Diario Impreso

Cómo los hippies salvaron la Física

<P>Desde meditación oriental hasta LSD probó un grupo de científicos de la U. de Berkeley en 1975, todo con el fin de sacar del pantano a una ciencia, en ese entonces, estancada. Sus logros perduran hasta el día de hoy.</P>

Para la mayoría de los habitantes de Viena, el 21 de abril de 2004 fue, probablemente, un día más de primavera. Sin embargo, en medio de la tranquilidad de la capital austríaca, un grupo desafiaba la lógica con un experimento revolucionario cuyos resultados bordeaban los límites de la ciencia. El alcalde de la ciudad, el director de uno de los más grandes bancos austríacos y un grupo de físicos habían conseguido la primera transferencia bancaria electrónica que utilizaba criptografía cuántica, el sistema de transferencia de datos más seguro del que se tiene registro. El método funcionó gracias a la transmisión de una señal con un código inquebrantable -una clave encriptada- desde la sucursal del banco hacia la alcaldía. Si alguien hubiera intentado capturar esa señal, habría sido detectado fácilmente. El sistema era inviolable.

El mismo se utilizó tres años después, en Ginebra, para asegurar la rigurosidad de la votación electrónica en las elecciones suizas. Este hallazgo provenía de décadas de investigación, pero ni remotamente de aquella producida en los estereotipados laboratorios asépticos de la ciencia moderna. Es más, este descubrimiento no hubiera sido posible sin la ayuda de buenas dosis de LSD, meditación, filosofía oriental, tinas calientes y un prolongado coqueteo con el esoterismo de los hippies de los años 70. No hablamos de reconocidos rockeros de casa rodante, sino de un grupo de doctorados en Física que trasladaron el "poder de las flores" al laboratorio y que, buscando desentrañar misterios al borde del ocultismo, se convirtieron en referentes que devolverían la vida a la Física moderna. Esta es la historia que el físico y autor estadounidense David Kaiser relata en su más reciente libro, Cómo los hippies salvaron la Física, en el que detalla los tropiezos y avances de un grupo de científicos de Berkeley que, en los 70, se las arregló para vencer las limitaciones de una ciencia que, en ese momento, se encontraba en uno de sus peores trances.

Incienso, LSD y todo lo demás

Hacía varios años que había cambiado la forma de entender esta disciplina en Estados Unidos. En los 70 quedaba poco del clima abierto de discusión del que habían disfrutado, en los años 20 y 30, gigantes como Albert Einstein, Niels Bohr y Erwin Schrödinger, cuando era posible acuñar términos ambivalentes, como "dualidad onda-partícula" o "principio de incertidumbre". Desde la Segunda Guerra Mundial y a raíz de necesidades prácticas, el desarrollo de la Física se había convertido en un insostenible "cállate y calcula". Varios elementos habían propiciado este escenario. El Departamento de Defensa de los Estados Unidos (que había financiado directa o indirectamente el entrenamiento de físicos durante décadas) necesitaba enfocarse en la guerra de Vietnam y cortó los fondos para los científicos. Pero también, a raíz de las conflictos de la Guerra Fría, el nexo con las instituciones extranjeras se había resquebrajado y ya no había a quién volver la vista.

Tratando de subvertir esta realidad, un grupo de jóvenes físicos de la Universidad de Berkeley comenzó a reunirse todos los viernes a las cuatro de la tarde, buscando dar rienda suelta a su imaginación y tratando de explicar los mismos laberintos que habían inspirado a Einstein y a ellos antes de comenzar sus estudios: tiempo, espacio y materia. En mayo de 1975 se realizó la primera reunión del Grupo de la Física Fundamental.

Una conferencia normal de este grupo contaba con algunos de los implementos naturales de cualquier encuentro académico: equipo audiovisual adecuado para las presentaciones y una pizarra. Pero hasta ahí llegaban las similitudes. "Grandes cuarzos y cristales de amatista se repartían por toda la habitación, con fines decorativos, pero también por sus posibles cualidades transmisoras de la energía", describe Kaiser. El objetivo era romper el antiguo molde de las conferencias científicas, en las que alguien hablaba y los demás escuchaban. No había sillas ni podio, porque se buscaba la participación democrática, un objetivo para el que las tinas calientes (en las que cuaquiera podía meterse), las velas y el incienso, habían probado ser muy efectivos. "Cuando las cosas se ponían lentas, la gente siempre podía pasearse, pedir un masaje o dejar que sus viajes de LSD la llevaran a cualquier parte".

Poco tiempo pasaría para que se comenzaran a ver las primeras revoluciones propiciadas por este grupo. Gracias a publicaciones sumamente exitosas, como El Tao de la Física (1975), de Fritjof Capra, uno de los miembros del grupo, y el financiamiento de organizaciones disímiles, pero igualmente confiadas en los avances del grupo, como la CIA, el Pentágono y la U. de Stanford, el conocimiento empezó a circular. Ya a finales de los 70, los hippies de Berkeley iniciaron un debate que buscaba dejar de concebir a la Física como una disciplina únicamente orientada a la producción industrial y devolverle la capacidad de especular sobre lo desconocido, un aspecto de enorme relevancia para el desarrollo de cualquier ciencia.

Y había que comenzar en las aulas. Junto al Comité de Estudios de Física, lograron impulsar la reforma de los planteles universitarios, para que los alumnos, desde su aprendizaje, estuvieran en contacto con los nuevos modos de pensar. Desde Harvard hasta Stanford, las universidades empezaron a ofrecer seminarios con nombres como "Especulación en la Física". Gracias a ello, la mayor parte de los libros de Física actuales incluye referencias a la física cuántica, que de la mano de este grupo recuperó el lugar que había perdido y se reincorporó al mapa de la Física "seria".

Además, está lo práctico. En conversación con La Tercera, Kaiser dice que la propuesta más relevante de este grupo fue el "teorema de la no clonación, una revolucionaria teoría que nadie había reconocido", que estipula que es imposible hacer copias perfectas de un estado cuántico desconocido o arbitrario, algo que está al centro de la encriptación cuántica. "Cuando se transmiten datos a través de este sistema, un espía podría interceptar una partícula cuántica, que es parte de una señal encriptada, y tratar de hacer copias para saber qué información está siendo transportada". Pero al hacerlo, como explica la imposibilidad de clonación, inmediatamente anunciaría su presencia al emisor y receptor legítimos, con lo que destruiría la señal que estaba intentando robar. "Este descubrimiento crucial, alrededor del cual hoy se mueve una industria de un billón de dólares, viene directamente de los esfuerzos de los miembros del Grupo de la Física Fundamental", dice.

Actualmente, los horizontes de los miembros del grupo son disímiles. Algunos siguen activos, como Henry Stapp, científico del Laboratorio Nacional Lawrence Berkeley, y John Clauser, quien en 2010 compartió el Premio Wolf de Física por sus experimentos relacionados con la física cuántica. Otros siguen siendo apoyados por donantes privados y trabajan en tópicos inusuales, como la búsqueda de ovnis. Un tercer grupo se dedica a los negocios y hoy importa remedios herbales tibetanos, y una última oleada se ha dedicado a la escritura a tiempo completo, con exitosos libros sobre la teoría cuántica a su haber, muchos de los cuales la conectan con la conciencia, las religiones orientales y la espiritualidad. Un largo camino desde Berkeley de los 70, pero que sigue uniéndolos en torno al sigificado metafísico que buscaron en esa década.

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