Diario Impreso

Los libros para chicos se agrandan

Hace 15 años pocos se hubieran imaginado que Chile cambiaría sus poetas por autores para niños. Hoy existen muchos ilustradores, escritores y editoriales que están escribiendo la historia de una nueva literatura infantil hecha en el país.<br>

Ana Garralón llegó la semana pasada a Santiago y no reconoció la ciudad. Mientras recorría las calles, esta española, especialista en literatura infantil y juvenil, sintió que estaba en un lugar muy distinto a aquel que había conocido en 1995 cuando se instaló aquí por un año. Pero lo que más le llamó la atención es que se encontró con un mundo totalmente diferente en su propia área. "Hace 20 años no había nada de lo que existe hoy. Ni editoriales, autores o personajes para niños", dice.

En esa misma época, recién se estrenaba uno de los proyectos estatales que impulsó el florecimiento actual de la escena del libro para niños: las bibliotecas de colegios públicos y liceos, más conocidas como Bibliotecas Escolares CRA que hoy son cerca de 11 mil en todo el país. "Cuando empezamos no existía la literatura infantil", dice Constanza Mekis, quien ha estado a cargo desde sus inicios de este programa que compra miles de libros. "Jamás imaginé el escenario actual. Antes era el desierto en una dimensión no florida y hoy tenemos montañas de libros".   

Y de personajes.

Durante mucho tiempo la literatura estuvo dominada por hadas, brujas, fábulas y cuentos extranjeros. Faltaban autores que crearan contenidos locales. En 1982 el autor y crítico Manuel Peña publicó la primera edición de la Historia de la literatura infantil chilena en la que decía que el país pasaba por un periodo pobre en esa área. "Confiamos en que los años futuros nos deparen escritores jóvenes, menos sentimentalistas que los de generaciones anteriores y más vitales y naturales para captar la sensibilidad infantil", escribió entonces y sus deseos se hicieron realidad.

A comienzos de la década del 2000 se empezaron a incorporar personajes como Juan, el niño con bigotes, del periodista Esteban Cabezas y la diseñadora Alejandra Acosta, o Kiwala, una llama aventurera creada por las editoras de Amanuta. Hay otros  que son famosos en los colegios, como  un niño que se quiere mucho y que lo dice cada vez que puede, del ingeniero y escritor Mauricio Paredes; un ratón que se llama Ramiro (y que es muy mirón) de la periodista Sara Bertrand, o los habitantes de arriba y los de abajo, que viven igual a los otros, pero al revés, de la ilustradora Paloma Valdivia.

 Todos estos autores, editores e ilustradores, que vienen de distintas áreas y sus creaciones son parte de un interés y crecimiento que se puede demostrar con números: en 2001 se editaron 42 libros infantiles chilenos; en 2014 fueron 504, lo que los convirtió en la categoría más publicada en el país, según el informe estadístico de la agencia del ISBN. En los últimos 14 años se han registrado 3.698 títulos infantiles hechos en Chile. Es decir, la literatura para los más chicos dejó de ser sólo cosa de niños.

 Ilustra el cambio


Había una  vez un libro con mucha imagen y poco texto, llamado "libro álbum", que durante años fue mirado en menos.

Sin embargo, su imagen y prestigio cambió. Tras pedir asesorías en distintos países, el programa de Bibliotecas CRA comenzó a incorporarlos en sus catálogos. "En Francia nos los recomendaron para incentivar la lectura porque después de mirar cuatro a cinco libros de este tipo, los niños pasaban a una lectura con más texto. Es un muy buen puente", dice Constanza Mekis. Las primeras compras estatales de este tipo se hicieron afuera, en México y España. "En ese tiempo se empezó a generar interés por hacerlos en Chile", dice Jennifer King, socia y directora de Confín, una pequeña editorial que tiene un fuerte acento en lo gráfico.   

Les pasó a Ana María Pavez y Constanza Recart: "No pensábamos crear una editorial, sólo hacer un libro ilustrado con temática chilena", dice Pavez, pero como a comienzos de la década del 2000 nadie estaba dispuesto a publicar algo así y por eso en 2002 crearon Amanuta, editorial que es considerada una precursora del auge del libro infantil actual.

Para llevar a cabo su proyecto, necesitaban ilustradores. Fueron a la Escuela de Diseño de la Universidad Católica que tenía un ramo en esa área y contactaron a Bernardita Ojeda, Raquel Echeñique y Paloma Valdivia, tres nombres que hoy son bien conocidos. Le pidieron a Valdivia que se hiciera cargo de la ilustración de Kiwala y ella lo convirtió en su proyecto de título.

 En paralelo, las estudiantes crearon junto a Alberto Montt y Francisco Javier Olea el colectivo Siete Rayas, hoy ya desaparecido. "Queríamos organizarnos como ilustradores. No hicimos muchas cosas, pero las que hicimos sonaron fuerte", recuerda Valdivia. 

Así comenzó el boom de los ilustradores chilenos, para grandes y chicos. Varios se fueron a perfeccionar afuera. "Cuando me fui, no pasaba mucho en Chile. Siete años después, al volver en 2012 había un auge. Ahora hay mucha gente y buena", dice Paloma Valdivia, quien estuvo en España y es una de las más reconocidas  internacionalmente. 

Aparecieron más nombres que hoy se destacan:


Alejandra Acosta, quien hoy recibe la medalla Colibrí 2015 de Ibby Chile a la mejor ilustración infantil y juvenil por su libro Pajarario, Isabel Hojas, Ángeles Vargas o Patricio Mena, entre otros que también están llamando la atención en otros países. "Se ve a Chile como un nicho de ilustradores importantes y buenos", dice María de los Ángeles Quinteros, editora de la recién creada área infantil juvenil del Grupo Planeta.

"El libro álbum le da al ilustrador un nuevo espacio, es también autor", explica Claudio Aguilera, socio y uno de los fundadores de Plop, galería dedicada a la ilustración e historieta que desde que abrió en 2010 ha sido parte importante en la promoción de este fenómeno gráfico. Él agrega que hoy ha cambiado la imagen de este tipo de publicaciones. "Al difundirse, los profesores lo estudiaron y ahora se comprende que el libro álbum es una herramienta de trabajo para la lectura", dice. La ilustradora infantil Ángeles Vargas cree que "el aporte de la ilustración no es algo pasajero. Ya no se puede hablar de un boom. Ya echó raíces".

El papel de la mujer

Verónica Uribe es de las pioneras del cambio en la literatura infantil chilena. Ella fundó en 1978, en  Venezuela, la editorial Ekaré, una de las pocas que en ese momento hacía libros álbum en Latinoamérica. "Fue un reto, porque tuvimos que aprender, pero no había competencia. Ahora mucha gente está haciendo cosas muy interesantes", dice Uribe quien volvió a Chile en los 90 y en 2008 fundó junto a su hija Claudia Larraguibel (Lola Larra) Ekaré Sur, especializada en libros ilustrados para niños y jóvenes.

Las editoriales independientes como Ekaré Sur o Amanuta que han aparecido en los últimos 15 años han sido clave para el auge de la literatura infantil. Entre ellas también hay que mencionar a Pehuén, fundada en los 80, época en la que publicó clásicos como El diario de Ana Frank o El príncipe y el mendigo, pero que empezó a renovar sus títulos y darle más protagonismo a la parte gráfica en el 2000 cuando llegó Marcela López, su editora infantil y juvenil y sacaron títulos como Tita, la planta maldita. A esas se suman Quilombo, Confín, LetraCapital, Grafito o Hueders y otras más pequeñas como GataGorda.

No todas están centradas exclusivamente en los niños, pero han incluido libros para ellos en sus catálogos y cambiado las dinámicas de trabajo. "Se genera una relación exquisita, donde todo se discute en grupo y todos trabajamos por lograr un producto de calidad. El nivel de compromiso de todo el equipo es mucho mayor", dice Alejandra Acosta, quien ha trabajado con varias.

Los editores detrás del fenómeno han sido en general mujeres. "Mujeres más bien jóvenes, que han viajado, que conocieron lo que hay afuera y  se arriesgaron en temas y formatos. Ellas son las que abrieron una puerta que estaba latente", dice Claudio Aravena, gerente de desarrollo de Fundación La Fuente, quien explica que dejaron de lado los cuentos con moraleja y se atrevieron con temas más actuales.  "Ya no es el cuento de la abeja. Quizás como mamá, ver lo normativo en el lenguaje me exaspera y por eso quiero probar, innovar y darles herramientas, porque sé que los niños captan la complejidad. Lo he visto en mi hija de tres años. Eso es lo que hemos querido trabajar", dice Marcela Fuentealba, de Hueders, una de las independientes que se ha consolidado en los últimos años.

Ese cambio también se ha dado en las grandes editoriales. "Me arriesgué con libros muy marcianos. Hay que buscar un equilibrio. En Alfaguara publicaba uno más comercial y otro más desconocido, pero con el tema de la marginalidad, que quería que fuera parte de mi reinado. Uno más arriesgado fue el de María José Ferrada, Notas al margen. Antes de que se publicara, se lo mostré a un amigo y me dijo que nadie lo iba a comprar. Ha sido un hit", dice María de los Ángeles Quinteros que hoy está en Planeta. 

Otra editora que es mencionada es Alejandra Schmidt, de Zig-Zag. "Antes de trabajar acá estuve en Estados Unidos donde aprendí mucho y me di cuenta de que faltaba innovar. Por un lado en lo material, por otro, con temáticas más arriesgadas sin que dejaran de ser lúdicas. El gran desafío es que no quedara algo ñoño o pedagógico".

Los escritores son otro cuento

"El reto hoy es hacer libros que sean atractivos", dice Verónica Uribe de Ekaré Sur. Para eso se necesitan, además de ilustradores, escritores e historias que les interesen a los niños y varios editores coinciden en que ese es el desafío pendiente de la literatura infantil.

Andrea Viu recuerda que en el año 2000, mientras estaba en la parte infantil de Alfaguara, buscaban nuevos autores e incluso les pidieron a varios escritores de libros de adultos. "De ahí surgieron libros de Pepe Pelayo, Sergio Gómez, Andrea Maturana y otros", dice.

La periodista Sara Bertrand publicó en 2008 los cuentos que le leía a su hijo. El ingeniero civil Mauricio Paredes dejó su profesión para dedicarse a este tipo de literatura y hoy, junto a Esteban Cabezas, es uno de los autores que más vende en el mercado. Pero la que más está llamando la atención es la poetisa María José Ferrada quien tiene 17 publicaciones infantiles y juveniles y ha ganado premios en Chile y afuera.

Sin embargo, varios editores echan de menos más nombres. "Con mis pares coincidimos en que hay una baja de texto, de escritores en la literatura infantil. Quizás porque hay muchos ilustradores que los opacan", dice Camila Rojas, quien creó Quilombo ediciones. María de los Ángeles Quinteros dice que siempre está buscando autores nuevos. Uno de los últimos es el cantante Leo Quinteros quien hoy lanza en Filsa su primer libro infantil. "Es mi apuesta porque tiene un humor absurdo que es como el humor de los niños", dice la editora.

Familia y Estado

Ningún proyecto se sustenta si no es rentable, y para Constanza Mekis, el rol que ha jugado el Estado en el interés por publicar libros infantiles ha sido crucial, en parte por las compras que hacen las bibliotecas CRA, a través de las cuales el Estado puede invertir hasta 16 mil millones de pesos al año en libros de distinto tipo para los escolares.

Aunque ese es uno de los proyectos más importantes, a él se suman otras compras, como las que hacen las bibliotecas públicas a través de la Dibam. Sólo a modo de ejemplo, en la Biblioteca de Santiago, cerca del 20 por ciento del presupuesto anual se destina a material infantil. Ahora además, el Plan Nacional de la Lectura y el Libro 2015 -2020 se ha puesto como objetivo dotar a más comunas, jardines infantiles y salas cuna de bibliotecas lo que probablemente amplíe todavía más la demanda de libros para preescolares y niños.

Lola Larra de Ekaré Sur confirma que estos programas son un apoyo imprescindible, sobre todo para las editoriales más pequeñas y que aunque en menor medida, también ayudan las fundaciones orientadas a la creación de bibliotecas como Había una Vez o La Fuente, quien además acaba de inaugurar Troquel, un centro de investigación de literatura infantil.

Las grandes adquisiciones estatales no sólo influyen en las ventas, sino que también en el tipo de material que se publica. "Cuando el Estado compra y da a entender qué falta, se sacan libros de esas temáticas", comenta la española Ana Garralón.

El interés de algunas familias en los libros para niños también ha crecido. Una de estas publicaciones se considera exitosa en Chile si al año vende tres mil ejemplares, aunque hay algunos que llegan a cinco mil como Tomás el elefante que quería ser un perro salchicha. Una de las gracias que tienen es que si les va bien se transforman en Long Sellers, es decir, se editan una y otra vez y no salen del mercado como ha ocurrido en los últimos cinco años con El niño con bigote. 

Joan Usano, dueño de Takk en el Drugstore en Providencia, librería que tiene un segundo piso dedicado a los niños, dice que desde hace una década se nota un mayor interés, según él porque la clase media acomodada comenzó a preocuparse de que sus hijos tuvieran buenos materiales. "Ellos querían lo mismo de afuera: buena calidad y un libro infantil ilustrado lúdico y estaban dispuestos a invertir diez mil pesos en eso", dice.

Las familias con hijos de hasta seis años son las más motivadas pero los libros que más se venden son los que están en la categoría entre seis y 10 años. Constanza Mekis agrega que los hombres con hijos están cumpliendo una función importante en la promoción de la lectura, ya que ella ve que actualmente hay más que están llevando a los hijos a la biblioteca, a la librería o que les cuentan cuentos en la noche.

"El mundo editorial chileno infantil está despertando a la creación. Ya despertó el libro álbum, ahora es el turno del libro informativo. ¿Y

mañana? Mañana veremos", dice Mekis.

Y colorín colorado, esta historia no ha terminado.

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