La evolución no se ha detenido
<P>Si bien la teoría clásica sostiene que nuestra evolución se habría frenado hace unos 10 mil años, nuevas evidencias indican que los cambios se siguen produciendo. Aún más. La modernidad sólo está acelerando estas transformaciones adaptativas. </P>
HABLAR DE evolución implica hacerse cargo de la imagen mental que la palabra evoca en la mayoría de las personas: homínidos premodernos desarrollando herramientas y habilidades para enfrentar a los depredadores. En parte, la imagen es acertada. La mayoría de los estudios sobre la evolución de nuestra especie se refieren a sucesos que ocurrieron hace miles o incluso millones de años y que moldearon nuestros actuales rasgos. Tan persistente es esta imagen, que muchos estudiosos de la evolución señalan que este proceso se habría detenido entre 50 mil y 10 mil años atrás y que nuestra fisiología y sicología actual no tendrían diferencias con las de los humanos de antaño.
Sin embargo, una línea argumentativa divergente ha ido cobrando fuerza en los últimos años para sostener que los seres humanos seguimos evolucionando constantemente. De muestra, sus cultores ofrecen los cambios en nuestra genética y fisiología detectados desde hace sólo unos miles de años y los que, presumen, se seguirán produciendo a raíz de los cambios en nuestro hábitat introducidos por la vida moderna.
La "selección relajada"
Uno de los argumentos de quienes defienden la idea de que la evolución se detuvo, en el mejor de los casos, hace 10 mil años, tiene que ver con los enormes cambios que ha experimentado el ser humano en esta última fase de su historia. Para que ocurra la selección natural, un rasgo adaptativo (como piernas más largas para arrancar de los depredadores) debe prevalecer por cientos de generaciones, al punto de hacer desaparecer las piernas cortas, porque no serían un rasgo apto para la vida en esa comunidad. Lógicamente, es mucho más fácil que esto ocurra en poblaciones pequeñas, sometidas a las mismas condiciones ambientales y con poca diversidad genética. Sería por eso que entre los seres humanos modernos, dispersos por todo el mundo y enormemente diversos en sus rasgos, la selección natural no habría sido capaz de hacer desaparecer ningún rasgo de la especie ni generar, hasta la fecha, nuevas variedades de seres humanos.
Sin embargo, explica a Tendencias Peter Nonacs, profesor del Departamento de Ecología y Biología Evolucionaria de la Ucla, sigue ocurriendo lo que él llama "selección relajada". Por ejemplo: "Se podría pensar que yo tengo algunos 'malos' genes. Necesito usar lentes para ver las cosas claramente a distancia y tengo un bajo nivel de coordinación física. Hace 10 mil años, hubiera tenido problemas significativos para sobrevivir y encontrar una pareja. Y mis genes 'perdedores' hubieran sido eliminados de la población. Pero en la sociedad moderna, son rasgos neutros, que no afectan mis posibilidades de supervivencia ni reproducción".
Nonacs sostiene que es precisamente la diversidad genética y de condiciones de vida la responsable de la evolución sostenida de los humanos modernos y la razón de su supervivencia. "La mezcla de muchas culturas y poblaciones significa que nuestros hijos también son genéticamente más heterocigotos y variados en toda clase de rasgos que nunca antes en la historia. Grupos más diversos de personas tienen más habilidades y se aproximarán a la resolución de problemas con una más amplia variedad de métodos. La diversidad en expansión de la genética y comportamiento humano es, en mi opinión, un cambio evolucionario", dice.
Pequeños cambios específicos
Hablar de evolución siempre implica hablar de cambios introducidos por la selección natural a lo largo de innumerables generaciones. Es por eso que las modificaciones que se han descubierto desde hace unos pocos miles de años son relativamente menores, aunque significativas. Frank Rühli, director del Centro de Medicina Evolucionaria de la Universidad de Zurich, en Suiza, dice a Tendencias que se debe distinguir entre la macro y la micro evolución, que cubren diferentes extensiones de tiempo. "La evolución hacia una nueva especie toma más tiempo que las adaptaciones evolucionarias al interior de las especies", explica. Y éstas son precisamente las descubiertas por los científicos en los últimos años.
Las más notables son las introducidas por las características de la vida moderna, que en sólo pocos miles de años ha hecho que nuestra especie tenga huesos más débiles, cerebros más pequeños y menor masa muscular.
Por ejemplo, un estudio de Christopher Ruff, de la Escuela de Medicina de la U. John Hopkins, demostró que en un período de entre dos millones y 5.000 años atrás, se produjo una disminución del 15% de la fuerza ósea en los humanos, pero que en el presente los cambios han sido más rápidos: solamente en los últimos 4.000 años se registró una nueva disminución, esta vez de 15% de la fuerza. Según los estudios de Ruff, esto comenzó a gestarse con el uso de herramientas que reducían la necesidad de esfuerzo físico, como las hachas, inicialmente; el arado, más tarde, y el automóvil, en un tiempo mucho más cercano.
No es todo. El antropólogo de la Universidad de Wisconsin, John Hawks, sostiene que el cerebro humano ha perdido una porción de materia gris equivalente a una pelota de tenis en tan sólo 20 mil años, a pesar de que sus funciones neuroquímicas han mejorado y eso nos ha afectado positivamente.
Y estos cambios fisiológicos se reflejan, evidentemente, en nuestra genética. Una investigación de Robert K. Moyzis, de la U. de California, en Irving, y Henry C. Harpending, de la U. de Utah, determinó que cerca del 7% de los genes humanos actuales son fruto de la selección natural ocurrida durante apenas los últimos 10 mil años. Fue desde ese momento, sostienen los autores, cuando el mayor tamaño de la población condujo a una mayor cantidad de mutaciones genéticas que permitieron que la población humana radicada en Africa y Eurasia se adaptara a los climas y enfermedades que encontraron en otras partes del mundo. Las mutaciones extras, provenientes de una mayor cantidad de seres humanos, les permitieron cambiar y adaptarse a las nuevas condiciones que debieron enfrentar en otras latitudes
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