Nostalgia de inventar coreografías con las amigas




Hace unos días mi mamá me mandó un video de mi hermana chica, de 14 años, ensayando bailes de TikTok con sus amigas. Lo vi un par de veces y me acordé de esos años púber de la adolescencia, en los que, independiente de la generación a la que pertenezcas, siempre existe un sentido de la creación compartida muy desarrollado.

Son años en los que cada momento libre se transforma inevitablemente en una oportunidad para echar a volar la imaginación y crear algo: inventar una coreografía de baile; escribir las letras de una canción melosa o incluso componer la melodía con ese instrumento que quisiste aprender y que unos años después quedó botado por ahí. La mayoría de estas creaciones nunca llegan a puerto, pero la dedicación que se le entrega a cada una de ellas es digna de una obra maestra.

Así estaba mi hermana en el video, dando la vida por lograr replicar a la perfección la coreografía que había visto en TikTok, y la verdad es que lo estaba logrando. En su expresión facial, que delataba convicción plena, me pude ver a mí y a mis amigas años atrás, cuando pasábamos horas encerradas en algún garaje o pieza ensayando una coreografía de pasos sensuales y de contenido un tanto cuestionable para la edad, que luego le mostraríamos a toda la familia –abuelos y tíos incluidos–, como si se tratara de una gran sorpresa cuya preparación requería horas. Ellos, un tanto espantados, se verían obligados a aplaudir.

Y es que nosotras no las copiábamos de TikTok y tampoco las grabábamos para subirlas a una red social, pero nuestra motivación también radicaba en esa última instancia de exhibición: nada nos entusiasmaba más que ese momento en el que todos se reunían en el comedor y nosotras desplegábamos nuestro espectáculo, que por lo demás nos había tomado horas montar.

Recuerdo una vez en particular, cuando junto a mi prima mayor armamos una coreografía para la canción Spice Up Your Life de las Spice Girls. Aquella vez debí haber tenido nueve años. Era ella en realidad la que me acercaba al mundo más pop, que hasta entonces yo conocía de manera superficial –en mi casa no había tele y por ende mi entrada al universo MTV y glitter fue tardío–, y siempre tenía algún tema nuevo para mostrarme.

Esa vez nos encerramos en la pieza y le advertimos a todos que en un rato tendrían que sentarse en los sillones y apagar las luces. Salimos dos horas después, totalmente peinadas, maquilladas con sombra violeta y bailamos como nunca antes lo habíamos hecho, como si nos estuviéramos presentando en el Madison Square Garden. Los demás nos deben haber visto como unas ridículas, pero esa opción ni siquiera se nos cruzó por la cabeza.

Y es que nuestros referentes, o los de mi prima al menos, eran esos pasos que le había visto alguna vez a TLC o a Gwen Stefani. Y aunque me sintiera un poco ajena, porque no era el imaginario que me rodeara en casa, fui sintiéndome cada vez más parte de esa actividad y empecé a interiorizar cada coreografía como un nuevo desafío.

Yo era la hija de la bailarina de ballet, por lo que proponer pasos y articular bailes se me daba de manera fácil –además había tomado clases de todo– y de a poco fui asumiendo el rol de creadora principal. Y me lo tomé muy a pecho: inventar coreografías con las amigas a finales de los ’90 y a principios de los 2000 era de esos panoramas que no se transaban. Las películas, que por lo demás yo amaba ver, podían quedar a media y los dulces podían quedar desparramados en el piso, pero los bailes se hacían hasta que todas se hubieran aprendido los pasos a memoria. Y así como si nada, el juego iba perdiendo su gracia. Porque ya no era bailar por bailar, sino que para montar un espectáculo y ser las mejores.

Ahí me salía lo neurótica y mandona, que a ratos aún me sale cuando hago trabajos en equipo. Y de verdad lo pasaba mal cuando no resultaban como me las había imaginado. Padecía de ese complejo de pensar que si no me encargaba yo, no iban a salir bien, cuando probablemente habrían salido mil veces mejor si dejaba que mis amigas me ayudaran. Creo que fue ese el aprendizaje más grande –y no del todo asumido aún– que me dejó esa época de coreografías inventadas con las amigas.

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