Diario Impreso

La ciudad bajo tierra

<P>¿Qué pasa en el subsuelo de la capital cuando todos duermen? ¿Cuando la hinchada mundialera celebra un gol? ¿Cuando millones de chilenos se abrazan un Año Nuevo? Un batallón de 60 hombres topo limpia alcantarillas. Se codean con el olor nauseabundo de aguas servidas, cadáveres de animales y hasta colchones. </P>

Primer tiempo. Treinta y cuatro minutos. Chile hacía una jugada perfecta por la derecha. Toque de Matías Fernández, centro de Isla y adentro. Jean Beausejour celebraba el gol corriendo sobre el plastipasto del Estadio Mbombela de Nelspruit. En Santiago, las vuvuzelas criollas sonaban en alguna parte. La Plaza de la Constitución era un hervidero de piernas, brazos, maní confitado, sudor y camisetas rojas. Chile completo era una hinchada.

En Peñalolén, en tanto, el panorama era distinto. Jacob Tillería (42), amante del fútbol, no lograba escuchar nada. Ni el gol ni las celebraciones de los vecinos.

-Ya estoy acostumbrado a perderme cosas así -comentaría días después sin mayor sobresalto; una actitud que ninguno de los miles de chilenos que regalaban un peak de 66 puntos de sintonía hubiese comprendido. Ese 16 de junio, cuando el número 15 escrito en la camiseta de Beausejour saltaba de Sudáfrica al mundo, Jacob se sumergía 2,50 metros bajo tierra.

14 de julio. Ruido. Bocinas. Alameda esquina República. Jacob parece un hombre del espacio: 1,75 metros de estatura y 96 kilos de peso envueltos en un overol blanco desechable, botas negras plásticas, guantes verdes, mascarilla, casco blanco de protección. Nos invita a bajar hasta un punto de la red de alcantarillado. No es una invitación improvisada. Periodista y fotógrafo recibieron tres pinchazos en los brazos con un mes de anticipación: vacunas contra la hepatitis, tifus y tétanos, un ritual que cada uno de los 60 operarios de Aguas Andinas que trabajan limpiando alcantarillas en todo Santiago deben sufrir, porque el dolor que dejan en el brazo se padece.

-Mírame, pon mucha atención-dice Jacob-. Te voy a colgar del overol este detector de gases y si sientes que vibra, se encienden las luces o comienza a sonar, tienes que salir de la cámara inmediatamente, sin preguntarme nada. Esto quiere decir que hay gases tóxicos.

En Santiago hay 10.500 kilómetros de red de alcantarillado. No siempre fueron tantos. Entre 1900 y 1910, una empresa de ingeniería francesa sólo había construido ductos en el microcentro de la ciudad. Después, de la mano de la Empresa de Agua Potable de Santiago y de la Empresa Metropolitana de Obras Sanitarias (Emos), las cloacas se extendieron considerablemente.

Para acceder a los pasadizos que hay bajo tierra existen 172 puntos. Estos conducen a una cámara o una galería. Una cámara común y corriente puede estar entre uno y ocho metros bajo tierra, y cada vez que se abre una, se puede ver en el fondo una canaleta de agua turbia que arrastra sólo aguas servidas: todo lo que sale del baño o la cocina de una casa.

Las galerías pueden ser igual de hondas que una cámara, pero hay una gran diferencia: por las primeras se puede caminar erguido. Miden 1,50 metro de alto; de ancho, entre 60 y 70 centímetros; y de largo, 10 metros. Una de las galerías más grandes está debajo de la Plaza de la Constitución: ahí uno se puede desplazar a lo largo de 25 metros.

Esta mañana de julio, Jacob está de pie sobre una galería. Debe destapar una mínima obstrucción en el ducto haciendo presión con un chorro de agua hasta que el río de desperdicios escurra más rápido.

Desde su oficina ubicada en San Joaquín, Cristián Cancino, jefe de la Unidad de Mantenimiento de Colectores de Aguas Andinas, explica que diariamente hay 40 operadores de mantenimiento preventivo y 20 de mantenimiento correctivo para el Gran Santiago. "Esto excluye parte de Cerrillos y toda la comuna de Maipú, que no operan con nuestra empresa", dice.

Cada día, estos hombres topo limpian siete cámaras por cada turno: 10 grupos en la mañana y 10 en la tarde. ¿Al año? 1.100 kilómetros. Es decir, la distancia entre Santiago y Puerto Montt. Son 24 horas de trabajo ininterrumpido y en la noche hay una guardia de emergencia.

-¿Qué es lo más raro que hemos encontrado? -se pregunta en voz alta Cancino, y enumera: -Palos, verduras, pelotas y hasta fetos, aunque no es lo habitual. Una vez, incluso, apareció el cadáver de un caballo en una planta de tratamiento. Nadie sabe cómo llegó hasta ahí.

Antes de bajar, Jacob repite las instrucciones como si fuera un mantra: "Tienes que estar muy atenta al detector de gases". De pronto, como si estuviera en una película que pasa a mute, su voz se apaga y aparece un camión fletero circulando por la Alameda. Desde el vehículo, un hombre lanza un insulto habitual para los operarios: "¡Saca cacas!", le grita. El ni se inmuta; hace el mismo trabajo hace cuatro años y ahora está concentrado en los riesgos de limpiar la ciudad.

Lo primero es atacar la cámara con un chorro de agua que sale de una manguera conectada al camión. La idea es eliminar arañas, asustar a los ratones y eliminar los gases tóxicos que se acumulan en el subsuelo.

Bajamos por una escalera de fierro húmeda, mohosa y resbaladiza. De pronto, el medidor de gases de Jacob comienza a sonar. Tut-Tut-Tut. Luz roja. Nadie habla. Todos a la superficie otra vez. Desde que suena hasta que los reflejos indican que hay que salir, no pueden pasar más de 30 segundos. El aparato marca ausencia de oxígeno y gran cantidad de CO2, una suma que primero causa somnolencia y después un riesgo mayor. "Se pierde el conocimiento y puedes morir", dice Jacob luego de sacarse la mascarilla al salir. Toma una manga gigante que sale del camión que conduce junto a otro operario. Es una especie de aspiradora que ahora funcionará al revés: inyectan aire al interior de la cámara.

Todos abajo nuevamente. Esta vez no hay sensor que lo impida. El olor nauseabundo de la canaleta de excremento y basura que se siente al final de la galería produce inquietud. ¿Habrá ratones, arañas o fecas que se quedarán impregnadas en la ropa? Las paredes se pegan al cuerpo. La galería sólo tiene 60 centímetros de ancho, está húmeda, llena de telas de arañas. Es un pasillo de cemento que parece estar en cualquier lugar menos debajo de plena Alameda. Se sienten 32 grados, mientras en la superficie sólo hay 8 grados. Jacob intenta una explicación para la diferencia de temperatura: "En realidad, es una sensación térmica. Colabora la humedad, pero también el estado de euforia que provoca no estar acostumbrada a circular por espacios tan pequeños. Incluso, te puede dar una crisis de pánico, miedo o aumento de presión. Por eso sudas como si fuera verano".

Jacob cree en una especie de alcantarillabulario. Está seguro de que la basura que recorre las profundidades de Santiago tiene un significado y habla de los sectores y la gente. Días antes lo vimos limpiar una alcantarilla en un acomodado sector de Huechuraba, antes de que se tapara con juguetes, huaipe y botellas plásticas. Entonces, entregó un crudo y sucio diagnóstico: "Tú les preguntas a los vecinos y te dicen que nunca hacen tal cosa: nunca botan papel, toallas higiénicas o pañales, pero nosotros tampoco somos los que incorporamos la basura al colector… Pasa en barrios bajos, pero también en los más top. Así habla la basura, porque la gente de Santiago Centro no va a venir a ensuciar a Huechuraba. En Santiago hay sectores muy limpios y otros muy sucios; por ejemplo, donde hay concentración de restaurantes", sentencia Jacob.

Son las 11 de la mañana. Arriba golpea un sol tibio; abajo, sólo la luz frontal de nuestros cascos. Caminamos, levemente agachados, ocho metros por la galería de calle República hasta encontrar el objetivo: el ducto de aguas servidas. La luz frontal permite ver la escena: desechos humanos de todo tipo, orgánicos y no tanto. Papel higiénico, decenas de envoltorios de dulces, una basura indescriptible, barro, piedras, un par de palos de koyak. Si se abandona por unos minutos la mascarilla, entra por la nariz olor a excremento y humedad combinados con cientos de cosas inidentificables en descomposición. Una y otra vez papel higiénico pasa junto al agua que escurre bajo el barrio universitario.

Jacob Tillería ha visto de todo en las cámaras. Dice que la gente cree que son basureros y levantan las tapas para meter colchones y cuanta cosa les sobra. Las ferias, dice, lanzan cajones completos de frutas podridas, los niños dejan caer el palito de helado y algunos vecinos botan escombros.

A pesar de todo, es mucho menos tétrico que en las películas norteamericanas.

-Es que esto no es Nueva York ni las tortugas Ninja -interrumpe Jacob. -No tenemos grandes galerías, pero hay que tener cuidado, porque hay espacios confinados donde puede haber presencia de algunos de esos gases tóxicos, como te dije.

Hay cámaras donde deben bajar con equipos autónomos de respiración; pequeños tanques de oxígeno que duran media hora y que son la única solución cuando la concentración de gases lleva tiempo estancada. Esto pasa en las cámaras que han estado cerradas por años. Los días en que Ana Paola (su esposa, de 37 años) sabe que va a bajar a algunos de estos lugares, se preocupa el doble. Su llamada al celular cuando termina la jornada es una obligación.

La presencia de vida interrumpe la conversación con Jacob. Decenas de chanchitos de tierra se pasean por las paredes de la estrecha gruta.

-Son blancos porque les falta luz-, explica sonriendo, como un profesor de Ciencias que enseña la flora y fauna del subsuelo.

-Te has perdido mucho allá arriba por estar aquí abajo.

-Un poco. La ciudad vive arriba en otro tiempo y nosotros también. Años nuevos, fiestas patrias, navidades, los 1 de mayo, todas esas fechas, la gente arriba y nosotros abajo. Me perdí el gol de Beausejour, pero no me importó mucho porque después me lo contaron. Ya estoy acostumbrado.

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