ser como Mad Men
Don Draper es un publicista neoyorquino que lo tiene todo: prestigio, una familia, una casa en los suburbios y una botella de whisky en su escritorio. Pero ante todo, tiene esa hombría tradicional que su género tanto extraña.
Una rueda. Eso ven los ejecutivos de Kodak. Don Draper, en cambio, ve una máquina del tiempo. Sentados en la sala de reuniones, la batalla no es justa: dos representantes de Kodak contra un publicista de la agencia Sterling Cooper. Los socios de Draper sólo lo escuchan, sabiendo que él es su mejor carta. Que es el único que puede transformar un aparato tan aburrido como un proyector circular de diapositivas, en algo que todos necesitan tener. Porque Draper no vende tecnología; vende nostalgia. Vende recuerdos. Vende el trayecto hacia la casa, "que es el lugar donde uno sabe que es amado". Y con eso, no sólo se asegura una cuenta más para su agencia de publicidad: también deja llorando a uno de sus directores creativos. Porque Don Draper es de esos hombres que todo el resto admira.
Sobre todo los telespectadores: para ellos, Draper representa la hombría primitiva, esa que no tiene cabida en la sociedad actual. No en vano fue elegido "el hombre más influyente del año" en 2009, en la página AskMen.com; en Chile y Latinoamérica es una de las series fuertes de HBO y varios medios internacionales escriben tratando de descifrar "la sicología de Draper". Incluso existe una aplicación en Facebook, "¿Qué haría Don Draper?", que ofrece asesoría a un click de distancia. Las respuestas no son más que citas extraídas de alguna de las tres temporadas que lleva el programa, porque con las palabras de Draper basta.
El es un modelo a seguir de una masculinidad en extinción. Porque hace lo que los demás no se atreven, porque se debe únicamente a su esfuerzo y porque es siempre leal a sus principios -aunque éstos no incluyan ser leal a su esposa. Y todo lo hace usando suspensores y tomando whisky al ritmo de los que saben hacerlo sin terminar con una resaca.
La serie Mad Men es un retorno a un estilo de vida y, a la vez, un registro de los problemas actuales. Muestra una Nueva York ambientada en los 60, en la que estaba permitido fumar en cualquier parte y guardar una botella en el escritorio de la oficina. Y su éxito revela el anhelo por una vida con más licencias, más desorden y más diversión que la actual. Con menos deberes. Por eso la serie arrasa. Nominada a 17 premios Emmy -y con nueve ya en el cuerpo-, Mad Men es una mezcla perfecta de nostalgia de tiempos más bohemios y un retorno del concepto más clásico de la hombría. Esa que no necesita verbalizar las emociones y lavar los platos para probarse ante el resto. Y eso, los telespectadores lo agradecen. Porque aunque no sean ni publicistas ni embusteros ni mujeriegos, todos se ven reflejados en Don Draper.
Según Guillermo Gabler, siquiatra de la Clínica Alemana, es lógico que los hombres se identifiquen con él. "Esa masculinidad es la opción natural", explica; la que no requiere ningún esfuerzo. "Y está impuesta por varios estereotipos de larga duración: el macho desde el punto de vista reproductor, que le es infiel a su esposa; el protector, que es un buen padre, y el exitoso en lo laboral".
Esa suma de varios hombres en uno, a veces opuestos entre sí, es lo que resume la atracción del programa. Y de Draper. "Muestra la complejidad de lo que es y lo que implica ser hombre", dice Javier Sanfeliú, publicista y fanático de la serie. "No es que justifique nada; ni lo bueno ni lo malo. Pero retrata tanto lo que uno es como lo que no es". Para Sanfeliú, lo que más pesa en el aspecto profesional del personaje es que Don Draper es un tipo forjado a punta de esfuerzo. Un hombre que llegó adonde está por sus propios medios. Y que, una vez ahí, no deja que nadie lo pase a llevar: "El no es un yes-man; tiene la impronta de decir lo que tiene que decir, y la capacidad de levantarse del asiento y dejar al cliente hablando solo".
HOMBRÍA SIN DISCULPAS
Más allá del protagonista, la serie funciona porque sirve como vía de escape al ritmo de vida actual. A la necesidad de hacerlo todo bien, de cumplir con ser la mejor versión de uno todo el tiempo. De ir a terapia para arreglar los problemas, de fumar en la calle muerto de frío porque en la oficina está prohibido hasta en el baño. Mad Men es un respiro de casi una hora, una pausa entre la reunión de apoderados y hacer dormir a los niños. Un alivio que Sanfeliú reconoce sin ningún reparo: "La serie muestra una forma de vida menos neurótica que la nuestra. Conozco mucha gente que come comida macrobiótica, no fuma, toma sólo agua y hace yoga. Y es una vida tan neurótica, que no sé si es más sano". Sin embargo, tiene claro que la producción no es la panacea: "Mad Men tampoco es sano, pero no tiene esa obsesión por el wellness. (Esa época) era un disfrute y la gente se moría cuando se tenía que morir. Hoy, la presión por la salud es un tanto asfixiante".
Pero el mayor relajo que provee la serie -y el motivo que más adeptos le suma, ad portas de que se estrene en Chile la cuarta temporada- recae en Draper. En la reivindicación del hombre en bruto, de aquel que no pide perdón por serlo. Del opuesto al que estuvo de moda en la década pasada: "Don Draper no es metrosexual, explica Sanfeliú; es como el primer personaje en televisión que encarna la masculinidad. Con sus complejas idas y vueltas. Draper tiene muy buena facha, pero es un hombre tal cual no más... y uno, como representante del género, agradece ver eso".
Pero no todo es tan admirable en el protagonista: el tipo engaña a su mujer como parte de su rutina. Y es una costumbre que no merece reproche de sus pares, en parte porque todos hacen lo mismo. Pero a los hombres les gusta Draper no porque es infiel, sino porque es humano. "Es un hombre y tiene esas contradicciones vitales constantemente. El American Dream y la familia perfecta no siempre existen, entonces no está tan lejos de la realidad", dice el publicista y director creativo general de la agencia Los Contenidos. Gabler, de la Clínica Alemana, concuerda en que Mad Men ensalza el concepto del hombre simple: "Son tipos comunes y silvestres, pero que están expuestos y que tienen triunfos permanentes". Triunfos que cualquier hombre "común y silvestre" puede lograr.
Pero para Sanfeliú, Don Draper es algo menos y algo más que un héroe. Si tuviera que escoger un atributo, una cualidad que hace que él encarne la hombría sin aderezos, se quedaría "con un solo tema: representa al hombre que vuelve. Vuelve al arquetipo del hombre, vuelve a la casa". "A ese lugar donde uno sabe que es amado", como el mismo Draper se lo explica a los ejecutivos de Kodak al venderles su propio carrusel.
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